1-Parte
Subió a la carpa con gesto descompuesto y el pelo alborotado. Detrás iba el joven Malbaseda con Luis, la preciosa bailarina caminaba detrás prudentemente separada de ambos hombres.
–¡Sara!–Mateo se sorprendió de su expresión–¿Qué demonios te ha pasado?–miró a Luis y tensó la mandíbula.
Este se acercó a él y le cogió por el brazo.
–Mateo… Confía en el grupo del mismo modo que nosotros lo hemos hecho cediéndote a nuestras mujeres.
–Es mi hermana ¡Maldita sea!
–¿Y la mía donde está?–la cogió por la nuca y pegó la boca a su oreja–No me jodas Mateo…
Meneó la cabeza y suspiró.
–Joder Luis, es muy difícil para mi no protegerla.
–No tienes que protegerla de nadie Mateo, yo la cuido, todos la cuidamos, pero ella esta aquí por que ha querido. Como el resto…
–Lo sé.
–Entonces–le besó en la mejilla–relájate. Lo ha pasado bien, solo se asustó un poco.
Se giró hacia su hermana, Yelina la peinaba le melena y la colocaba el vestido.
–Sara.
–Estoy bien Mateo.
Malbaseda se acercó con un cigarro en la boca y la lanzó la vara.
–Ragazza… –la dijo–prueba ahora. ¿Bene?
Lo miró con dureza y se colocó la parte inferior del vestido.
–Bene–contestó.
Marco Malbaseda chasqueó los dedos y la joven bailarina se subió sobre la mesa de centro y se puso de rodillas. Colocó las manos en la nuca y miró hacia abajo. Sara era todo un espectáculo, caminaba a paso ligero con la vara en la mano y aquellos ribetes en dirección a ella. Levantó la vara y la asestó tal golpe que la muchacha se abalanzó hacia adelante y tuvo que apoyar las manos en el canto de la mesa para luego subirlas otra vez a su nuca. El ruido del golpe hizo poner gesto de dolor a todas las mujeres, los hombres se echaron a reír, alguno puso gesto de sorpresa y observo a la pequeña que volvía a levantar la vara y asestaba su segundo golpe, esta vez en los muslos, donde más podía dolerla.
–Signora… per favore–sollozó la joven.
–Silenzio Claudia–Malbaseda se adelantó varios pasos–Sigue Sara.
Otro golpe en el culo la volvió a lanzar hacia adelante, Sara tenía las pupilas dilatadas, era el centro de atención en aquel momento y nada la agradaba más. Sonrió a Luis y volvió a lanzar otro de sus golpes. La muchacha lloraba desconsoladamente, se aferraba con las rodillas aguantando el equilibrio mientras uno de los Malbaseda se levantaba y la hacía una reverencia diciendo algo en italiano. Malbaseda se acercó a Luis y dio una calada a su cigarrillo.
–Tiene genio…
–Mucho–contestó Luis.
–Te costará adiestrarla… –se rió y entrecerró los ojos.
–Tengo todo el tiempo del mundo y esa esencia, no quiero que la pierda. Siempre sirve.
–Ven a Florencia alguna vez. Será estupendo teneros de invitados.
–Lo haré–contestó él riendo.
–Hazlo pronto–le dio una palmada en la espalda y se fue hacia Sara.
–Calma–la cogió la vara, tenía a la pobre bailarina sollozando de tanto varazo sobre la mesa–Que peligro tienes Sara…
Mateo la observaba algo desconcertado, su hermana estaba en medio de una especie de nido de tiburones y en aquel momento su nariz respingona emergía con dignidad, se cogió los bordes del vestido, entrecruzó la pierna por detrás de la otra y se inclinó a modo de saludo teatral. Varios de los hombres más próximos a ella se rieron y aplaudieron, era todo un espectáculo. La niña corrió contenta hacia Luis y saltó a sus brazos.
–¿Has visto?–dijo nerviosa–¿Has visto como la azoté?–cerró el puño con humor y frunció el ceño.
–Eres de lo que no hay Sara–la dijo–Sé prudente, Malbaseda sabe lo que hace y por qué lo da… Nada es gratis Sara.
La niña apenas lo escuchó, estaba emocionada mientras varios de los Malbaseda levantaban la copa en dirección a ella y la sonreían.
–¡Bravísimo!–decía uno de los hombres más próximos a Marco.
–La niña es terrorífica—decía una joven cercana a Yelina con gesto de susto.
–Lo mejor de todo—Carlo apareció por un lado de Luis y señaló a las amigas de Samara—es que ya no ven… No diferencian un berberecho de un autobús—se rió—Están como cubas.
–Mejor—musitó él—no quiero ni pensar que contarían en la oficina el lunes. Aunque las tendrías que aguantar tú.
–¡Samaraaaaa!—una de sus amigas al galope pasó por delante de Dominic y la cogió por los hombros zarandeándola—Tía, como me gusta tú boda. ¡Es la leche! –entrecerró los ojos—todos están buenos, algo raritos pero tremendamente macizos…
–Oh Ana… me alegro que…
–¡Y ricos!—gritó. Miró a Carlo que la observaba con humor y luego a Dominic—Cuida de Sami—se zarandeó y sonrió, resopló y se acercó a Dominic apoyando las manos en su pecho.
–Veras. —farfullo Carlo—Veras que liada… —rió
–Tú… cuida de Sami o te las verás con sus amigas….macizo… que rico estás….—gruñó y lo repasó.
Otra de las amigas menos perjudicada que ella tiró de su brazo, disculpándose.
–No pasa nada, tranquila—Dominic la sentó en una silla y se agachó.
–Vas bebidita… igual dormías en la finca por si…
–¡No!—fue a coro, Luis, Samara y Mateo gritaron al unísono.
Dominic frunció el ceño y se rascó la barbilla. Carlo soltó una estrepitosa carcajada y zarandeó la mano.
–Venga va, que las lleven al hotel los de seguridad. No sea que algún hombre del saco Malbaseda se cuele en su coche.
-Mejor—Samara respiró hondo y se desplomó en la silla. Miró alrededor, sus amigas volvían a mezclarse con la gente y parecían no cansar y ella estaba ya agotada—Madre mía, que energía.
–Será que nunca salen y lo pillaron con ganas—Luis se rió.
–Será que todavía no saben que son como un grupito de hormiguitas rodeadas de osos hormigueros, suerte que son intocables. Ya estarían de rodillas comiendo pollas— Carlo rió y se alejó por la carpa.
2-Parte
Había salido todo como realmente había esperado. Se levantó muy temprano, Samara dormía profundamente y aun tenían que tomar el vuelo que les llevaría lejos de allí. Miró la hora, apenas las ocho y todos dormían en Quimera. No era el mejor momento para dejar sola a Catinca, tenía muchas cosas que hablar con ella y con Darío pero lo necesitaba tanto… Se ducho y vistió y cogió el coche en dirección al Hotel Palas Confort. Al llegar al aparcamiento ya había más de un miembro de los más ancianos aparcando sus flamantes coches. Los Malbaseda habían fletado las plantas de las Suite pero los demás que se distribuía por el resto de hoteles de la zona ya desayunaban en las terrazas del Palas mientras los más mayores se agrupaban en torno a la mesa de conferencias de una de las salas de la planta baja. Un hombre del hotel le sonrió afablemente mientras avanzaba hacia la puerta. Vio a Argas en uno de los extremos sentado junto al mayor de los Malbaseda y cuatro hombres más. Antón ya estaba allí, permanecía algo ido mientras el resto hablaba poniéndose al día de sus negocios.
–Pasa Dominic hijo—dijo un anciano de cabello cano y cejas pobladas encorvado—Aprovechamos tu boda para reunirnos, Antón te diría la razón de esta pequeña asamblea.
Se rió suavemente y se sentó junto a Antón. Otros cuatro hombres de edad avanzada entraron a paso ligero y tomaron sus asientos.
–Bien, al grano—dijo otro—muchos deben tomar vuelos de regreso—Apoyó sus manos huesudas en la encimera de madera y frunció el ceño—Muchacho, sabemos que tu esposa ha firmado los papeles que toda mujer que se casa con un heredero debe firmar. Perfecto. ¿No ha puesto impedimentos?
Dominic se balanceó en la silla y sonrió.
–En absoluto—musitó.
–Bien—continuó ahora el anciano Malbaseda—La reunión es más informativa que otra cosa, una de las empresas Malbaseda se fusionara con otra de Quimera, Antón ha aceptado pero lógicamente quien llevará y gestionara dicha unión serás tú y no Catinca. ¿También estas al tanto?
Dominic entrelazó los dedos de las manos y apoyó la barbilla en ellas, frunció el ceño y meneó la cabeza afirmativamente.
–Entonces perfecto, ante de irnos firmaremos todo lo concerniente a ese tema.
–Recuerda mandar por fax los papeles que firmo la muchacha—un anciano se apoyó en el bastón y meneó la cabeza con prisa.
–No creo que sea posible Jeremías—musitó de repente.
–¿Disculpa?
Antón cerró los ojos y negó con la cabeza al escuchar aquello.
–Que no creo que sea posible—repitió buscando algo en su bolso—No voy a pasar ningún papel a nadie.
–Dominic—Argas lo miró fijamente—Esto es una gran familia, nuestras empresas son la madre nutricia de las vuestras, todos nos ayudamos siempre y cuando cumplamos los requisitos y cuando un heredero se…
–No me repitas la oratoria Argas. La sé.
–Dominic… -Antón empezaba a ponerse nervioso.
–No. Tú empresa…
–Mi empresa—continuó él—se alimenta un cuarenta por ciento de vuestros contactos, no he querido jamás depender de una organización al completo. —Sacó los papeles y los rompió—Mi mujer no va vivir a la sombra de nadie. Y si así fuera, sería única y exclusivamente decisión mía.
Todos susurraron algo y Jeremías encolerizó.
–No sabes lo que dices Romano, una mujer no va a modificar las reglas que durante siglos esta…
–En mi casa las reglas las pongo yo—se reclinó hacia delante y miró con frialdad a Jeremías—Repito que mi esposa, no va a perder nada si decide irse, mis hijas, no quedaran relejadas a ser un objeto que rifarse entre los Malbaseda y…
Más murmullos y varios comentarios de enfado emergieron entre los ancianos.
–Y mi hermana Catinca, heredará íntegramente lo que a mi me corresponda.
–Tú negocio perderá sus clientes potenciales si haces eso Romano—otro viejo se levantó y lanzó el bastón sobre la mesa—Seré el primero en cancelar los contratos de Roberto con la construcción de…
–No puedes—musitó Dominic riendo.
–¿Ah no?—se rió con una mueca grotesca–¿Lo dices tú?
–Si, por que soy abogado, el mejor—lo miró y le sonrió—y si incumples dichos contratos iría a por ti… Lo gracioso de todo esto es que sabes que soy el mejor, no por que tu familia haya pagado mis servicios no… Si algo hice desde niño es no depender de la gracia de millonarios como tú.
–¡Esto es inaudito Romano!
Dominic se levantó y lanzó los papeles sobre la mesa.
–Creo—otro anciano que no se había pronunciado de acento francés se levantó—que estamos sacando las cosas de quicio caballeros. Nunca hemos necesitado controlar las familias, este caso fue por lo que fue—miró a Dominic—Muchacho ¿Sabes a lo que te expones?
–Me da igual Castalla—contestó dando una palmada a Antón que estaba paralizado en su silla—me da igual… Mi imperio no depende de vosotros, si, os debo mucho, pero no voy a ser una marioneta de cuatro ancianos que temen el poder de una mujer. Quimera no necesita eso.
–No me lo puedo creer—Argas soltó una carcajada.
–Es mi última palabra—Se dirigió a la puerta y la abrió.
–¡Romano!—Jeremías le señalaba con el dedo—¡No toleraré esto, hundiré vuestras empresas!
Se giró y lo miró.
–Pues entonces, nos veremos en los tribunales, viejo amigo.
Se alejó por el pasillo. Argas no dejaba de reír como un loco. Antón estaba pálido y Jeremías tenía un ligero temblor en el párpado mientras todos cuchicheaban entre sí.
–Vamos Jeremías—musitó Argas–¿No lo esperabas?—se rió otra vez—Es Romano ¿Qué pretendías?
–Acabaré con él…
Salió al aparcamiento y se puso las gafas de sol. La brisa soplaba y el sol aquella mañana amenazaba con ser colérico. Miró el reloj, las diez. La hora perfecta para volver a casa coger las cosas e irse. Miró el teléfono y marcó su número.
–¿Sí?—La voz de Samara le devolvió a la realidad.
–¿Lista para irte?
–Si—rió–¿Dónde estas?
–A unos minutos de la finca. Un tema de trabajo princesa. Despídete de tu hermano, si no le tendré que aguantar dos meses quejándose.
Samara se rió con timidez, parecía cansada aún por la noche anterior.
–Esta bien, así lo haré. ¿Dónde vamos?
–Ya te lo dije, al fin del mundo—se quedó en silencio y arrancó el coche—Voy para allá, estate lista, nos queda poco tiempo para coger el vuelo.
3-Parte
Despertó temprano y lo oyó en el baño. Durante unos segundos sintió dolor en el estómago recordando lo que le había dicho la noche anterior. Ella jamás se había imaginado que ocurriría todo aquello. Darío había irrumpido en su vida una vez más, a su estilo y a su modo, volvía a poner patas arriba sus planes y sus proyectos. ¿Y ahora qué? Es tan sencillo como no tener ni idea de lo que podría pasar, ella tan solo era la niña consentida de un clan, siempre a su aire, disfrutando de los momentos cuando a ella le apetecía y de pronto pasaba a formar parte de aquella rueda desequilibrante que todos tenían en torno a su vida. Era parte de Darío, parte de una situación que jamás le había tocado vivir y no sabía si quiera por donde empezar. Se incorporó y miró a través de la ventana. ¿Cómo era capaz de transformar su rebeldía de tal manera? Todos los que la conocían sabían que Catinca era una mujer de carácter, acostumbrada a tener todo lo que deseara y a vivir bajo la protección de Quimera. Ahora todo era diferente, cuando la tocaba, cuando la miraba con aquellos ojos brillantes y entrecerrados la provocaba la tímida sensación de ser pequeña, sus suaves palabras, sus sutiles formas y la destreza de conseguir en ella una respuesta inmediata sin necesidad de atemorizarla. Darío era así, había cambiado mucho desde la última vez que lo vio sin embargo, aun más maduro, mantenía aquella esencia y aquella calma que solo invitaba a decir “ me da igual lo que me pidas, no me mires así, susurra con esa suavidad y esa dulzura lo que quieras, deseo complacer cada palabra que salga de tu boca” ¡Ah, que estúpida era! ¿Acaso no se daba cuenta de que tan sólo era otra forma de llegar al mismo sitio que el resto? Claro que sí. Aun así, era imposible resistirse a aquella ternura, aquella mirada inocente de niño bueno que con tan solo una sonrisa y esa timidez que parecía tener lograba envolverla en un torbellino de sensaciones que pocos hombres habían conseguido con ella.
“Domina mi alma, domina mi voluntad, da igual de que forma, solo debes ser inteligente para averiguar, que me hace estremecer a tus deseos”
Se levantó de la cama y se apuró a arreglarse un poco. Tenía el pelo revuelto, estaba más pálida de lo habitual y eso la disgusto. Darío no tardo en salir del aseo con la toalla enroscada a su cintura y el pelo empapado.
–Buenos días pequeña Su—la besó en la frente y se dirigió al armario.
–Buenos días—dijo tímidamente.
–¿Has dormido bien?
–Sí…Gracias.
Lo observó revolver en los cajones. Su espalda aun estaba empapada por las gotas de agua y al moverse brillaban bajo la luz que entraba por la ventana.
Catinca permanecía inmóvil frente a la cama. Él se dio la vuelta y frunció el ceño.
–Pareces una aparición. Cati… ¿Dónde estás?
–Perdona, me duele un poco la cabeza y…
Sonrió y se acercó a ella. Llevaba en la mano una camisa y la dejó sobre la cama. La cogió de la mano y se sentó con ella sobre la colcha a su lado, apartó sus cabellos de la cara y volvió a sonreírla.
–Borra de tu cabeza por un momento Quimera Su…
–No comprendo que quieres decir con eso.
–Olvídate de todos, olvida lo que has visto o vivido aquí—la besó la mano y apoyó su mejilla en ella—Su… ¿Por qué te cohíbes conmigo hoy?
Catinca meneó la cabeza y miró al suelo, ni siquiera podía mantener la mirada en sus ojos durante unos segundos.
–Me siento extraña, avergonzada, no sé que quieres ahora de mí, no me veo como las demás, no…
–Que tontería Su—Tiró de ella y la sentó en su regazo—Yo no soy Dominic, ni siquiera Carlo—se rió y meneó negativamente la cabeza—Su… –la besó en la mejilla y se apoyó en su cara—mi preciosa Su… Podría explicarte muchas cosas y quizá comprenderías sin embargo, no merece la pena…
Aquella dulzura acompasada, aquella melodía en sus palabras empezaron a envolverla nuevamente.
–No merecería la pena ¿Por qué?—musitó ella.
–Por que no hay nada más claro que verlo o vivirlo. Hay una cosa en esta casa común a todos, no hace falta ser muy intuitivo para verlo, sois el freno a nuestros impulsos, la esencia que nos completa como personas y nos hace ser mejores. Su… No quiero que nadie me idolatre, he sido una persona horrible durante todos los años que he pasado fuera de aquí. He hecho daño, he disfrutado con ello y sin embargo—hizo una pausa y continuo—sin embargo entre por la puerta de Quimera, te vi y sentí algo que hacía años que no había sentido, una calma inmensa.
–¿Pero ahora que va a pasar?¿ Soy tu sumisa?¿Qué soy, me siento ridícula?
Darío se rió y la apretó con fuerza contra él.
–¡Ah que tonta eres! Su, esto es como una de esas piezas de baile que solías bailar conmigo cuando eras niña. Es lo mismo ¡Sí!-Se levantó y la dejó sobre la cama. Se dirigió al armario y rebuscó sus pantalones, su ropa y se la puso rápidamente—Imagínatelo—sus ojos brillaban, Catinca estaba perdida, Darío parecía eufórico–¿Recuerdas?
–Darío me pierdo contigo, no entiendo que quieres decirme.
Darío se apretó el cinturón y estiró la mano hacia ella invitándola a levantarse.
–Señorita….—musitó con elegancia haciendo una reverencia–¿Quiere bailar conmigo?
Catinca se rió y negó con la cabeza.
–¡Vamos Su!—dijo con humor—¿Te ofrezco bailar conmigo? ¿Aceptas?
–Darío—rió—¿Qué tiene esto que ver con lo que estamos hablando?
–Todo.
Ella estiró la mano y tiró de su brazo. Catinca se levantó y chocó con él. La rodeó la cintura y tomó la palma de su mano haciéndola girar.
–Vas a bailar conmigo ¿No es así?
–Sí…
–Soy el hombre, yo llevo el ritmo, pero ¿Quién a aceptado?
–Yo…
–¿Y sí te cansas? Pararías, te sentarías y quizá mañana bailaras nuevamente ¿No es así?
–Sí pero…
–Es lo mismo pequeña Su, vas a bailar conmigo—la dio una vuelta y la hizo girar—tu decides cuando parar, hay piezas lentas, hay piezas más rápidas… –besó sus labios y sonrió—pero solo tú decides cuando termina la canción…
4-Parte
–Bali—musitó pestañeando mientras señalaba la entrada al avión—El paraíso esmeralda, así meditaras—Dominic se rió y la meneó—Vuelve Samara, te has quedado ida.
–¿Bali?—se rió—Madre mía Dominic, nos vamos al otro extremo del mundo.
–Esa era la idea…
–¿Por qué Bali?
–Me gusta su cultura, su calma, sus selvas, sus paisajes. Es el único sitio donde aun no he estado y por que me da la gana.
Lo dijo tan serio mirando los horarios fijamente que Samara comenzó a reír. Dominic la miró confundido y frunció el ceño.
–¿Qué pasa?
–Nada, nada…—rió de nuevo—me parece perfecto.
Tiró de su brazo y la arrastró hacia la entrada al avión.
–Vamos nena, que lo perdemos.
A Samara le resultaba cómico verlo tan acelerado. Ya habían facturado las maletas y apenas quedaba tiempo para subir al avión. Entró como un rayo y lanzó los billetes a la azafata.
–Primera clase—dijo la joven—Que tengan buen viaje Señores….
–Gracias rica…—dijo secamente y volvió a tirar de Samara llevándola al trote.
–¡Dominic! Qué prisas….
–Quiero irme de aquí ya.
