SEGUNDA PARTE
Hasta que casi ya se hacía de noche no se emprendió la búsqueda de los fugitivos, pues antes se tuvo que pasar aviso al cuartelillo de la Guardia Civil de El Encinar para que de allí vinieran a la casa a tomar declaración a la Raimunda, quien era la única persona que podía incriminar al Esteban en lo del Faustino; también puso denuncia la Raimunda contra su marido y su hija por ser pareja adúltera, culpables ambos de adulterio (2) contra ella.
La búsqueda la iniciaron el padre y los hermanos del Faustino, que como pasara cuando se pensaba que el criminal era el Norberto, también se juramentaron ahora para dar muerte al Esteban. Además, el designio de todos ellos era violar sucesivamente, uno tras otro, a la Acacia. Y gracias a que los agentes de la Guardia Civil los quitaron de en medio nada más hacerse ellos cargo de la búsqueda, esos designios, no menos criminales que el del Esteban al atentar contra el Faustino, no se llevaron a efecto, que a punto estuvieron de ser puestos por los de la Benemérita a buen recaudo hasta que se diera con los huidos.
Pues bien, esa búsqueda se extendió a lo largo de cuatro o cinco días, llevada por la Guardia Civil del Espinar, apoyados sus agentes por algún que otro puesto más de aquellos alrededores.
Pero resultó por completo infructuosa, pues de los buscados ni rastro se logró encontrar a lo largo de todos esos días, por lo que, finalmente, y ante la práctica seguridad de que el Esteban y la Acacia se les habían escapado de entre las manos, y a saber dónde a tales días se encontrarían, la persecución y búsqueda por esos andurriales se canceló, dejando parte en la Dirección General de la Guardia Civil, y de la policía, de su reclamación como sospechosos de delitos.
Mas, ni el Esteban ni la Acacia habían salido del área de los Berrocales en todos esos días, ocultándose sabiamente a todo el mundo en todos esos días y noches. Y es que, como Esteban, pocos por allí conocían los vericuetos, grietas y covachas entre las agrestes anfractuosidades del lugar.
Aún permanecieron escondidos por aquellos pagos otro par de días más, a fin de asegurarse de que, en efecto, por aquellas cercanías ya no les buscaba ni acosaba nadie. Fue una semana en la que la pareja vivió como los animales, pues, aparte de que no pudieron desvestirse, tampoco les fue posible lavarse en lo más mínimo, por lo que apestaban como cerdos y con la ropa destrozada, rasgada y arañada en múltiples sitios por las púas de las zarzas, las asperezas del monte bajo, las agudezas de las rocas… Pero tampoco la cosa del condumio les fue mejor, pues lo único que el entorno les ofrecía para llevarse a la boca eran moras, ese exquisito fruto salvaje de la zarza, amén de algunos bulbos y tubérculos algo tiernos y comestibles que el Esteban se las pintaba solo para encontrarlos y desenterrarlos con su navaja cabritera.
Cuando aquél último día extra de espera ya fenecía derrotado por la caída de la tarde, la pareja hizo su primera comida ligeramente digna, al dar buena cuenta de un conejo que Esteban, valiéndose de lazos, logró cazar. Al amparo de una de las grietas abiertas entre las rocas prendieron una pequeña fogata donde asaron la caza; fogata encendida por mor del mechero del hombre, a base de piedra y mecha de yesca, para el cual el aire que por los campos suele soplar, no es elemento adverso, sino coadyuvante al buen prender de la mecha.
Luego, cuando la luz diurna había cedido ante la oscuridad del presagio de la noche, bajaron de las crestas del roquedal para aventurarse en los todavía verdes trigales que marcaban los límites de los roqueños Berrocales, buscando el somero arroyo que discurría a cierta distancia del pedregoso ambiente donde hasta entonces buscaran refugio, para bañarse allí ellos mismos y tratar de lavar las desgarradas ropas.
Como es de suponer, amparados por la oscuridad de la ya cerrada noche y sólo alumbrados por la luz que la menguante luna derramaba, se bañaron enteramente desnudos, y de tal guisa salieron del agua del arroyo, en las cuales Acacia procedió a lavar las ropas de ambos, pues ella tenía más maña que el Esteban en tales lides, por las veces que a otro río más cercano fuera a lavar junto a su madre, ayudándose en ese menester de los mismos guijarros que por el fondo de ríos y arroyos rodaban, redondeándose y puliéndose de contínuo. Cuando la muchacha acabó su tarea, entre los dos tendieron sus harapos, que no otra cosa eran ahora sus ropas, entre los juncos y la alta vegetación de la orilla.
Entre aquella alta vegetación existían mínimos espacios de mullida hierba que la propia maleza que los rodeaba guardaba de miradas no convenientes, siempre que no estuvieran allí mismo. Así, cuando Esteban y Acacia acabaron su labor se dejaron caer, en su plena desnudez, sobre uno de aquellos espacios cubiertos de hierba.
La noche, sin ser fría, tampoco era muy cálida que digamos, y Acacia buscó calor para su desnudo cuerpo, en el cuerpo desnudo de Esteban. El lívido resplandor de aquél ya más que menguado cuarto de la luna, iluminaba bastante bien los dos cuerpos desnudos. Esteban y Acacia se miraron, él a ella, ella a él, admirando bastante más que apreciando el desnudo cuerpo de su partenaire. Aquellos momentos fueron los primeros que, con cierta calma, podían disfrutar desde ni se sabe cuándo. Así, de las miradas arrobadas del uno hacia la otra, de la otra hacia el uno, se pasó a las mutuas caricias en el rostro para luego, enseguida, correr los labios de él hacia los labios de ella; o, quién sabe, tal vez los de ella al encuentro de los de él. La cosa es que, sea como fuere, las dos bocas se fundieron en dulces, tiernos besos. Las manos de Esteban acariciaban suavemente el pelo y las mejillas de Acacia, pero la chica más bien parecía que tales manos las deseara en otros puntos de su anatomía, pues con la misma suavidad que las manos de él acariciaban el pelo y rostro de ella, las de Acacia tomaron las masculinas para llevarlas a los femeninos pechos, mientras le demandaba al oído
• Acaríciame Esteban. Deseo sentir tus manos en mi piel, en mi cuerpo. No; no lo deseo, lo necesito Esteban, lo necesito… Te necesito, Esteban, como necesito el aire para respirar… Como necesito la vida para vivir… Te quiero, Esteban; te quiero con toda mi alma… Con todo mi ser… Y todo mi ser te necesita… Todo mi ser te desea, Esteban de mi alma…
La mano de Esteban que Acacia había puesto sobre uno de sus senos, allí cobró vida propia, acariciando aquella piel suave, tersa, blanca como la leche… Palpándola, explorándola en toda su lozana extensión uno a uno hasta el último centímetro cuadrado. Pasando, además, de un seno al otro, sin olvidar el debido cuidado a ambos pezones, amorosamente rozados, íntimamente acariciados por las yemas de los dedos del hombre que, delicadamente, tiraban de ellos
Al contacto de las fuertes manos de Esteban, ásperas manos de labrador, encallecidas por el sempiterno trabajo agrario, pero a las que el amor, la ternura que en él esa mujer, que para él más era niña que ninguna otra cosa, inspiraba, las hacía suaves como la seda, el cuerpo de Acacia se estremecía desde la punta del pelo hasta el borde de las uñas de los pies, convulsionándose, mientras gemía, jadeaba y sus dientes, trémulos, mordía su labio inferior.
Al fin, lanzó ahogados grititos cuando, por primera vez en su vida, su cuerpo supo de las excelencias y dulzuras de la llegada al cénit de la experiencia amorosa. Grititos ahogados, pues, en su candidez de mujer primeriza, exteriorizar aquellas hasta entonces desconocidas sensaciones como a ella de verdad le apetecía hacerlo, a grito pelado, le parecía vergonzoso. Pero como en esta vida todo tiene su límite, también la vergüenza de Acacia lo tuvo cuando su organismo empezó a exigir más cosas de Esteban, a exigir que se hiciera efectiva la hora de la verdad en la correspondencia amorosa
•Vamos Esteban, no nos andemos más por las ramas. Entra en mí ya, querido mío. Tómame, penetra en mí. Te espero, Esteban, vida mía. ¡Te he esperado tanto! Taladra, rompe, destruye mi himen… Toma mi doncellez, pues yo te la doy; te la entrego con todo mi amor, con todo mi cariño…
Esteban, al momento, respondió al llamado de su amada. Se subió encima de ella y, mientras con una mano sostenía su virilidad, con la otra buscaba, entre la maraña de rizos negros del pubis, la intimidad más genuinamente femenina de Acacia. La encontró y los dedos de esa mano abrieron aquellos labios interiores, entonces más bien gordezuelos, rojizamente brillantes, saturados de sangre y de deseos de la masculinidad del hombre amado.
La cabeza de aquella masculinidad, desnuda de su habitual funda de pieles, entró a través de esos labios hasta alcanzar la entrada a la interna cavidad de la mujer, adentrándose a través de ella de manera firme, sin por ello dejar de ser suave y tierna, hasta alcanzar lo más hondo de aquellas dulces profundidades.
Acacia, cuando sintió que aquella cabeza invasora iniciaba el viaje que la llevaría a llenar su oquedad hasta el último rincón, lanzó un suspiro de satisfecho deseo, apretó el abrazo en torno al cuello de su hombre y sus piernas, muslos y pantorrillas, ciñeron, en fuerte y dulce lazo, los glúteos y muslos de su amado, en tanto sus caderas proyectaban hacia adelante el pubis femenino al encuentro del miembro invasor, quedando ambos pubis unidos como lapas.
Esteban fue empujando, suavemente, con infinito mimo y dulzura, el miembro masculino que se hundía en aquella divina oquedad femenina, hasta topar con la elástica resistencia del himen de la mujer. Acrecentó el envite y aquella membrana cedió, elásticamente en un principio y rasgada en pedazos después. Acacia sintió en su interior como si un hierro candente la hiriera en lo más íntimo de su ser de mujer; redobló al máximo el abrazo que la uncía a Esteban y ahogó el más que gemido, alarido de dolor, que le venía a la garganta mordiendo mucho más que besando la boca del hombre, hasta rasgar con los dientes el labio inferior de su amante, haciendo que la sangre brotara del labio masculino, pero ni por un instante sus piernas cedieron en el apretado lazo que atrapaba glúteos y muslos de su hombre, ni las caderas flaquearon en su decisión de mantener unidos ambos pubis
Esteban, tras la leve pausa que siguió al momento en que sintió cómo su miembro llenaba hasta el más mínimo rincón de los femeninos adentros, inició la danza, el divino vaivén del amor y el sexo. Consciente del dolor que de momento Acacia sufría, llevó su mano derecha a la boca de la femenina cavidad interior y, primero con un dedo, luego con dos, empezó a acariciar la entrada a esa cavidad, a las profundidades femenina; así, los dedos del hombre jugaron al alimón (3) con el masculino miembro, anticipando a Acacia el placer que más tarde debería provocarle aquél cuerpo invasor, con lo que, en el cuerpo de la mujer, el dolor fue cediendo, arrinconado por la dicha que miembro y dedos de su hombre le estaban provocando
Poco a poco, Acacia accedía a un desconocido paraíso de placer. Las caderas de la mujer que, tan pronto como su hombre empezara con el amoroso vaivén, se aprestaron a participar activamente en el juego moviéndose atrás-adelante, atrás-adelante, acompasándose paulatinamente al ritmo impuesto por Esteban; pero cuando los dedos de su hombre empezaron a manipular la entrada a sus profundidades todo fue cambiando para Acacia, pues el difuso placer que en un momento se esbozara más que otra cosa fue tomando cuerpo, podría decirse, que por momentos, hasta llevarla un universo de dichas y felicidades absolutamente nuevo y desconocido para ella.
Porque Acacia se sintió sacudida por continuadas o sucesivas olas de candente bienestar e infinitos goces que la hacían vibrar cimbreándose de gusto. Los gemidos de placer se fueron trocando en gustosos jadeos de gusto inenarrable y los jadeos en contenidos, casi ahogados, alaridos de goces inmensos
•¡Ah!… ¡Ah!… ¡Ah!… ¡Ay!… ¡Ay!… ¡Me matas Esteban!… ¡Me matas de gusto, bien mío!… ¡Ay!… ¡Ay!… ¡Dios!… ¡Dios!… ¡Qué…qué!… ¡Ag!… ¡Ag!… ¡Qué gusto madre!… ¡Qué gusto más grande!… ¡Esteban!… ¡Esteban!… ¿Qué…qué…qué me pasa; qué me sucede?… ¡Me muero, Esteban, me muero!… ¡Me muero de gusto!… ¡Me matas…me matas querido mío!… ¡Me matas de gusto, de placer inmenso!… ¡Ay Dios, y qué muerte más dulce!…
Acacia, por segunda vez en su vida y en aquella noche, experimentó el placer de un orgasmo, al que en segundos sucedió un tercero… Y en no demasiados minutos más, llegó el primero de Esteban en aquella noche, acompañado del casi enésimo de Acacia, noche que, simplemente, no fue sino el preludio las muchas noches que seguirían a esa primera…
————————-
Al Esteban y a la Acacia nunca los encontraron. Desaparecieron, se esfumaron en el tiempo y el espacio sin dejar rastro. Los días fueron transcurriendo, y tras los días las semanas, los meses… La historia de los dos amantes fue quedando atrás, hasta dejar de interesar a nadie por manida en exceso. También pasaron los años, más de diez. La vida en aquél pueblo castellano prácticamente no varió, pues a la postre sólo pasó que las cosas volvieron a su ser. La familia del tío Eusebio, padre del Faustino, y la del tío Ricardo, padre del Norberto, solventaron sospechas y malos entendidos y la relación se normalizó. El Faustino se recuperó y con el tiempo entró en relaciones con una muchacha, casándose al poco con ella, y también el Norberto encontró a su definitiva “media naranja”, con lo que su vida también se asentó como Dios manda.
Tampoco a Raimunda acabaron por irle mal las cosas. Qué duda cabe que el suceso, la fuga, juntos, de su marido y su hija, de momento la trastornó, pero ella era una mujer fuerte y aquello no duró tanto, pues enseguida su más principal preocupación volvió a centrarse en aquél su gran amor: Su Casa; la Casa de sus padres, de sus abuelos, de sus bisabuelos… De unas cuantas generaciones de antepasados que se perdían allá por los ya más que lejanos años de los siglos XVI-XVII… La Casa del Soto…
Cuando Raimunda salió de esa especie de Limbo en que lo que ocurrió con su familia la sumió, se encontró con que las cosas de la Casa no estaban enteramente desatendidas, pues tuvo la suerte de que el Bernabé, hombre más bien cuarentón, si bien por poco, nacido en la Casa de progenitores y antepasados también nacidos en la Casa y de contundente fidelidad a la misma, se había ido encargando de los asuntos, digamos técnicos, de la Casa, pero por su cuenta, careciendo de refrendada autoridad para ello. Y al parecer, su iniciativa dio resultado, con lo que, en sus aspectos productivos, la Casa no había sufrido apenas.
Lo primero que la Raimunda hizo fue refrendar la personal iniciativa del Bernabé, por lo que el antes simple criado y bracero, pasó a ser algo así como un oficioso nuevo Amo, aunque sin serlo oficialmente, pues sus títulos oficiales no pasaron de algo así como encargado o capataz general, con plenos poderes en el plano agropecuario. Pero cuatro años más tarde el Bernabé pasó a ser el AMO oficial, al meterle la Raimunda en su cama, pues las noches allí sola se le empezaron a hacer de lo más largas, y total, tampoco estaba tan mal que unos pantalones bien puestos se hicieran cargo, formalmente, de la Casa….
Luego lo dicho: Las cosas en aquél viejo y minúsculo pueblo castellano, con el paso de los años regresaron a su ser natural
Pero ¿qué pasó con el Esteban y la Acacia? El día que siguió a su, digamos, noche de bodas, la pareja lo pasó escondida entre las breñas de los Berrocales, abandonando definitivamente aquél paraje cuando las sombras de la noche se extendían abrumadoras por el ambiente. La travesía de aquella zona que constituía el rededor del pueblo y los núcleos habitados donde eran sobradamente conocidos resultó más que penoso, pues por precaución no deambulaban sino de noche, pasando los momentos diurnos ocultos bien en chozas de pastores abandonadas, cabañas de cazadores deshabitadas, caseríos en ruinas o, simplemente, entre los altos trigales, tratando de pasar inadvertidos para inoportunos merodeadores. Pero si lo de ocultarse resultó difícil, alimentarse fue poco menos que imposible, limitados a lo que podían percanzar: Las pequeñas presas que Esteban a veces conseguía cazar y los bulbos o tubérculos que localizaba y desenterraba el hombre menos veces que más. Así, no resultaron ser pocos los momentos en que hasta pasaron verdadera hambre. Tanto fue así, que hasta días hubo en que tuvieron que conformarse con consumir la carne de algún que otro ratón de campo. Tampoco fueron pocas las ocasiones en que no les quedó otra que aventurarse a los aledaños de alguna que otra granja o caserío aislado para, subrepticiamente, hacerse con algo de comida.
Las cosas mejoraron ostensiblemente cuando dejaron atrás aquellas tierras para ellos tan peligrosas. Tan pronto como se sintieron a salvo, los dos se presentaron en una casa de labor en mitad del campo, aislada por entero, y Esteban pidió comida para su mujer y él mismo. No era limosna lo que pedía, pues ofreció trabajar a cambio. La gente de la casa les dio de comer y les contrató para que trabajaran para ellos. Les daban manutención completa, un techo y sitio donde dormir en el pajar; y un limitado, muy limitado jornal diario.
Allí pasó la pareja casi tres meses y cuando se marcharon para proseguir su camino adquirieron de la casa una burra, viandas para al menos una semana y mantas con que cubrirse por las noches. Y así prosiguieron su huida: Caminando entre seis y diez días máximos para volver a detenerse para trabajar otros dos o tres meses. Así lograban su diario mantenimiento y unas pocas “perras” que ahorraban hasta el último céntimo.
Tardaron algo más de tres años, amén de los dos hijos que para entonces Acacia ya pariera, en llegar al destino prefijado desde que salieran de la Casa del Soto, la portuaria ciudad de Santander, donde embarcarían rumbo a las Américas según el plan que desde un principio llevaran. Por eso el minucioso ahorro de jornales, día a día, céntimo a céntimo, para los necesarios pasajes del barco que allá les llevaría…
Embarcaron rumbo a Venezuela desembarcado en Caracas. No se quedaron en la ciudad, sino que a los pocos días de desembarcar, y con los correspondientes permisos oficiales, marcharon hacia una de las zonas agrarias del país, donde de inmediato adquirieron un pequeño trozo de tierra de labor.
Con sus manos, entre los dos levantaron lo que más que una casa era una cabaña, asentando allí su primer hogar permanente. Y hogar fue, pues el edificio no hace el hogar, sino que lo que lo hace es el cariño entre la familia, y de eso sí que no faltó nunca entre Esteban, Acacia y sus hijos. Con el tiempo, aquella cabaña del principio se fue agrandando y hermoseándose hasta más parecer casa que cabaña: no era lujosa, pues la pareja lujos ni los necesitaba ni los quería, pero sí ganó bastante en comodidad y espacio, pues la familia crecía cada año con los nuevos partos de Acacia, que llegó a alumbrar cinco hijos.
Y con la casa también creció el inicial trozo de tierra, pues la pareja, tanto Esteban como Acacia, eran trabajadores natos que supieron sacar el mejor partido a su exigua heredad, lo que les permitió comprar nuevos trozos de tierra fértil. La heredad, pues, creció, se engrandeció hasta hectáreas de tierra nada despreciables, por lo que Esteban y Acacia constituyeron uno de los predios más envidiados de sus contornos. Ni mucho menos llegó nunca su patrimonio a lo que la Casa del Soto era, pero tampoco ellos dos aspiraban a tal cosa; con tener lo suficiente para vivir con un cierto desahogo tenían suficiente, luego, a qué más…
Incluso pudieron contraer válido matrimonio, pues Esteban solicitó allí el divorcio de su mujer oficial, la Raimunda, cosa que se le concedió a pesar de la oposición de su mujer, Raimunda, y de las autoridades españolas, invocando el hecho de que en España el divorcio era ilegal. Pero en Venezuela, desde 1904, no lo era, por lo que la Justicia venezolana falló a su favor. Y claro, libre ya de nuevo Esteban, la pareja solicitó en un juzgado de Caracas la licencia de matrimonio civil, que la República de Venezuela les concedió
Y eso fue lo que pasó de Esteban y Acacia, que por finales lograron constituir un matrimonio normal pero, sobre todo, feliz. El amor, el recíproco cariño no les abandonó, sino que cada noche, cuando acabado el día se retiraban a su habitación, a su dormitorio y su cama conyugal, reverdecía al entregarse la pareja mutuamente, ella a él, él a ella, haciendo de cada una de sus noches más que la continuación, la estática perpetuación de aquella su “Noche de Bodas” bajo el palio incomparable de un cielo presidido por una luna menguante y tachonado de miríadas de estrellas; rodeados de plantas y árboles y arrullados por el suave discurrir del agua de aquél cristalino arroyo y el canto del grillo demandando la compañía de su hembra… Y, por lecho nupcial, el mullido colchón de hierba, verde, fresca….
FIN DEL RELATO
NOTAS AL TEXTO
1.Las Amonestaciones, que creo ya no se aplican, eran unas proclamas o carteles que los párrocos ponían a las puertas de su parroquia, comunicando al vecindario los matrimonios próximos a contraerse, para el famoso: “Si alguien sabe razón por la que estos matrimonios no puedan celebrarse, que hable ahora o calle para siempre”
1.1. Esta nota pertenece a la Primera Parte del Relato, pero se me olvidó ponerla allí, por lo que la pongo aquí ahora. Perdón por las molestias.
1.Hasta las reformas del Código Penal a inicios de esta nueva etapa ¿Democrática?, el adulterio, en España, constituía un delito castigado por ese Código
2.Esta frase, “Al alimón”, pertenece al argot taurino. Torear “al alimón” es coger un capote por dos personas, una por cada extremo del capote y citar al animal de forma que éste pase entre las dos personas. Aquí se usa como sinónimo de actuar juntos, a la vez, dedos y miembro masculino.
NOTAS DEL AUTOR.
a) “La Malquerida” es una obra dramática, un drama rural, debido a la pluma de D. Jacinto Benavente que se estrenó el 12 de Diciembre de 1913. Yo he tomado el texto, el libreto de la obra, para hacer una adaptación novelada de la misma, en la que respeto el título que D. Jacinto le diera. Como es de suponer, el desarrollo del Relato sigue bastante el devenir de la obra de Benavente, al menos en sus líneas generales, pero introduciendo matices propios que en la obra no existen, como el carácter del personaje de la Raimunda, de la que hago una mujer, ante todo, volcada por entero en su heredad, que es la ancestral de su familia, lo que le da tintes de mujer egoísta, despegada incluso de su propia familia, que todo lo sacrifica en el ara de su Casa, la del Soto. Esta vertiente de la Raimunda ya se esboza en la obra de Benavente. Primero, al comienzo del Primer Acto, ante las mujeres que han venido a verla a su casa, se excusa la Raimunda por su matrimonio con el Esteban en el hecho de que sus hermanos no la apoyaran al quedar ella viuda, afirmando que si sus hermanos se hubieran ocupado de ella dirigiendo la hacienda, ella no se habría casado; esto significa que a ese matrimonio ella no fue por amor, sino por el bien de su Casa. Luego, cuando decide encubrir a su marido, culpable de un crimen, no por él, sino por el buen nombre de su casa. Por otro lado obvio la carga dramática que la obra tiene en forma de sangre derramada; así, la muerte asesinado del Faustino la reduzco a heridas; la agresión con fuego de escopeta que sufre el Norberto a manos de los hermanos del Faustino la suprimo, así como el trágico final de la obra cuando, tras que Acacia confiesa la pasión que siente por el Esteban, este mata a la Raimunda al oponerse ella, taponando la puerta, a que su marido y su hija huyan juntos. Ese es el final de la obra, la muerte de la madre a manos de su marido en aras de que la hija no caiga en incesto con su padrastro: “Ese hombre ya no podrá nada contra ti. Estás salva. Bendita sangre que salva como la de Nuestro Señor” son las últimas palabras que la Raimunda pronuncia y las últimas que en la obra se dicen, pues a continuación el telón baja dando fin a la representación. Como colofón, estimo que huelga decir que también varío, diametralmente, el final. No me gustan los finales trágicos, por lo que yo hago que, al final, nadie salga malparado, sino que todos los personajes acaban felices y contentos.
b) El nudo principal de la obra en torno al que toda la representación transcurre, es la relación pasional entre el padrastro y su hijastra. No cabe duda de que por los tiempos en que la obra se escribe y estrena, estas relaciones constituían incesto, pero hoy día no sé qué decir al respecto. Para mí no lo es, ya que no existe identidad genética alguna entre padrastros-madrastras e hijastras-hijastros. Item más, consideremos el asunto según las leyes. Este tipo de parentesco. Padrastro/madrastra-hijastra/hijastro se define legalmente como parentesco por afinidad, y en principio tiene el mismo carácter que el parentesco biológico. De modo que para el padrastro o la madrastra, la hijastra o el hijastro serían. Legalmente, como hijas/hijos biológicos. En el derecho canónico, el parentesco por afinidad no se cancela nunca, de modo que si la esposa, por ejemplo, falleciera, las hijastras-los hijastros seguirían siendo considerados como hijas/hijos biológicos luego la unión matrimonial canónica, nunca estaría permitida; pero para las leyes civiles, los vínculos por afinidad desaparecen tan pronto se otorga el divorcio, luego en tal caso el padrastro o la madrastra dejan de serlo desde el mismo momento de formalizarse el divorcio. Por eso, el actor y director de cine, Woody Allen pudo casarse con la hija adoptiva de su mujer, Mia Farrow, al divorciarse de ésta.
© Scipion(escipion0@gmail.com)
