Sexmopolite | Relatos Eroticos

Introducción: (La sala Sexmopolite antiguamente era un sex shop. Su dueño tenía una estrecha relación con el mundo de la producción de cine X y fue uno

Publicado el agosto 26, 2011

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Introducción:

(La sala Sexmopolite antiguamente era un sex shop. Su dueño tenía una estrecha relación con el mundo de la producción de cine X y fue uno de los primeros en incluir un peep show en su negocio. Su fachada de estilo neoclásico adornada con luces de neón atrajo a un sinfín de clientes en el centro de la capital. Las instalaciones de buen gusto y siempre pulcras favorecieron que el lugar fuera visitado por turistas de cualquier clase. Años después se hizo una importante remodelación de las instalaciones y el peep show se transformó en un espectáculo erótico sobre escenario y en toda regla, que incluso llegó a ser recomendado por algunos hoteles. Con el tiempo la sala ganó fama a través de la televisión, y hoy en día es un clásico al que asiste un público heterogéneo.
El espectáculo comienza a las once de la noche ofreciendo un contenido erótico no explícito, con un descanso de unos diez minutos entre cada actuación. La temática sexual es variada, y a partir de las doce van aumentando en dureza, momento en el cual mucha gente abandona la sala. La particularidad más destacable es que al público se le invita a participar en los juegos eróticos. En los últimos pases sólo los más atrevidos aceptan la invitación de los actores para salir al escenario a riesgo de que las pruebas a las que puedan ser sometidos superen los límites de lo que no se está dispuesto a hacer en público. )

Una música sensual envolvió la cálida atmósfera de la sala silenciando el cuchicheo de los espectadores, al tiempo que las luces se atenuaban gradualmente dejando los rincones en penumbra. Como cada sábado sobre las dos de la madrugada Elsa surgió de entre las sombras con su elegante andar, y su figura esbelta se iluminó bajo los focos de luz que proyectaban sobre el escenario amplio y casi circular rodeado de mesas y butacas donde se acomodaban los clientes. En medio de este espacio había un vistoso artefacto, un tablero vertical soportado por los brazos articulados de una de máquina, que la artista contempló haciendo gestos de niña pícara y donde apoyó sus manos adoptando poses sexy. Contoneándose suavemente como mecida por el erotismo de la música de ambiente se alejó de la brillante luz y se paseó entre el público lentamente, deslizando sus dedos provocadores sobre los hombros y el pelo de aquellos hombres que la observaban pasmados. Era una mujer alta, y lo parecía aun más con sus tacones de aguja y su cuerpo delgado. Su semblante algo demacrado y su maquillaje al estilo gótico le daban aspecto de mujer fatal cuarentona, pero lo cierto es que acababa de cumplir treinta y dos. Su pelo lacio de tinte negro brillante, más bien largo, peinado con la raya a un lado y sujeto con una horquilla en la sien, hacía juego con su largo y ceñido vestido azabache de mangas cortas y escote en pico que dejaba ver algo de su torso pecoso y de escasos senos. Sus manos, expresivas en todo momento, aunque eran grandes y largas no dejaban de ser hermosas y dulcemente femeninas, de uñas cortas y carentes de cualquier artificio. Sus piernas modélicas eran dignas de una diosa, las cuales mostraba con elegancia en cada paso a través de las aberturas laterales del vestido.
A pesar de la naturaleza explícita de las actuaciones ofrecidas en el local, el espectáculo no carecía de buen gusto y su fama comenzaba a atraer a una clientela cada vez más variopinta, pues entre las oscuras siluetas se podía apreciar que había bastante público femenino.
Quizá muchos de los allí presentes conocían detalles acerca de lo que sucedería en el escenario, pero no Jael, un joven de mente liberal y de nula experiencia en el mundo del espectáculo erótico. Ese día estaba dispuesto a dejarse llevar ante cualquier situación en un lugar donde era improbable que nadie lo conociera. Lo que pagó por entrar allí desde su punto de vista ya había valido la pena tan sólo por lo que acababa de presenciar en la actuación anterior, pues era la primera vez en su vida que presenciaba sexo en vivo y eso lo había sobreexcitado.
Cuando Elsa pidió un voluntario de entre un público nadie se ofreció. Ajeno a la naturaleza del espectáculo Jael se moría de ganas de participar pues gozaba de un cuerpo sin complejos, le daba morbo el panorama, le excitaban las piernas de Elsa y le respaldaba el convencimiento de que en la vida volvería a cruzarse con ninguna de aquellas caras. Pero le faltaba atrevimiento y era lo bastante modesto y sensato como para ofrecerse antes que nadie, y tampoco quería que lo tomaran por un pervertido. Entre cabizbajos que refugiaban la mirada en su copa en señal de negativa, Elsa se acercó a Jael invadiendo el anonimato de su rincón y lo invitó. Éste aceptó sonriendo y poniéndose de pie, y como para no dar tiempo que se arrepintiera inmediatamente fue llevado de la mano con decisión hasta el escenario. El joven pensó que la providencia le había reservado aquella experiencia para él en ese día, y sintió un hormigueo intenso de emoción y nerviosismo en el estómago. Elsa sintió al instante simpatía por el joven y lo trató muy dulcemente, pues era la primera vez que pescaba un pez que físicamente era de su agrado, y esta vez se sentía capaz de disfrutar verdaderamente con lo que hacía en su trabajo. La actuación requería que fingiese ser un ama severa, pero no pudo evitar sonreír y mostrarse amable con él. Lo situó de cara al público como mostrando a su presa y dio una vuelta a su alrededor, deslizándose por su espalda como si se escabullera por un burladero, y con un giro de baile plantó sus tacones frente a él, cara a cara, para imprimir sobre su pecho un suave empuje haciéndolo retroceder hasta que su espalda se encontró con la madera del tablero.
El estrecho y rústico tablero de más de dos metros de altura que ocupaba el centro del escenario era una robusta y sofisticada mesa de tortura sobre ruedas, equipada con un mecanismo que permitía inclinarla, plegarla y orientarla en varias posiciones. Se decía que el encargo de la mesa había costado más dinero de lo que valía el local completo. Había sido ideada por el dueño de aquel negocio, un productor francés de cine X. Elsa sabía utilizarla muy bien. El tablero, que ahora reposaba de pie sobre uno de sus cantos y ligeramente inclinado hacia atrás, tenía cuatro brazaletes de cuero en los extremos mediante los cuales la actriz ató al reo. Con la ayuda de un taburete le alzó los brazos y ató sus muñecas, una en cada esquina de lo más alto del tablero. Después se agachó y ató los tobillos casi juntos en el extremo inferior. A penas tardó un minuto en hacer esta labor al tiempo que provocaba al muchacho haciendo sutiles gestos eróticos, mordiéndose los labios y mirándolo fijamente a los ojos. El culo de Jael no quedó directamente en contacto con la madera desnuda sino contra una posadera acolchada y anatómica que mantenía su cadera ligeramente proyectada hacia delante, y si no fuera porque el tablero estaba ligeramente inclinado hacia atrás y por la sujeción de sus extremidades su cuerpo se iría de bruces. Una vez que hubo atado al prisionero, Elsa continuó con el juego dispuesta a sorprender al público con un grado de fuerza en la escala erótica superior al de la actuación anterior. Cambió su actitud por otra más acorde con la temática sádica, se volvió más firme en sus pasos y se separó de Jael haciendo gestos de satisfacción hacia el público por haber apresado a un inconsciente que iba a padecer sus mañas martirizantes.
Realizando armoniosos movimientos con sus brazos dio otro toque coreográfico a su actuación y en seguida se puso al mando de la mesa de tortura. Tirando de una palanca elevó el tablero a un palmo del suelo dejando a Jael suspendido de las correas, y a partir de ese momento todo sucedió demasiado deprisa para el joven quien no tuvo tiempo de mentalizarse ni de intuir lo que venía después. El ambiente se caldeó y aumentó la expectación al subir el volumen de la música. Aunque Elsa adoptó ademanes de ama dominante seguía radiando simpatía y sensualidad natural. Mientras Jael se preguntaba cuánto tiempo lo iban a tener colgando cortándole la circulación sanguínea en las muñecas, Elsa con sus dedos ágiles le desabrochó el pantalón y se lo bajó hasta los tobillos de un tirón arrastrando la ropa interior y dejando su sexo al aire. Jael no sabía qué cara poner. Él esperaba algo más sensual, más erótico, pero su flácida vergüenza quedó expuesta al público bruscamente y sin más preámbulos, sintiéndose incómodo, preocupado y avergonzado.
Una jovencísima y bella camarera de baja estatura que haría las veces de ayudante se apresuró hacia el escenario. Entre las dos mujeres giraron la mesa sobre sus ruedas trescientos sesenta grados para que el público circundante contemplara al hombre humillado. El esfuerzo inicial que las chicas hicieron para mover la máquina, cada una tirando con todo el peso de su cuerpo desde lados opuestos, hizo ver que el carro, palancas, brazos articulados, tablero más el prisionero eran un conjunto robusto y estable. La camarera se retiró y Elsa volvió a los mandos de la máquina, y con un tirón de palanca hizo pivotar la mesa poniendo a Jael en posición horizontal a un metro y medio del suelo mirando hacia el techo. Sus pies quedaron apuntando hacia la mayoría del público, y su cabeza y sus brazos orientados hacia la parte trasera del escenario.
El tablero no era de una sola pieza sino compuesto por tres paneles abatibles de distintos largos. El panel central era el más pequeño, no más grande que el asiento del columpio de un niño, y el que soportaba con la superficie acolchada el peso del trasero de Jael. A ambos lados de éste pivotaban los otros dos paneles mucho más largos. De ese modo, con un segundo accionamiento Elsa plegó parcialmente y hacia abajo los dos tercios largos del tablero, de modo que el cuerpo del chico quedó ligeramente arqueado con la cabeza y los pies a un nivel más bajo que la pelvis. Ahora su pene estaba más cerca de los focos del techo que cualquier otra parte de su cuerpo, como si ofreciera su virilidad a los Dioses de las alturas.
Elsa brillaba con un repertorio variado de gestos y posturas sexy a un ritmo sensual. Se acercó a los pies de Jael y lo despojó de sus zapatos y calcetines que dejó caer al suelo. Los clientes, ahora auténticos voyeurs de primera fila, observaban sin pestañear. Como una niña traviesa le hizo unas breves cosquillas en los pies y con una mirada pícara y dando pasos de una modelo de pasarela se situó detrás de la cabeza del joven confuso, que ya iba perdiendo el temor a que aquel armatoste siguiera inclinándose y lo dejara cabeza abajo. Con piernas de conejita “playboy” y poniendo el culo respingón se inclinó hacia delante, y con sus dedos ágiles desabrochó uno a uno los botones de la camisa de Jael para abrirla y dejar su pecho al desnudo. Con delicadeza y lentitud se llevó el dedo índice de una y otra mano a la boca para humedecerlos poniendo cara de niña inocente, y con sus yemas acarició suavemente los pezones del cautivo sin dejar de mirar al público.
Los interruptores erógenos del pecho de Jael enviaban descargas por todo el cuerpo inervando sus mecanismos sexuales, provocando que se le cerraran los ojos y relajara la boca del subidón tan grande de oxitocina. Era muy sensible a este estímulo y automáticamente su pene se endureció. Elsa aceleró las caricias sobre las tetillas con sus dedos mágicos y lo mantuvo así hasta que el miembro en lo más alto del podio comenzó a palpitar involuntariamente. Contempló la lanza del prisionero que no iba mal armado y pensó que debía aprovechar bien aquella virilidad que no siempre se le ofrecía tan hecha a medida para su número.
La camarera volvió a hacer una breve incursión para entregar al ama una especie de taburete acolchado semejante a la montura de un caballo, la cual fijó al tablero justo sobre el estómago del cautivo valiéndose de unos enganches prefijados. Después destalonó sus zapatos de tacón y se descalzó para ayudarse del taburete y montar sobre el prisionero dándole la espalda y con el pene delante de ella a su entera disposición. El asiento de la amazona libraba a Jael de tener que soportar el peso de aquel hermoso culo sobre su abdomen, y a Elsa le permitía estar a horcajadas cómodamente sin tener que aferrarse con sus piernas al cuerpo inclinado del chico por el que se iría resbalando poco a poco. Los pliegues de la falda de su vestido ahora posaban recogidos sobre la montura y sobre el pecho de Jael, y hacia los lados colgaban rectas las piernas desnudas de una amazona sin estribos.
Jael era la única persona de la sala que no podría ver las habilidades manuales de Elsa, pero sí sentirlas en su propia carne. A un lado y a otro podía ver algunas mesas y siluetas oscuras de personas. Desde el techo infinitamente oscuro lo deslumbraban los focos que colgaban de la nada. Si alzaba la frente sólo podía ver la tela negra del vestido que ceñía la espalda recta de una mujer hermosa, y que tras vadear un culo respingón y perfecto reposaba en pliegues sobre su pecho. La única piel que podía contemplar de la erótica estampa al forzar su cuello eran unos preciosos muslos a cada lado de la montura. El público sin embargo se deleitaba con la visión más erótica contemplando las piernas de Elsa que pendían muy sexy apuntando al suelo con pies de porcelana bien cuidados y dedos estilizados con uñas pintadas de negro.
La mujer dejó de actuar para concentrarse en algo que sabía hacer muy bien. Con rostro sereno bajó la mirada y tomó el pene de Jael por su base con una mano manteniéndolo erguido, con la otra mano comenzó a masturbarlo. Envolvió la carne con sus cinco dedos sin presionar demasiado, imprimió un suave vaivén al prepucio con un juego de muñeca armonioso, y así cubría y descubría un turgente glande con el pellejo, despacio, muy despacio.
Jael nunca había estado antes en un show porno participativo ni en nada parecido, por eso no es descabellado suponer que jamás en la vida había estado tan excitado. Él comprendió que ahora formaba parte de un juego erótico para entretener al público, y quiso pensar en algo que le distrajera porque estaba a punto de explotar y no quería defraudar con su precocidad. Pero no era fácil controlar las reacciones de su organismo por no decir imposible, estaba demasiado excitado.
Elsa por experiencia sabía que los jóvenes voluntarios solían correrse pronto, además aquél tenía una erección bastante rígida y el glande hinchado brillaba de color púrpura, señal de que estaba sobreexcitado. Así que dejó de masturbarlo, levantó el brazo he hizo una seña. La camarera se presentó al instante con dos pedestales que plantó en el escenario, uno lo articuló situando un micrófono muy cerca de la cabeza de Jael, y lo mismo hizo con el otro pero cerca de las manos de Elsa. El chico no se percató al momento pues hacía esfuerzos de concentración para no correrse incluso ahora que no lo masturbaban. La muchacha dio a Elsa un tubo con algún líquido y abandonó el escenario del mismo modo que vino. Tras lubricarse bien las manos Elsa reanudó la faena a un ritmo más alegre. El gozo se apoderó de nuevo del cuerpo inmóvil, y él con la cabeza en reposo pudo ver sobre su frente el micrófono preguntándose si estarían gravando la escena. Demasiado tarde para preocuparse, y desde que sintió que las manos de Elsa se afanaban con mayor decisión se entregó por entero, pues era inútil resistirse a llegar al punto de no retorno.
Después de unas pocas batidas Elsa mantuvo el pellejo del pene estirado hacia su base de manera que el glande quedó expuesto, entonces apoyó sobre éste la palma de su otra mano y comenzó a frotar intensamente describiendo círculos. Jael era incapaz de adivinar por el tacto lo que las manos le hacían, tan sólo sintió que dejaron de masturbarle y que de pronto notaba una desagradable hipersensibilidad en la punta del pene. Pensó que alguien se la debía estar mamando y mal porque le hacían daño. Nunca había sentido algo así y sospechó incluso que podía ser alguien del público, un hombre quizá, algún elemento sorpresa que formaba parte del espectáculo. Elsa alternó esta técnica con una masturbación suave y placentera. Cuando Jael comenzaba a disfrutar de pronto volvía a notar que paraban y que volvían a provocarle aquella sensación desagradable. Fuera lo que fuera la incomodidad gripó el gatillo de su orgasmo, así no podría correrse tan fácilmente como creía.
Una de las veces Elsa prolongó su acción diabólica sobre el glande durante sólo un poco más de tiempo hasta obtener el resultado que buscaba, Jael tensó las piernas de dolor e intentó mover las caderas en señal de que algo iba mal. Elsa dibujó una sonrisa orgullosa en su rostro y compensó a Jael con una monumental y placentera paja en la que alternaba rítmicamente sus manos para aplicar un masaje, como si tratase de alargarle el pene mediante repetidos estiramientos desde la base del pene hasta la punta cubriendo el capullo con la piel. Después le hizo lo mismo pero al revés, deslizando las manos desde la punta hacia la base del pene como si intentara clavarle una estaca en el vientre repetidas veces. Jael se relajó y suspiró disfrutando de aquella sensación tan maravillosa, empezaba a enamorarse de aquella Diosa. Quiso corresponder al ritmo de las manos milagrosas moviendo su pelvis pero su postura arqueada se lo impedía. La realidad era que no podía poner nada de su parte, Elsa disponía absolutamente del miembro a su antojo. Así que a ésta se le antojó parar, alzó el brazo y con una segunda señal hizo bajar el volumen de la música.
Ahora podía oírse hasta el crujir del suelo y la inquietud del público. Sin la música la atmósfera envolvente de fantasía erótica se desvaneció y Jael se preguntaba qué anunciaba ese redoble de silencio. Elsa se inclinó un poco hacia delante y dejó caer un hilo de saliva de su boca sobre el pene que sujetaba. Prosiguió con una paja clásica con movimientos largos, y cuando hubo escurrido toda la saliva hacia la punta del pene, cerró el puño con más fuerza y aceleró la paja con movimientos cortos para producir un sonido de chapoteo, como si intentara batir a punto de nieve una clara de huevo sobre la punta de la polla de color púrpura. El sonido de las embestidas de la mano sobre la carne lubricada se oía a través de los altavoces del local gracias al micrófono. Jael, excitadísimo por la perversa y sofisticada treta de la manipulación ajena de su propio falo, se abstrajo en un profundo trance de placer. La realidad se distorsionó para él y quedó sumido en un sopor erótico adictivo que cambiaría para el resto de su vida su percepción del sexo.
Elsa miró hacia atrás sin dejar de masturbarle y observó su cara. Vio que tenía la mirada hacia el infinito y que comenzaba suspirar. Lo masturbó más rápido y logró sacarle un gemido de la garganta, el cuál se escuchó claramente a través del micro. Sus gemidos se repetían con eco en el aliento de algún espectador onanista, pues los jadeos se contagian igual que se contagia la risa. Jael ladeó la cabeza con la mirada en blanco y gimió cada vez con más frecuencia e intensidad. Entonces Elsa paró. En ese momento ella se dio cuenta de que estaba sentada sobre el cliente más excitado que había subido al escenario hasta entonces, y que su orgasmo iba a ser espectacular.
El saludable físico de Jael, su espontaneidad, su juventud, un público especialmente numeroso y paritario, el buen curso del espectáculo, todo ello contribuyó a que Elsa sintiera sin lugar a dudas que disfrutaba por primera vez de lo que hacía. Despejó sus mejilas deslizando su cabello detrás de sus orejas de soplillo, y ahora su cara radiante parecía más joven y se sentía más capaz de provocar al mundo con sus manos de Afrodita. Volvió a mantener la verga enhiesta entre índice y pulgar posando delicadamente su mano plana sobre la ingle y los retraídos y arrugados testículos, y con la otra mano torturó al muchacho con todo el repertorio martirizante que conocía para sobreestimular el glande. Jael notó un dolor creciente y angustioso, una sensación que a cada segundo se hacía más insoportable. Comenzó a emitir quejidos y a mover la cabeza de un lado a otro. Esta vez Elsa prolongó la tortura hasta más allá de lo tolerable haciendo que Jael contrajera su abdomen tensando su cuerpo en una tentativa refleja de incorporarse. Elsa aplacó sus quejidos antes de que se pusiera a gritar con una paja suave y placentera.
Jael ignoraba por qué a veces sentía placer y otras un malestar difícil de describir, y se afanaba por encontrar la forma de mover sus caderas torciendo el cuerpo tratando de esquivar lo que le provocaba el dolor. En cambio cuando sentía placer respondía contrayendo sus nalgas para dar una leve proyección de su polla hacia arriba buscando el compás de las manos de Elsa para ayudarse a llegar al orgasmo.
Nuestra esbelta mujer de negro sacó una goma elástica del pelo negra que guardaba en su vestido, la estiró y le dio dos vueltas ajustándola en la base del pene para cortar un poco la circulación e hinchar sus venas. Los cuerpos cavernosos del chico se inflaron y el falo adquirió un aspecto purpúreo. Con sus yemas recorrió el pene en toda su longitud apretando con moderada fuerza, como si intentara dar forma a una figura de barro. En cada apretón el pene correspondía pulsando en un acto reflejo como si tuviese vida propia. Cuando Elsa apretaba con más fuerza Jael sentía que se le contraía el ano, pero esto no era del todo desagradable sino más bien desconcertante. Al manipularle el glande, se lo deformaba, le separaba las carnes como si intentara desfoliar un capullo y le abría el meaducto intentando introducir el dedo meñique. Aunque a la vista del público esto parecía martirizante, en realidad a Jael lo único que le producía era un placer incompleto, un estímulo insuficiente y desesperante que no le permitía llegar a un orgasmo.
Con el índice y pulgar Elsa hizo un aro estrangulando la base del pene aún más, lo cual provocó una mayor hinchazón. Envolvió el capullo con su otra mano a modo de capucha y le aplicó fricción con un movimiento rotatorio parecido al de una moneda que gira como un trompo sobre la mesa y que está a punto de parar. Jael había perdido sensibilidad en el miembro por la excesiva estimulación que le propinaban con lo cual ahora era capaz de soportar la sensación. Pero Elsa insistía cambiando la técnica empleada para friccionar el glande buscando de nuevo el puntito de hipersensibilidad. Al minuto dio con el truco, y el gemido de Jael se transformó en quejido, y el quejido en gruñido hasta que por último exclamó -¡para, para!
La torturadora hizo caso y paró mirando detrás de sí al rostro sudoroso de su víctima. Le sonrió y le hizo un guiño de complicidad para tranquilizarlo. Liberó al pene del elástico y continuó haciéndole una paja suave y placentera. Hizo de nuevo una seña y al momento reapareció la camarera quien colocó dos cubiteras sobre pedestales, una a cada lado de la amazona. Una contenía agua con hielo y la otra aceite caliente, todo lo caliente que unas manos finas pueden soportar. Se inclinó y metió una mano en cada cubitera al tiempo que susurró algo al oído de la camarera, ésta asintió y se fue. Elsa agarró la polla con la mano helada y lo masturbó con dulzura, un vaivén de abajo a arriba deteniéndose en la punta para hacer un leve giro de muñeca y de nuevo hacia abajo. Mientras, mantenía la otra mano inmersa en caliente. De vez en cuando cambiaba de manos aplicando alternadamente frío y calor sobre miembro viril que volvía a erguirse orgulloso y lleno de vida. El contraste térmico hacía que a Jael le pareciera que el frío cortaba y que el calor quemaba, pero le produjo un placer exquisito que jamás había experimentado, como si los ángeles y los demonios se pelearan por hacerle sexo oral.
Volvieron a subir el volumen de la música acompañando las armoniosas artes manuales de las que Elsa hacía gala, pero los micrófonos aún captaban los sonidos menos sutiles. Era una paja más sofisticada de lo que parecía ante los ojos de los espectadores pues combinaba diferentes técnicas. El primer deslizamiento de la mano hacia arriba lo hacía apretando lo suficiente como para arrastrar el pellejo y envolver el capullo para exprimirlo en un puño. Al presionar, el aceite se oía resbalar entre los dedos. De la misma manera descendía la mano por el mástil extendiendo de nuevo el pellejo hasta tensar el frenillo y dejar el capullo al aire. La segunda vez que la mano subía sus dedos se deslizaban sin arrastrar el pellejo para llegar hasta un glande sensible y desnudo al que exprimía suavemente antes de volver a descender. La tercera vez deslizaba la mano de igual forma pero esta vez se detenía en el glande para presionar con la palma de la mano y friccionar en círculos unas tres veces en la parte más carnosa. Antes de causar hipersensibilidad la mano dejaba de frotar y se deslizaba hacia la base para volver a empezar el ciclo. Todo esto lo hacía con una soltura increíble.
Como ahora Elsa no oía con claridad los jadeos de Jael por el volumen de la música, de vez en cuando lo miraba a la cara para estudiar su expresión y prever el orgasmo. Tenía los ojos medio cerrados. Pocas partes de su cuerpo podía mover para manifestar sus reacciones o desahogarse, así que de vez en cuando movía los pies y giraba la cabeza a la izquierda o la derecha extasiado de placer. De pronto Elsa decidió torturarle friccionando de nuevo sobre el glande, pero esta vez no consiguió el efecto deseado ya que miembro había perdido sensibilidad de tantos tocamientos y de la erección prolongada, además el aceite suavizaba demasiado la piel.
Sin mover el culo de la montura Elsa flexionó las rodillas y apoyó el empeine de sus pies sobre el pecho del chico para ayudarse a mantener la espalda recta, orgullosa como un cisne y lista para afanarse en sus buenas mañas. Con su mano izquierda sujetó al pene por la base y lo mantuvo recto apuntando hacia el techo. Envolvió los dedos de la mano derecha en la verga y comenzó a hacer una suave y lenta paja usando la técnica más clásica del repertorio y sin florituras. Una paja lenta que poco a poco fue aumentando en ritmo imprimiendo la presión idónea para dar un leve masaje, arriba y abajo, arriba y abajo, con el vaivén del suave prepucio que cubría y destapaba la punta del capullo una y otra vez.
Jael se dio cuenta de que Elsa trabajaba de forma constante sobre su pene sin interrumpir fastidiosamente la sensación placentera como hacía antes, y dedujo que trataba de llevarlo al orgasmo pues cada vez aceleraba más el paso. Estaba loco por correrse. Su postura corporal, las interrupciones y el tiempo prolongado habían hecho que ahora le costara llegar al clímax, así que abrió los ojos y alzó la frente en busca de la imagen de la Diosa que tanto lo excitaba para inspirarse en ella. Buscó algo, lo que fuera, un centímetro de su piel desnuda, y entonces se fijó en sus piernas. Le pareció que eran las piernas más bonitas y excitantes que había visto en su vida. Sus corvas flexionadas aplastaban sus gemelos contra sus muslos formando un canal entre las carnes que en la imaginación de Jael eran el canalillo de unas tetas o de unas nalgas. Sus largas tibias bastaban para imaginar unas piernas completas largas y esbeltas. Forzó aún más el cuello y pegó su barbilla al pecho para ver sus pies, se fijó en ellos y los deseó. Le parecieron hermosos, perfectos, sensuales, con apetecibles racimos de dedos turgentes y apiñados. Se le antojó que podía olerlos y que despedían un aroma a dulce sudor femenino y piel bovina de zapatos nuevos. Hubiera querido recorrer todo el puente de sus pies con su lengua y morder sus jugosos talones. Sintió que se estaba enamorando de aquella Diosa y que quería hacerle el amor.
Los suspiros de Jael iban in crescendo como el vapor de una locomotora, y ella que dirigía la sinfonía sexual se contagiaba de ánimo y sacudía más la batuta que sostenía su mano. Los suspiros se convirtieron en jadeos y los jadeos en gemidos que eran audibles a través de los altavoces con la música de ambiente, y cuanto más se oían los gemidos con más decisión masturbaba Elsa. La actriz exigía un orgasmo con la autoridad de sus manos y como segundo recurso había apalabrado la manera de forzar que sucediera en ese momento.
De pronto, unas manos angelicales se deslizaron por debajo de los pies de nuestra dama de negro y de los pliegues de tela de su traje sobre el pecho del extasiado. Unos dedos helados de servir bebidas frías palparon en busca de unos pezones masculinos, y cuando hicieron diana desencadenaron una ola de frenesí que se propagó por todo aquel cuerpo privado de libertad de movimientos. Jael abrió los ojos y miró hacia arriba para encontrar el rostro más angelical de la creación. Olvidó todo por un instante como si de repente se detuviera el tiempo y todo quedara en silencio. El espectáculo obsceno que Elsa ofrecía manipulando el miembro, escupiendo sobre la palma de su mano para babear el falo, el chasquido de una paja salivada que sonaba en toda la sala, todo se alejó años luz como en un viaje astral, y quedaron a solas él y la imagen divina alejados de todo acto impuro. Pero de pronto se le enturbió la vista y sus pupilas se ocultaron bajo sus párpados dejando sus ojos en blanco. Echó la cabeza hacia atrás con la boca muy abierta y con la expresión de un poseso, exhalando un gemido donde se confundían el placer y la angustia. Su cuerpo entero se estremeció.
El lenguaje corporal de Jael daba señales inequívocas de haber llegado al punto de no retorno, las palpitaciones del pene, la respiración acelerada, la forma en que contrajo los dedos de los pies. Todo el conjunto de signos lo percibió Elsa quien suavizó y desaceleró la paja para permitir una eyaculación cómoda, y se quedó expectante.
El orgasmo se manifestó primero salpicando con un chorrito de fluido que apenas se elevó unos centímetros en el aire, pero casi inmediatamente después disparó un hilo de leche con la fuerza de un geiser que saltó por encima del hombro de Elsa manchando la solapa del traje y aterrizando algunas gotas detrás suyo sobre la mejilla de Jael quien movía la cabeza de un lado a otro como loco. El siguiente disparo se proyectó en una vertical perfecta que alcanzó la altura del rostro sonriente y sorprendido de Elsa para luego caer y depositarse en sus manos que se iban quedando cada vez más pringosas. El cuarto chorro de semen típicamente debía salpicar con menos fuerza, pero éste fue tan potente y abundante como el anterior impactando en la punta de la aguileña nariz de Elsa a quien pilló desprevenida. La mujer se sobresaltó y no pudo contener la risa al salir de su asombro. Aunque dejó de masturbar por un momento, la polla siguió lanzando al aire pequeños chorros de semen en un orgasmo prolongado.
Cuando más sensible está el glande es durante el orgasmo y justo después. Normalmente la gente evita que le sigan manipulando el sexo después del momento culmen porque puede ser incluso doloroso, y esto Elsa lo sabía muy bien pues lo había experimentado en sus carnes y en las de otros. Así que reaccionó y envolvió en un puño el capullo que aún manaba semen que fluía descendiendo por la verga como el esperma de una vela. Lo apretó como quien aprieta una pastilla de jabón para que resbale y salga disparada de la mano, como si quisiera exprimir un limón, y luego levantaba la mano para liberarlo dejando que se escurriera de los dedos. Esto lo repetía tan rápidamente como si le estuviera haciendo una paja ensañándose con la punta del falo. Jael ahogaba los gritos entre sus dientes mordiendo con fuerza y moviendo la cabeza como un endemoniado.
Quien quiera que hubiera allí detrás encargado del sonido solía dejar que el público oyese la agonía del voluntario no más de treinta segundos, entonces subía el volumen de la música hasta tal punto que los quejidos se hacían imperceptibles. Cuando Elsa no podía oír el efecto de su martirio entonces se guiaba por el movimiento de los pies del sufridor. Jael contorsionaba los pies y tiraba con fuerza de las correas que sujetaban sus tobillos. El pene comenzaba a quedarse flácido así que Elsa lo estranguló por la base para mantenerlo hinchado y con la otra mano lo empuñó como si fuera a desenvainar una espada, y al tiempo que deslizaba el puño hacia fuera hacía un movimiento rotatorio para masajear el glande antes de dejar que se escurriera fuera de la mano, y así repetidas veces. Jael cerró los puños y tensó todos sus músculos soportando lo insoportable, pero acabó agonizando y se humilló suplicando que pararan, pero Elsa hizo caso omiso y siguió torturando al joven hasta que el pene se fue quedando flácido y menos sensible. Cuando vio que Jael ya no movía los pies lo miró a la cara, ahora gimoteaba concentrado en soportar el dolor. Entonces cesó, y el reo suspiró agotado.
Jael abrió los ojos lentamente. La música, ahora suave y relajante, lo mecía en esa nube sobre la que se sentía flotar. Buscó el hermoso rostro celestial, pero la carita de ángel se había esfumado.
Elsa estiró una pierna y dejó deslizar sus posaderas por un lateral de su asiento hasta tocar el suelo de puntillas, bajando luego la otra pierna con la flexibilidad de una bailarina. Sin demora destrabó la montura de sus anclajes y la apartó, y mientras, la camarera iba y venía para retirar del escenario las cubiteras y los micrófonos. Después accionó los mandos para colocar a Jael en posición recta y supina en contacto con el suelo. Primero liberó sus tobillos, y cuando se aseguró de que se mantenía en pie liberó sus manos. La primera reacción de éste fue la de intentar agacharse para subirse los pantalones, pero ella se lo impidió y se encargó personalmente. Mientras se abrochaba el cinto lentamente con la camisa desordenada, aturdido, y con los brazos aún entumecidos, la actriz hizo un gesto para que el público le dedicara un aplauso. Mientras el público aplaudía las luces de ambiente se intensificaron gradualmente iluminando toda la sala y los focos centrales se apagaron. Jael con rostro somnoliento miró a su alrededor sonriendo al público en señal de agradecimiento y sintiéndose un poco avergonzado. La actriz recogió los calcetines y el calzado de Jael y lo acompañó hasta uno de los cómodos asientos de terciopelo rojo. Luego volvió al escenario para despedirse del público, radiante y feliz, cogió sus zapatos y se marchó descalza corriendo a pasos cortos y gráciles, salvando peldaños como si su cuerpo ingrávido saltara de puntillas sobre nubes de algodón hacia su camerino.
Cuando Jael se estaba atando los cordones de sus zapatos se acercó la bella camarera para ofrecerle una bebida de su elección, invitación de la casa. Éste la miró hipnotizado por su belleza y le pidió, por favor, agua.
-¿Con hielo?
-Sí por favor.
Cuando la camarera regresó para servirle el vaso de agua le dijo:
-Allí detrás hay un sofá donde te puedes tumbar sin que nadie te moleste. Puedes descansar el tiempo que quieras sin problema.
Lo que a Jael más le apetecía era quedarse en su asiento reflexionando sobre lo que acababa de vivir y sentir, viendo cómo los demás charlaban y lo miraban de reojo desde la intimidad de sus asientos; esperar hasta que comenzara el siguiente número erótico y vivirlo como espectador antes de volver al hostal en un taxi. Pero si aceptaba la oferta del sofá seguramente la camarera se dirigiría a él al menos una vez más esa noche, así que asintió, tomó el vaso de agua y la siguió en dirección hacia los escalones por donde Elsa había abandonado la sala. Doblaron a la izquierda y atravesaron unas cortinas que ocultaban un pasillo, y en el pasillo una puerta para entrar en un pequeño habitáculo tapizado con moqueta donde sólo había un sofá y una mesita con una lámpara de noche encendida. Le dijo que podía volver a la sala cuando quisiera, y que si se quedaba dormido ella lo despertaría alrededor de las cuatro y media. En cuanto ella se marchó cerrando la puerta tras de sí, Jael se lamentó de perderla de vista, se tomó el vaso de agua y se tumbó en el mullido sofá. El cuarto olía a tabaco y no estaba insonorizado, desde allí se podía oír el transcurso del espectáculo. Por no hacer un desprecio se quedaría allí tumbado unos diez o quince minutos y luego regresaría a su asiento de terciopelo rojo, así que cerró los ojos y esperó. En su mente rebobinó una y otra vez las imágenes eróticas grabadas durante esa noche, y las revivió hasta que el sueño se fue apoderando de él. Unas largas piernas de piel de marfil taconeando a su alrededor, la figura esbelta de una amazona que se sentaba sobre él a horcajadas, la visión de un culo perfecto ceñido con un traje negro y muy cerca de su cara, unos pies bellísimos con racimos de dedos largos y cuyos frutos jugosos quería saborear, el rostro hermoso de una niña mujer de cutis inmaculado. En el fondo de su mente se oía el eco de una voz, un susurro, un hada que quería concederle un deseo, una sirena que lo atraía hasta las profundidades del mar. Algo quería decirle esa voz pero no distinguía las palabras. Aguzó el oído y aquellas palabras fueron tomando forma hasta que de pronto volvió en sí y escuchó claramente:
-eh, ¿estás despierto?
Abrió los ojos sobresaltado y vio a Elsa que asomaba la cabeza detrás de la puerta entreabierta.
-Sí, ¿qué hora es?
-Las tres y media más o menos. ¿Quieres descansar en otro sitio con menos ruido?
-Vale.
Se levantó e hizo un esfuerzo por parecer lúcido y despierto.
-Ven, sígueme.- Le susurró. – Te llevo a mi camerino.
Siguió a la mujer que andaba descalza por los pasillos, ya fuera hada o sirena. Ahora llevaba un vestido hippie de asillas, largo y suelto, de varios colores. El camerino era una habitación con armario, cama y tocador, y en una esquina un baño pequeño de paredes de pladur.
-No quiero molestar.
-Acuéstate en la cama, te pondré el despertador a la hora que te tengas que ir. Puedes darte una ducha si quieres.
-¿Es tu cama?
-Son mis sábanas.
-No quiero ponerme muy cómodo porque después me costará marcharme. Tampoco quiero ensuciarte las sábanas.
-No te preocupes por eso, tú quítate los zapatos y túmbate. Si te da frío tápate con la manta.
-Gracias. ¿Y tú qué haces ahora?
-Volveré luego.
Elsa se puso unas babuchas y salió cerrando la puerta. Jael asumió serenamente la extraña suerte que estaba teniendo, y sin analizar más la situación se descalzó y se tumbó en la cama. Se sentía enamorado de dos mujeres a la vez, dos mujeres que desaparecerían de su vida en el momento de las doce campanadas. Cerró los ojos y esperó largo rato intentando dormir pero al mismo tiempo expectante.
Alguien entró en la habitación y apagó la luz quedando todo en absoluta oscuridad. Se hizo el dormido y aguardó. Sigilosamente una mujer se acercó y se tumbó a su lado, se puso cómoda y se abrazó a Jael con ternura. Éste no quiso moverse. Tan sólo después de permanecer inmóvil un tiempo prudencial, pasó un brazo por encima de la cabeza de la chica para abrazarla y dejar que se pegara más a él. Tenía ganas de tocarla, acariciarla, besarla, decirle que la quería, aunque no sabía qué rostro poner a la persona que tenía a su lado.

Comentario del autor:

Este relato erótico es ficticio. Está inspirado en la Sala Bagdad que existe en Barcelona y en clips pornográficos de la red con temática del mundo del BDSM. Es el primer relato que divulgo. Como carezco de formación académica he hecho un esfuerzo considerable revisando el texto varias veces para expresarme de la mejor manera posible, disculpad mis fallos. El relato está inspirado en fantasías eróticas más propias de los hombres que de las mujeres, pero he procurado crear una atmósfera atractiva para cualquier lector ávido de literatura erótica.
Quisiera seguir experimentando con el género erótico, y me sería de gran ayuda recibir comentarios por e-mail de cualquier índole, saber si les ha gustado o no, consejos sobre cómo mejorar la narrativa o conocer qué fantasías eróticas tiene la gente.
Gracias.
Viernes 29-07-2011.

Autor: chicomad

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