Ya eres mío | Relatos Eroticos

•Te repito que no tengo porqué darte explicaciones, no quiero volver a verte por la casa y ya está. A ver si te mete de una vez en la cabeza que

20 mar, 2012

•Te repito que no tengo porqué darte explicaciones, no quiero volver a verte por la casa y ya está. A ver si te mete de una vez en la cabeza que hemos cortado. – dijo Elena desde el otro lado de la puerta.

•Pero, Elena… – dijo Alberto con los ojos húmedos – ¿Cómo puedes decir esto de repente, después de tanto tiempo?

•Mira, no tengo ganas de seguir hablando con un fracasado como tú. Mañana mismo enviaré tus trastos a casa de tu madre. Por mi parte no quiero volver a verte el pelo. – dijo Elena cerrando la puerta de golpe.

Alberto se dio la vuelta y se marchó por donde había venido. No entendía lo que había ocurrido unos días atrás. Hasta hace poco, él y su novia habían compartido piso en el pueblo de ella, fue una de las condiciones que ella le había impuesto para establecerse, desde el inicio de su relación años atrás. El pueblo era un lugar apartado de cualquier ciudad grande, de interior, rodeado de tierras valdías. Al acabar el instituto, Elena decidió estudiar magisterio en la universidad más cercana, mientras que Alberto se colocó como vendedor de seguros en la misma capital. Aunque esperaron a que Elena terminara la carrera para compartir piso, Alberto era feliz. El pobre no había tenido constancia de un par de flirteos que Elena había tenido con chicos de su clase. Bueno quizás sí que llegó a intuir algo, pero era de carácter tranquilo y sumiso, los explicó como naturales para una bella chica, al dejar el pueblo e ir por primera vez a una gran ciudad.

Y esto es así porque Elena era una verdadera diosa griega. Alta, de aproximadamente 1,74 mts, delgada, con una sorprendente talla 100 de pecho y un culito respingón moldeado por años de ejercicio , la hacía más que apetecible. Desde siempre había llevado su largo pelo negro suelto, liso, dándole un aspecto aún más fiero a sus misteriosos ojos verdes. Elena siempre había cuidado mucho su apariencia, procurando siempre vestir ropa cara y de buena calidad. A pesar de tener tan despampanante cuerpo, era muy discreta y casi nunca dejaba entrever algo, guardándolo como un tesoro oculto bajo. Si no destacaba por las minifaldas o los tops que nunca se ponía, sí que era una maravilla verla en sus zapatos de tacón. Eran su verdadera pasión, casi un fetiche que coleccionaba par a par.

Respecto a su forma de ser, Alberto había ido notando un progresivo cambio. Desde que volvieron al pueblo y se mudaron a vivir juntos, su relación parece que se había ido apagando. Elena había pasado de ser una chica sencilla, quizás algo presumida, a ser una completa ególatra. No le importaba a quien tenía que pisar con tal de cumplir sus deseos. Era caprichosa y se le había ido haciendo difícil pensar en otra persona que no fuera ella misma. Alberto seguía pensando que su cambio de actitud se debía a la influencia de sus amigas del pueblo, en concreto por la influencia de una tal Rafi, una vecina de sus padres. Ambas se habían hecho poco a poco muy amigas, y parecía que Elena había acabado por copiar la forma de ser de su antigua vecina.

Era cierto que él se había ido dejando. Hacía tiempo que no iba al gimnasio y se encontraba fofo, y cansado. Estaba claro que su aspecto no era el mejor para sus 27 años, pero no había hecho nada para remediarlo. Para colmo, Rafi había ido quedando con Elena cada vez más a menudo para salir por la noche con sus amigas. Algunas noches al principio las acompañaba pero después dejó de hacerlo y empezó a quedarse en casa. A diferencia de ella, Alberto no tenía apenas conocidos en el pueblo, habiéndolo dejado todo por irse a vivir con Elena.

Ya en su casa, Alberto comenzó a recordar como se habían desencadenado los acontecimientos de los últimos días. Un día, volviendo de la ciudad, la encontró en la cama con otro. No podía creer que le hubiera podido hacer esto en su propia cama. Elena estaba completamente sudada, a cuatro patas sobre la cama y siendo penetrada por un chaval joven musculoso y desconocido. Pero lo más extraño de todo es que no pararon al verle y Elena en ese momento cuando consiguió correrse, casi en las narices de su querido novio. Nunca la había visto tan excitada y con esa cara, mezcla de placer y malignidad.

•Pero Elena, ¿qué coño estás haciendo?

•¿A ti qué te parece, gilipollas? Follándome a un hombre de verdad…

Todo fue muy rápido. Alberto, no pudo hacer otra cosa que marcharse de la casa con lo que tenía encima puesto. Era en general un hombre tranquilo, y decidió cortar por lo sano. Después del último encuentro de esta mañana en su antigua vivienda no le quedaban ganas de volver a intentar aclarar las cosas con Elena pero todavía la seguía queriendo muchísimo, y había decidido no separarse de ella tan fácilmente a pesar de los cuernos. Todo estaba así cuando al día siguiente recibió una inesperada llamada en la habitación del hostal, que cambió todo y que a continuación nos será contada.

CAPÍTULO 1

•¿Alberto? ¿Eres tú? – dijo una voz conocida desde el otro lado

•Hoooola Elenita… – dije con la voz temblando

•Sabes perfectamente que no me gusta que me llames así, atontado. – dijo Elena tras una pausa – me he enterado por mis amigas que te has alojado en el hostal y después de hablar con ellas, me han convencido para que te de otra oportunidad…

•¿De verdad? – No podía caber en mi gozo, pero estúpidamente no me daba cuenta de que yo no había sido el infiel en esta historia.

•Pero no creas que todo será como antes. Si realmente estás dispuesto a volver a casa, habrán cambios que deberás de asumir.

•Claro, lo que quieras. – dije sin pensar

•Cuando te hayas arreglado un poco, ven a verme. – dijo colgando el teléfono.

Me quedé pensativo con el teléfono en la mano. ¿A qué tipo de cambios se refería? Pero no estaba para pensar, la excitación me podía, y una hora después ya me encontraba con mi mejor aspecto llamando al timbre de mi ex-casa. Elena abrió la puerta mostrando un vestido negro corto y ceñido que se ponía en algunas ocasiones especiales. Llevaba puestos unos zapatos negros de tacón de aguja que yo le había regalado (como casi todos) e iba con el pelo recogido. Sus uñas, pintadas de color negro resaltaban la delicadeza de sus manos y pies. Parecía que sus pechos iban a salirse del vestido, erguidos, jóvenes, hipnotizantes.

•Siéntate ahí, Alberto. – dijo señalándome el sofá.

Yo obedecí y me senté sin abrir la boca, extasiado por su belleza. Esperaba una charla corta y después un revolcón en la cama. La verdad es que la había perdonado ya y estaba deseando volver a poseerla de nuevo. Pero nada más lejos de la realidad..

•Mira Alberto, la cosas han ido cada vez de mal en peor. La verdad es que desde hace un tiempo no funcionamos y ya estaba harta de ti. Me había decidido a dejarte, quedándome yo con el coche que compramos juntos y la casa que nos construimos con ayuda de nuestros padres, claro está . Pero mira por donde , Rafi, la que te cae tan mal, me ha dado una solución aún más ventajosa que espero estés dispuesto a aceptar.

Se giró un poco y cogió una carpeta negra que contenía una serie de folios que me entregó en mano.

•Te recomiendo que lo leas todo muy, pero que muy bien porque una vez lo hayas firmado no habrá vuelta atrás. Además esta será la última oportunidad que te doy.

•Contrato de esclavitud, sirviente, Ama Helena…¿pero qué locura es esta?

Elena no pudo menos que esbozar una sonrisa…

•Vamos no te hagas el tonto, sé que esto te gusta.

•Pero no es lo mismo, una cosa es en la cama y otra muy distinta en la vida real.

•No te preocupes por nada, Rafi y Nani ya lo han aplicado a su novio y marido respectivamente y les va muy bien, créeme…

•No me lo puedo creer…

•Decídete ahora mismo: o te conviertes en mi esclavo y haces todo lo que yo te diga o ya puedes olvidarte de mi. Siempre se necesita alguien para que te limpie la casa y haga las tareas domésticas.

Aunque todo aquello me parecía muy raro, no pude pensar y decidí firmar el contrato. Con una mirada pícara, Elena destapó un bolígrafo con la boca y me lo dejó para firmar. Una vez lo tuvo en la mano, se levantó y me miró directamente a los ojos.

•Vete al cuarto de baño y ponte la ropa que te he dejado sobre el borde la bañera. Te quiero ver allí, a cuatro patas y con los ojos tapados.

Sin rechistar y con la esperanza de que todo fuera una broma o un juego erótico más, me dejé llevar y me metí en el cuarto de baño. No pude dejar de sorprenderme al ver un juego de corpiño, liguero, tanga, medias y tacones. Todo era de color rosa y negro, y no lo había visto antes por su armario. Una vez me lo puse todo me vi ridículo, toda la ropa sexy de Elena me quedaba pequeña, incluidos los zapatos de tacón. Me puse a cuatro patas y esperé a que me llamara durante unos 15 minutos.

Pero cual sería mi sorpresa cuando me percate de que la puerta se abría y vi a Rafi y a Elena entrar dentro del cuarto y ponerse a hacerme fotos a diestro y siniestro.

•¿Pero esto qué es?

•Tú cállate, guarra. – dijo Rafi sin parar de hacer clics

Tras unos instantes, se marchó por la puerta y abandonó la habitación.

•Con estas fotos, idiota, me aseguraré de que cumples tu palabra. En cuanto dejes de desobedecerme, las mandaré por email a todos tus conocidos y familiares, y mucha gracia no creo que les vaya a hacer. – dijo sonriendo

Mi primera impresión fue de rabia. Quise tirarme al cuello de ella y obligarla a eliminar las fotos. Pero ya había escuchado la puerta principal cerrarse tras la salida de Rafi. Me tenían atrapado y no pude hacer otra cosa que agachar la cabeza, a cuatro patas como estaba.

•Así me gusta, cornudín. – dijo Elena acercándose y acariciándome la cabeza – quítate inmeditamente esa ridícula ropa y baja al comedor.

Cuando me hube quitado toda la ropa, bajé al comedor y me quedé erguido ante la figura de Elena, sentada con las piernas cruzadas en el sofá central. Estaba tomando una copa, que saboreaba lentamente. De pronto, crucé mi mirada con la suya, y de un salto, Elena se planto delante mía dándome un bofetón que me hizo temblar.

•¿Cómo te atreves a mirarme directamente a los ojos? Seguramente no te ha dado tiempo a leerte bien el contrato que firmaste antes. – dijo comenzando a caminar hacia el sillón de nuevo. – Siempre que estés en presencia de una mujer, por muy joven que sea, tendrás que bajar la mirada como sumisión. ¿Entendiste?

•Sí, Elena. – una sonrisa diabólica se dibujo en su rostro a escuchar su nombre.

•A partir de ahora responderás siempre Sí, ama a cualquier mujer que te ordene algo. Como no aprendas rápido juro que lo vas a pasar muy mal…

•Sí ,ama Elena. – dije yo intimidado

•Muy bien – dijo ella levantándose del sofá. – Las reglas son muy sencillas, yo mando y tu obedeces. En las clases de ultrafeminismo que recibí en la universidad hicimos algo más que escribir pancartas y leer a Sutton. Allí aprendí que no está bien que un gusano como tu gane más dinero que yo, así que dejarás el trabajo desde hoy. No te preocupes, yo soy ahora la única que lleva los pantalones en esta casa y me ocuparé de ti. – dijo acariciándome la barbilla. – En un principio había pensado que fueras desnudo, sin no ataduras dentro de casa, pero visto lo que paso con el marido de Nani, he reconsiderado mis ideas y voy a ponerte algunas cositas… – dijo mientras cogía una bolsa de encima del sofá.

La vi agacharse y colocarme un par de grilletes de cuero cerrados con un pequeño candado en mis tobillos, no pude evitar comenzar una erección que luego me acarrearía problemas. Lo mismo hizo con mis muñecas y con el cuello:

•Con este collar vas a estar guapísimo. En el está escrito el nombre de tu dueña, Elena, por si algún día se te olvidara… – dijo riendo.En ese momento sacó un cablecito unido a una especie de goma y un microchip que colocó rápidamente en la base mi pene que se hallaba erguido. Con falta de tacto, tomó una bolsa de hielo que tenía en un cubo cercano y presionó en mi miembro reduciéndolo a la mínima expresión.

•Sé que eres un pajillero empedernido. Pero esos tiempos ya se acabaron, ahora tomo yo las riendas de tu pene. – dijo empezando a colocar un aparato de castidad masculino. – No tienes ni idea del bien que hace a una pareja la castidad…masculina.

Cuando terminó de colocarlo, pude ver como giraba su mirada hacia arriba desde su altura y sacando la cadenita que le colgaba entre sus abundantes senos me dirigió una palabras acompañadas por una mirada de alegría radiante y poder que nunca podré olvidar:

– Ya eres mío…

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