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Carmeli

PREFACIO

Lo que seguidamente vas a leer, estimada lectora, estimado lector, es muchas cosas. El comienzo son los recuerdos de mi ya más que lejana primera juventud; mis diecisiete-dieciocho-veinte años; entonces, por primera vez en mi vida, me enamoré de una chica… Con ese vigor, ese idealismo propio de tal edad… Y, al propio tiempo, también mi primer mal de amores, del desamor, pues esa chica no me correspondió y me dio unas “calabazas” de a metro y medio

También es el recuerdo, los recuerdos, de algo más de cuarenta años de vida profesional de viajante de comercio o representante comercial, en una zona muy específica, toda la región manchega, a lo largo y ancho de las provincias de Toledo, Ciudad Real, Cuenca y Albacete, más las de Murcia y Alicante

Mis principios con mi padre, viajante también, como la mayoría de los varones de mi familia paterna, comerciantes establecidos o viajantes/representantes la mayoría de ellos, tíos y primos hermanos… El primer día que salí de viaje con mi padre, un día de inicios de Enero de 1959, con dieciocho años aún… La primera vez, con diecinueve recién cumplidos, que mi padre me mandó a venteármelas por mi cuenta, haciendo todo Murcia y Alicante, con el tren y los coches de línea… A vérmelas en solitario con “tiburones” de cuarenta y muchos-cincuenta y bastantes años, cuyos dientes, como quien dice, les habían salido en una tienda… En una ferretería… Y logré hacerlo bien, hasta el punto de quedar mi padre asombrado del resultado que había logrado, según me confesaría luego un cliente de Alcantarilla, Paco Guillamón, que mi padre le había dicho

Luego, en una especie de segunda parte, el relato es… Para empezar, pura fantasía que con la realidad nada en absoluto tiene que ver… Una fantasía romántica… Digamos, que una especie de ejercicio onírico; un sueño, un soñar despierto… O un cuento de hadas, que de todo puede que tenga…

Yéndome hacia atrás, diré que aquella muchacha de la que, en verdad, me enamoré más que perdidamente por mis dieciocho-diecinueve años, pronto pasó a ser sólo un recuerdo; un recuerdo bello, al formar parte de esa época de mi más que primera juventud, mis diecisiete-veinte/veintiún años, que a ver a quién no le resulta bonita; a ver quién no se enternece un poco, o un mucho, al recordarla, en especial si ya los sesenta, y no digamos los setenta, quedaron atrás… Así que conocí a la que hoy es mi mujer, me enamoré de ella y nos casamos… En mi página, “Información Personal”, digo que si afirmara que quiero a mi mujer como el día que nos casamos, mentiría, pues hoy día, tras 46 años de matrimonio la quiero bastante más que entonces Incluso, podría decir que la deseo, la encuentro hasta más atractiva que entonces… A sus 71 años en el próximo Octubre… Y esto que digo, va a misa; MI PALABRA DE HONOR, DE HOMBRE QUE HOY Y SIEMPRE SE VISTIÓ POR LOS PIES…

Pero hace un tiempo, dos años, al escribir un relato, tuve que rememorar, y mucho aquella época; en especial la parte, digamos, romántica de aquellos años, 1958-1960 más o menos… El frustrado idilio con ella, Carmeli, que tan mal parado me salió al final… Y sucedió que ese recuerdo de aquél amor que un día sentí por ella, de antiguo más dormido que otra cosa, poco a poco, paulatinamente, fue convirtiéndose en recurrente… Hoy día, y sin merma del amor y cariño que, indudable, siento hacia mi esposa, sé, he sabido, que a nadie, a mujer alguna, he querido tanto como a esa chica, a esa mujer, Carmeli… Fue mi primer amor, y bien se dice que quién da primero, da dos veces

Y así, de esos recuerdos… Y, por qué no decirlo, de la añoranza de aquellos tiempos 1958-1960… Y de ella misma, que todo hay que decirlo, surgió, surge este “ejercicio onírico”; este “soñar despierto, en una cabriola literaria, o al menos eso quisiera hacer, literatura, dentro de lo que cabe, claro está; “cabriola literaria en la que hago que, lo que pudo ser y nunca fue, en la fantasía, en mi onirismo o soñar despierto, hago que, por finales, sea

Nada más, estimada lectora, estimado lector… Que te guste el relato es lo que quisiera, ya que ante todo, y a pesar de cuanto dijera antes, eso es lo que es, primordialísimamente: Un relato, de tipo romántico y con final feliz, que es lo que me gusta escribir… Un abrazo a todas vosotras, a todos vosotros, mis estimadísimas/os lectoras/es

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La verdad es que ni me acuerdo de cómo empecé a andar tras Carmeli, Carmen por buen nombre. Debió ser como pronto hacia mis dieciocho años, pues con dieciséis y cuatro-cinco meses dejé el seminario en que ingresara cerca de cuatro años antes y desde luego los últimos meses de mis dieciséis años y todos los de mis diecisiete fueron más bien algo turbulentos, pues mano a mano con mi amigo de toda la vida, Carlos, hacíamos las primeras “armas” de seductor. Y en qué escenarios, madre: Los bailongos de la zona alta de aquél Arturo Soria de la segunda mitad de los años cincuenta, entonces sembrada de pinares, y por la entonces famosa Cruz de los Caídos, al final de lo que fuera entonces la Carretera de Aragón, hoy confines de la calle de Alcalá, cuya selecta clientela mayormente eran “macarras” con patillas de “boca de hacha” y navaja al bolsillo más “marmotas” medio “furcias”, si no “furcias” a todo ruedo. El “salón de baile”, un espacio al aire libre acotado por una valla de cañizo sembrado de mesas y sillas de madera de las llamadas de tijera y por música un “pick up”, inmediato antecedente del tocadiscos carente de altavoces por lo que era imprescindible conectarlo a un aparato de radio para que allí sonaran aquellos discos de pizarra y 78 r.p.m. Vaya, lo ideal para iniciarse un par de “pipiolos” de la más tradicional clase media española, pelín más, pelín menos, acomodada, de rigurosa educación católica en colegio de curas, los Calasancios, de la calle Conde de Peñalver 51, y, por ende, un sí es, no es, “franquista”, con permiso de mi padre, republicano de pura cepa, de aquella burguesía izquierdista y republicana seguidora de D. Manuel Azaña.

En fin, que decididamente me decanto porque mis galanteos hacia la bella Carmeli empezarían allá por el verano de 1958 y para el de 1959 yo ardía en amor por aquella chiquita, año casi escaso menor que yo, de la que me cautivaba todo, aunque lo verdaderamente determinante era su rostro, radiante tan pronto sonreía, pues la sonrisa le iluminaba la cara y hasta se diría que el sol se oscurecía ante las radiaciones de ese otro astro. Era una sonrisa que te envolvía y se adueñaba de ti, rindiéndote a ella, a esa sonrisa pero también a ese cuerpecito de casi mujer, casi adolescente de Carmeli a sus dieciocho años.

Los veranos se iban en “guateques”, excursiones a un paraje más bien montañoso, muy fresquito, con un río de aguas heladas que abastecía una hidroeléctrica local, muy, pero que muy de andar por casa, que por allí llamaban “fábrica de la luz”… Y en pasear la calle Mayor y la carretera Nueva, que baja, rodeando el montículo en que se enclava el pueblo, hasta la carretera general Valencia-Jaén, únicas vías del pueblo que admiten caminar juntas a más de dos personas, ya que el resto de calles del lugar son callejones, a veces tan estrechos que impone la “fila india”, con las personas pasando de una en una, y que bajan a la calle Mayor por una acera, para seguir deslizándose, por la otra acera, cuesta abajo, hasta la vega que rodea el pueblo, al pie del montículo donde se eleva

Una cosa tal vez haya observado el avispado lector: Que hablo de mis estancias en Madrid y en el pueblo; y es que, aunque normalmente vivíamos en Madrid, donde mis padres se trasladaron nada más casarse, hacia fines de Junio nos íbamos todos al pueblo hasta el diez-doce de Septiembre, acabada ya la Feria, que volvíamos a Madrid. Bueno, mi padre nos traía al pueblo y luego nos devolvía a Madrid, pero en esos meses de veraneo, él sólo pasaba con nosotros domingos y lunes, volviendo a la ruta los martes, pues el dinero nunca nos cayó del cielo sino que a diario había que ganarlo sacando pedidos a los clientes, pues siempre trabajamos, primero él, luego también yo, a comisión: Si cursamos pedidos cobramos, el 5% de lo servido, pero si no hay pedidos, ni un duro.

Yo empecé a viajar con él en Enero de 1959, por lo que desde ese año ya no pude estar en el pueblo todo el verano, sino sólo los fines de semana, que no empezaban hasta la madrugada del sábado al lunes, que solíamos llegar a casa, pies por entonces los sábados eran enteramente laborables, mañana y tarde, por lo que emprendíamos viaje a casa tras despachar al último cliente de la tarde, a veces hasta ya pasada la medianoche, si te topabas con un parsimonioso que tenía que ver todo lo que tenía en almacén, contándolo caja por caja… ¡Dichoso Marcelo Sánchez Beato, de Corral de Almaguer, Toledo! Hasta las once de la noche no había manera de empezar con él, pues no cerraba hasta que todo el pueblo estaba ya en su casa, cenando, y mientras no cerraba, no te atendía, con lo que de allí llegamos, llegué, a salir pasada la una de la madrugada…

De todas formas la tarde del 26 de Agosto era imprescindible estar en el pueblo para recibir a la Virgen Patrona que era traída desde su ermita al pueblo y ya permanecíamos allí hasta volver a Madrid, a fin de pasar las Ferias y Fiestas anuales del pueblo

El lugar es el de nacimiento de mi madre y “patria chica” ancestral de su familia. Enclavado al pie de una serranía de Albacete, allá por donde converge con Jaén y Ciudad Real. Mi padre no era de allí, sino de una localidad de Ciudad Real, a unos sesenta kilómetros del pueblo. Aquí, a este pueblo que en época no tan lejana fuera ciudad de cierta importancia, emigraron mi padre y sus hermanos mayores a principios de los años veinte, se arraigaron allí hasta poder traerse con ellos a su madre, hermanos menores y hermanas, excepto la mayor, casada ya con un muchacho del lugar donde nacieran todos.

También las raíces ancestrales de Carmeli estaban en ese pueblo-ciudad, aunque tampoco vivía allí sino en una localidad de Murcia donde sus padres se asentaran, pero también ella solía pasar los veranos allí, no con sus padres que no solían venir, sino con un tío suyo, el confitero del pueblo de toda la vida.

Así llegó el verano de 1960. En principio se presentaba como los anteriores, los ratos con los amigos durante el día, con los vinos y cervezas del mediodía, el famoso vermut antes de ir a casa a comer, y por la tarde, tras comer, al casino, con el café, el coñac, sempiternamente en mi caso, y la partida de cartas, en la que casi siempre era el mayor “pagano” pues nunca acabé de entender las cartas y, la verdad, nunca acabaron de gustarme… Excepto el póker; ahí sí me gustaba darle… Y, a veces, hasta ganaba… Hasta los “pelaba” a los demás; pero que allí tenía poco predicamento, mire usted por dónde.

A última hora, las siete más o menos, a la calle Mayor, la “calle del Roce”, a buscar a las chavalas. Eso si no había preparado guateque en alguna casa, la mía o las de mis primos Alberto y Vicente por un lado, Teodoro por otro.

Como antes dijera los guateques eran obligados los domingos, pero también algunos otros días de la semana se montaba alguno que otro. En aquella época las relaciones chico-chica se basaban en pasear, bailar y alguna que otra vez ir de excursión en plan pandilla. Pero lo básico era bailar y un domingo sin guateque era impensable.

Pues bien, como digo, respecto al asunto Carmeli todo se desarrollaba como era habitual hasta entonces, emparejándonos tanto al pasear calle Mayor abajo, calle Mayor arriba, carretera Nueva abajo, carretera Nueva arriba o en los guateques. En fin, que todo transcurría así hasta que llegó la Feria, con lo que los guateques se sustituyeron por el diario baile nocturno en la pista que quienes explotaban el bar del casino montaban cada año en la parte posterior, al aire libre, amenizando el bailoteo una orquestina contratada al efecto.

Para entonces, pensando que con Carmeli iba “sobrao”; la emplacé muy en serio: “Dame el Sí o el No definitivo, no me tengas más así, entre el cielo y el infierno”. Y es que aquella situación me impacientaba, estar casi seguro de una cosa pero a la par siempre dudando. Y sí, una de esas noches de baile en el casino me dio la respuesta pedida. El cielo se me cayó encima cuando me soltó unas “Calabazas” que, la verdad, no me esperaba.

Me maldije una y mil veces por precipitar las cosas, pues hasta entonces, al menos, podía balancearme en las nubes, hacerme la ilusión de que al final ella me aceptaría. Pero no era así, no fue así, y yo no tenía más remedio que aceptar aquella realidad por mucho que ello me doliera. No hubo reproches ni nada que se le pareciera ni tampoco ella varió su forma de tratarme: Seguimos bailando y así estuvimos hasta que aquellos días de Feria se acabaron y, al poco, regresamos a Madrid.

Con la vuelta a Madrid se impuso la normalidad de la vida. Mi padre y yo de nuevo en viaje temporadas más bien largas, de mes y medio a dos meses con ligeros descansos de domingo a lunes o al martes; las estancias en Madrid las pasaba yendo con mi padre a las casas representadas, en definitiva al almacén de ferretería que era la base del negocio.

Y los ratos libres, que no eran tantos fuera del domingo, salía con los amigos de allí de toda la vida: Carlos, mi amigo de siempre, pues nos conocimos en el colegio a los diez-once años, Fernando, Luis, Pedro… Íbamos a tomar vinos y patatas “bravas”, bien picantes; al cine de vez en cuando… Nos gustaban ante todo las del Oeste, particularmente las de John Wayne… Y cómo no, el “western” que interpretara Elvis Presley que, al menos en España, se estrenó como “La estrella de Fuego” y es que cómo íbamos a perdernos el “western” de nuestro gran ídolo musical, del que ya habíamos visto la mítica “King Creole”. Y el guateque nuestro de cada domingo.

El verano de 1961 Dios, o el Diablo, se puso de mi parte para no ir al pueblo, cosa que, ni “atao”, quería hacer, por no verla a ella. Y es que sucedió que mi padre y mi madre, con un primo hermano mío, también viajante, con su mujer, (casi toda mi familia paterna fue comerciante; viajantes todos los hermanos de mi padre, eran seis, excepto uno, que abrió un comercio en el pueblo; y de mis primos hermanos, pues la mayoría, aunque brillando no unanimidad) se fueron de viaje por Andalucía, la ruta que mi primo hacía, de manera que mi padre me mandó de viaje, a batirme el cobre yo solo la mitad de Junio y todo Julio.

En Agosto ellos volvieron y, claro, volvimos a viajar los dos juntos, mi padre y yo; llegó el primer fin de semana y él dijo de volver a casa, en el pueblo, y yo le dije que me quedaba en ruta; que se tomara algún día más, que conmigo en viaje sería suficiente. Él no me dijo nada; sabía lo que había pasado con Carmeli, y lo entendió… Y sí, se quedó la semana entera.

El 26 de Agosto mi padre dijo de volver al pueblo hasta ya pasar la Feria y yo, de nuevo, le dije que no iba; él me dijo que era una tontería que no fuera, pues, al parecer, Carmeli en el pueblo ese verano no estaba, pero le dije que los recuerdos sí estaban y que en viaje no pensaba en ella. Lo volvió a comprender.

Llegó 1962, y su 19 de Marzo, fecha en que la Patria dijo que sin mis servicios, como soldadito de España en el Regimiento Infantería “Covadonga” nº 5, en Alcalá de Henares, no se podía pasar… Vamos, que debía de serle del todo imprescindible, “cachis” en la mar, con lo que allí estuve hasta mediados-fines de Julio del 63, en que la Patria pensó que bien podía volver a mi casa y vida de siempre

Volví a casa y a salir de viaje con mi padre. Por entonces me hice cargo de mis primeras representaciones; mías, no de mi padre. Un almacén de cristalería, con “caballo de batalla” en el “Duralex”, a precios incontestables, vajillas y juegos de café, en porcelana y loza, figuritas de porcelana de Bidasoa, lo de Gadea, botes y enseres de cocina en plástico de primera calidad, muy bien decorado y tapas de madera, más otras pijaditas por el estilo; otro almacén más, también de Madrid, de pequeño material eléctrico, los típicos mecanismos de “Simón”, aunque también algo de marca desconocida y poca calidad, pero precios muy económicos; cable paralelo, manguera, regletas para fluorescentes, con y sin tubos, bombillas… En fin, sota, caballo y rey. Todo muy compatible con la ferretería pura de mi padre, compartiendo los clientes ferreteros, pues la mayoría de las ferreterías también toca lo eléctrico, más los típicos de lo mío, cristalerías, artículo de regalo… Comercios de ese tipo

Hacia 1966, tomé la representación de un almacenito de ferretería, de Madrid también, con poco surtido, herramienta, batería de cocina, la corriente, marrón, de San Ignacio, y los juegos de cinco piezas… Y poco más, aunque yo les embarqué en más artículos, cerrajería por ejemplo, con lo que la oferta de género de tal almacén se amplió bastante no tanto tiempo después

Con eso, lo de viajar con mi padre ya no fue posible, al pasar a competir los dos llevando ambos ferretería, con lo que me independicé con mi primer coche, cómo no, un Seat 600. También por entonces me fui apartando de mis amigos madrileños de siempre, pues cada vez paraba menos en Madrid, implicado más y más en el viaje, en el trabajo…

Y es que yo tuve la gran suerte de enamorarme de mi profesión… Eso de fajarme con el cliente hasta sacarle pedido me encantaba… A ello se sumaba que ya tenía amigos en la ruta con los que alternaba casi todos los días…

Mi vida sentimental era inexistente; no voy a decir que no frecuentara alguna chavala que otra, por aquí y por allá, pero cosas de poca monta, nada serio… Pasar el rato y, a ser posible, disfrutar de algún “achuchón que otro… Aunque, seamos sinceros, los “apuros” de entrepierna más bien había que solucionarlos con alguna prostituta que otra… ¡Ay mi “Alto la Villa”, en Albacete! Alguna que otra noche tengo pasada allí, despertándome a la mañana sin saber ni dónde estaba de la borrachera que llevaba cuando entré en la habitación…

A este respecto, una curiosidad: Durante la época anterior, como se sabe, el Carnaval estaba absolutamente prohibido; y salir a la calle con la cara cubierta por una máscara no digamos: Al cuartelillo del tirón. Pues bien, hasta el último rincón manchego, desde las ciudades más importantes hasta la más mísera aldea, se celebraba abiertamente el Carnaval, con chicos y grandes, hombres y mujeres, disfrazados y con la cara tapada por las más variopintas caretas o antifaces, con el típico “A que no sabes quién soy”.

Y por las paredes los carteles anunciando los bailes y los artistas que venían, que en las ciudades más importantes y ricas, Albacete capital, Villarrobledo, Alcázar de San Juan, Valdepeñas, Manzanares, etc. los principales intérpretes del momento pasaban, Joan Manuel Serrat, Juan y Junior, Rocío Dúrcal, Sara Montiel, que nunca faltaba a las celebraciones de su natal Campo de Criptana, junto a Alcázar…

Y en los carteles anunciadores campeando lo de Bailes de CARNAVAL y no “FIESTAS DE PRIMAVERA” como se anunciaban en Tenerife y Cádiz, a pesar de su fama, suntuosidad y riqueza de ornamentos y disfraces; sí, disfraces, pero con la carita descubierta y al aire. También en aquellas tierras manchegas había Guardia Civil pero a la chita callando, haciendo como si nada “prohibido” allí sucedía; y los guardias a disfrutar del Carnaval siempre que podían, como cualquier otro hijo de vecino.

Pues bien, yo también, y muy a mis anchas, me sumaba a la “órgia” y “desénfreno” de aquellas fechas y, admitámoslo, hacía lo que podía. Vamos, que lo del sexo ocasional, para mí, un invento de “narices” y, si podía y la circunstancia se daba, me dedicaba a él con ímpetu digno de mayores empresas; mayores seguro que haberlas, haylas, pero más placenteras más bien que no.

Hasta me salió un “ligue” la mar de interesante con la nunca bien ponderada Patricia, una “colega” del ramo de la alta perfumería. Esta mujer, mujerona mejor le cabría, era una exuberante hembra de treinta y seis, treinta y siete años… Vamos, lo justo para mis veintisiete… Alta de estatura y ancha de cuerpo, son buena envergadura de hombros, que evidenciaba un esqueleto fuerte; ojos marrones y cabello rubio tirando a cobrizo; tetona, buenas caderas y mejor “culamen”; piernas largas, algo musculadas, pero de excelente factura… Y muslos, desde que pude vérselos a “tutiplén”, de verdadero ensueño. Lo único que la afeaba un tanto, era la expresión de su rostro, tirando a dura, un tanto hombruna; pero sin pasarse, que conste. Vamos, un tipo de fémina con bastante “materia donde agarrarse” que, dicho sea, hoy a las “gachesis” no les gustará, pero que a mí me volvía y vuelve, que conste, turulato.

La cosa fue que una noche, solitariamente sentado en una mesa del restaurante del hotel de Ciudad Real capital al que los “compis” del oficio solíamos acudir, hizo su aparición la “buenorra” de Patricia; paseó su mirada por la sala, y ni puñetera mesa libre. Entonces, en tan dramático momento, hete aquí, que con el mayor desparpajo se vino a mí.

Hola colega; ¿te importa que me siente?
Y claro, servidor, que es un caballero, y, además, ante la tal Patricia los ojitos me hacían chiribitas, no tuve inconveniente ninguno en compartir mesa con ella. Es más, que, todo yo galantería, me levanté y aparté la silla, justo enfrente de la mía, ofreciéndosela. Durante la cena charlamos de cosas baladíes; vamos, que yo no estaba en mi mejor momento de “labia”, pues ante las esplendideces de tal “jembra”, estaba un tanto acogotado

Acabamos la cena, y, ¡oh milagro!, aquél monumento de mujer me dice que si salimos a tomar café y alguna copichuela que otra… Y yo, que apenas si me podía creer tanta belleza, a ver qué le iba a decir más que sí. Visitamos tres, puede que cuatro bares, libando copa tras copa, ella wiski, yo coñac, como siempre, con un café solo en el primero cada uno, hasta que a las horas mil, y un tanto más que “piripis” los dos, regresamos al hotel. La acompañé hasta la puerta de su habitación y, galante siempre, hasta le pedí la llave para abrirle yo la puerta; me iba ya a retirar a mi habitación, tras franquearle la entrada a la suya, cuando ella me detiene y, ¡oh milagro de milagros!, me dice con la mayor desenvoltura

¿Quieres pasar la noche conmigo?
Y qué puñetas iba a responderle yo, más que colarme en su habitación a tumba abierta. Nada más cerrar ella la puerta, la engancho por la cintura, arrimándomela, para al instante bajar ambas manos, abarcando cada una cada uno de ambos hemisferios de su culazo, arreándonos un “morreo” que ni en el cine. Y qué decir de la noche que siguió… Patricia se me reveló como consumada jinete, cabalgando sin descanso, “sin bridas y sin estribos”, como dice García Lorca en “La Casada Infiel”, de su “Romancero Gitano”(1)

Aquella noche, aparte de sexo, también fue de confidencias. Mientras fumábamos el famoso cigarrillo “de después”, reponiendo los dos fuerzas, abrazados, para afrontar el próximo “kiki”, como ella decía, me confesó que me tenía “guipado” (visto) de tiempo atrás, de cuando iba con mi padre, como tarde, desde mis veinte-veintiún años

Un bollito de leche la mar de apetecible me pareciste desde que te eché el ojo por vez primera… Pero nene, eras de un “esaborío”… Como mucho, un “Hola” cuando nos cruzábamos, de Pascuas a Ramos mayormente… ¡Y yo, ansiosa por que me dijeras, siquiera, “Los ojos tienes negros”!…
El siguiente día seguimos en Ciudad Real pero al otro volvimos a ponernos en viaje, en ruta, a seguir visitando clientes los dos. Pero salimos hacia Madrid. Íbamos, como es lógico, con los dos coches, el de ella y el mío, circulando casi en caravana en los trayectos por carretera, yo delante, pues su Citroën era más rápido, evidentemente, que mi 600.

Cuando llegábamos al hotel, o lo que fuera, pedíamos una sola habitación y una sola cuenta; desde el primer día establecimos un fondo común, abastecido por los dos, mitad por mitad, que renovábamos periódicamente, según iba agotándose, pagando ella todos los gastos conjuntos que hacíamos, corriendo por cuenta propia los gastos personales, como el tabaco, útiles de baño, etc. la Los días los pasábamos cada uno por su lado, con sus propios clientes; comíamos juntos, si era posible, pero cuando terminábamos nos juntábamos y así hasta la mañana siguiente, que empezaba un nuevo día

El sábado de esa semana, al acabar de trabajar, pusimos rumbo a Madrid, a su casa, y al llegar me condujo al el garaje del edificio, ocupando su plaza mi Seat, pues el viaje lo reemprenderíamos, el lunes o el martes, con un solo coche, el suyo, más moderno y, sobre todo, más cómodo… Más apropiado para carretera que el mío, con lo que mi 600 se quedó en el garaje, muerto de risa…

La relación duró cerca de dos años; al cabo de ese tiempo, una noche de domingo, en su casa, mientras fumábamos el cigarrillo “de después”, inopinadamente, con toda tranquilidad, como si me hablara del tiempo, me soltó que esa sería la última noche que pasaría conmigo; que por la mañana, por favor, me marchara de su casa para no volver

Resultó que se casaba en casi una semana escasa… Con un cliente suyo, casi más sesentón que cincuentón, pero con más billetes que pelos en la cabeza. Era viudo de tres o cuatro años y deseaba volver a tener una mujer a diario en su cama, y no andar a salto de mata día sí día también, como venía haciendo últimamente… Y desde antes de quedar viudo… En fin, que la retiraba del viaje, para pasar a ejercer de gran señora.

A la mañana siguiente é el equipaje, recogiendo cuanto en aquella casa tenía. Ella me observaba en silencio, cubierta, cuál era su mañanera costumbre, sólo por una bata ligera, digamos que un salto de cama. Acabé por fin de aprestar todo lo mío y me dispuse a salir de su casa. Entonces, soltándose la bata y apareciendo ante mí desvestida, presentándome senos, “prenda dorada”… Todo su espléndido cuerpo, en definitiva, me sale con

¿Me echas el último “kiki”, cariño?
Me la quedé mirando, supongo que con expresión no muy placentera, precisamente, admirando por postrera vez ese cuerpo que, la verdad, me enloquecía, en franco despecho de perderlo para siempre, pero decliné su ofrecimiento

Mejor no Patricia… Como Jesús dijera a Judas en la Última Cena, me digo a mí mismo: “Lo que has de hacer, hazlo pronto”… No Patricia; si ahora me acostara de nuevo contigo, no te casarías con ese novio que te has echado, porque te raptaría y te encerraría, hasta encadenada, en un sótano oscuro
Patricia me acompañó hasta la puerta; la abrió, me echó los brazos al cuello y me morreó como sólo ella sabía hacer. Luego, me empujó hacia afuera, diciéndome eso tan manido de “Que tengas suerte y seas feliz”, más lo de “Nunca te olvidaré” y demás monsergas al uso, cerrando después la puerta

De manera que allí estaba yo, con veintisiete años, encarando de nuevo la vida en solitario; recogiendo, otra vez, mis pedazos de corazón e ilusiones… Y a ver qué se puede hacer, sea como sea, sino vivir como a uno Dios le dé a entender…

Y viví, y el tiempo fie pasando sin variaciones, sin cambios… Viajando y trabajando día tras día, semana tras semana, mes tras mes… Año tras año, hasta andar ya por la cuarentena, no muy pasada, tres años nada más… Y si antes dije que mi vida sentimental era inexistente, a partir de que Patricia me diera la “patada”, más todavía, pues se acabó lo de frecuentar chavalas y hasta el intermitentemente recurrir a las “cenicientas de saldo y esquina”, como denomina Sabina, en su “19 días y 500 noches”, a las prostitutas

Así transcurría esa, digamos, segunda parte de mi vida, más como ermitaño o monje que otra cosa, cuando un día, deambulando por Murcia capital, a última hora de la mañana, doce y media, poco más, trotando hacia el último cliente de esa mañana, escuché a mi espalda una voz que me dejó helado

¡Antonio… (aquí, mi apellido) ¡Cuánto tiempo, Dios!
Me volví hacia la voz, sabiendo perfectamente a quién le correspondía

Hola Carmeli… Sí; mucho tiempo desde la última vez… Más de veinte años…
¡Señor y qué bien estás!… Me alegro mucho de verte… ¿Qué ha sido de tu vida? Te casarías, imagino… ¿Cuántos críos tienes?… ¡Bueno, no me digas nada ahora!… Tengo mucha prisa, ¿sabes?; he salido del instituto antes de tiempo para ir al ayuntamiento, pues tengo que solucionar alguna cosa que otra y mira la hora que es ya… Me van a cerrar… ¡Ya sabes cómo son los funcionarios!… Bueno, somos; que también las maestras lo somos… Pero me gustaría un montón hablar un rato contigo… ¡Éramos tan amigos!…
No, si también yo tengo prisa; iba por el último cliente de la mañana y, como a ti, se me hace tarde… Pero sí; también a mí me encantaría charlar contigo un poco… ¿Qué tal si nos vemos luego, sobre las dos, dos y media de la tarde?
Perfecto… ¿Dónde?
Donde tú quieras… Donde mejor te venga…
Pues entonces aquí mismamente; en esa cervecería. ¿Te parece bien?
Carmeli señaló un bar-cervecería a su derecha, con terraza a la calle, de mesas a la sombra de algunos árboles… En fin, de la mejor pinta

Estupendo… Me parece estupendo… ¿A las dos, dos y media pues?
A las dos-dos y media
Y dándonos un besito en cada mejilla, como ahora se estila, nos separamos, cada uno a dónde debía ir. Casi pasaban las 14,30 cuando corriendo bastante más que andando, iba a la concertada cita

Lo cierto es que hacía ya tiempo que Carmeli, ni bello recuerdo era ya, pues la costumbre de estar metido y metido en el trabajo había acabado por hacer desaparecer de mi mente todo cuanto fuera ajeno al quehacer de cada día, pero bastó verla para que lo que ella fuera para mí resurgiera, pero sin estridencias…

Como algo bello que un día pudo haber sido pero que, finalmente, no fue… Era una sensación, más que nada, de íntima dulzura… De ternura si cabe… Era como esos recuerdos de infancia y primera juventud, que nos enternecen, pero que sabemos no pueden repetirse, por la sendilla razón de que el pasado no regresa nunca, pues el tiempo jamás se detiene y, mucho menos, hace marcha atrás…

Ella debía estar pendiente de ver si aparecía pues apenas estuve mínimamente cerca, la vi, de pie junto a una mesa de la terraza, haciéndome señas; al instante respondí a sus señales, con lo que en un santiamén estábamos de nuevo juntos; nos cruzamos renovados besos en las mejillas y me senté, frente a ella, a la mesa.

Llegó un camarero y le pregunté su deseaba tomar algo más, estaba acabando una cerveza; la apuró de un trago y pidió se la renovaran, en tanto yo pedía otra. Charlamos, hablando cada uno de nosotros mismos. Respecto a sus preguntas de antes, le dije que de mi vida, pues sin novedad; la “mili” en su momento y, desde entonces, viajando, trabajando como un enano… Y que no; no me había casado, por lo que no había crío alguno… Añadí un bastante machista

Que yo sepa, al menos…
De ella supe que sí se había casado… A los tres años, más o menos, de mis “calabazas”, ejerciendo desde el anterior en un colegio de maestra, pues acabó la carrera el curso siguiente a la, para mí, fatídica Feria del “No” rotundo, contundente, se puso novia con un compañero del mismo colegio, cinco años mayor que ella y al año se casaron… No tenía hijos; él, puede que, por ser maestro precisamente, más bien que odiaba a los niños, por lo que en su intimidad debió imponerse el laboral lema de entonces: “Trabaja, pero seguro”.

Con el tiempo la relación se fue, poco a poco, enfriando, como se enfría un café si se deja en la taza, sin nunca acabar de consumirlo Puede que la cotidianeidad, el día a día que a tantas parejas destruye… O el trajín en que él se metió cuando le destinaron a un instituto en Cartagena y tenía que hacerse, cada día, una hora de ida, Murcia-Cartagena, más el posterior regreso, al acabar las clases…

Porque los dos, seis años después de su boda, hicieron oposiciones a profesores de Instituto y las sacaron, pero él con nota bastante baja, lo que le impidió coger plaza en Murcia, teniendo que resignarse con Cartagena. Fue, más o menos, al año de eso que empezó el enfriamiento entre ellos, que hizo crisis otros cuatro años después, cuando él le dijo que se quedaba, definitivamente, en Cartagena…

A ella, la verdad es que no le hizo mella apenas, pues la ilusión por su marido hacía ya algún tiempo que había desaparecido… La desatención de él, que en principio sí que le causó daño, con el pasar del tiempo se le fue haciendo más y más indiferente… Cuando su marido le planteó lo de dejarla, hacía ya más de un año que la relación íntima entre ellos no existía, y ella, más bien, se había habituado a prescindir de él

Así, que la separación en absoluto fue traumática; simplemente, “partieron peras”, vendiendo el piso que ambos compraran en Murcia, se repartieron las “perras” y cada uno por su lado…

Se nos hicieron más de las tres y media de la tarde y le pregunté si tenía que ir a comer a casa, diciéndome que no; le propuse entonces comer allí mismo, donde estábamos, de “tapas” de cocina, que ella me había dicho eran de “toma pan y moja”, y le pareció bien. Regamos las “tapas” con un buen tintorro de la tierra, de Jumilla, y de postre un café solo; como en mí es más inveterado que otra cosa, pedí un coñac con el café, y Carmeli me sorprendió, pues nunca la vi beber alcohol, pidiendo una copa de ponche; se lo dije y me respondió

Un día es un día… ¡Y no todos se reencuentra una con un viejo amigo!…
Se nos hicieron más las cinco que las cuatro y media y Carmeli, con franco gesto de disgusto me dijo

Lo malo de los ratos buenos es que se acaban… ¡La dura obligación me llama de nuevo!
Nos llama, Carmeli; nos llama… Que también yo debo volver a ella…
Quise pagar, pero ella se opuso a ello: Estaba en su tierra y yo era su invitado, cosa que repugnaba, y no poco, a mi sentido de la caballerosidad, ya para esas fechas, 1982, un tanto trasnochada tras la incipiente “Liberación Femenina”, que sin todavía llegar a las cotas que, para bien o para mal, ha llegado, se dejaba ya sentir, y no poco. Por finales y en aras del “consenso”, tan de hoy en día, adoptamos la salomónica decisión; o, como antes se decía, hicimos “la del gallego”, pagando la cuenta a medias, a pesar de mis quejosas protestas

Y llegó el momento que, sin saber bien por qué, me puso un nudo en la garganta, cuando, tras los mutuos y, hoy día, reglamentarios besitos en las mejillas, nos dimos también la mano, para despedirnos… Y, quizás, pensaba yo, para siempre jamás… ¿Amén? (Amén=Así sea)… ¡Dios no lo quisiera!… Le retuve un momento la mano entre las mías

Ha sido… Ha sido… ¡Maravilloso, volver a verte Carmeli!… Maravilloso de verdad…
Y ella, no retiraba su mano d entre las mías

También yo me he alegrado mucho de volver a verte… Sí; ha sido bonito… Sí, maravilloso, como bien dices…
El dichoso nudo apenas si me dejaba hablar… ¡Increíble, yo quedándome mudo…sin palabras!

¿Podré…podré…podrééé…voolveeer…aaa…veerteee?
Me daba miedo hablar; parecía un colegial cogido en falta, rojo como un tomate… Y, realmente, tartamudeaba casi más que hablaba. Pero ella, Carmeli, me sonreía dulcemente… No, no se reía de mi más que evidente azoramiento

Si tú lo quieres… Si me lo pides…
Quedamos, en ese mismo bar donde entonces estábamos para las 8,30-9 de la tarde-noche. Eran casi las cinco de la tarde cuando de nuevo me reintegré al trabajo; pero ya nada era igual que antes; mi ordenamiento de prioridades había sufrido un verdadero cataclismo. La tarde fue un desastre, sin dar pie con bola; se me escaparon las más gordas y a las seis y media apenas si aguantaba ya, pero es que a las siete no podía más. Le di por “ahí” al “curro”, y como si en ello me fuera la vida, corrí al teléfono público más próximo que encontré.

A mi pedido, ella me había dado tanto su teléfono particular, el de su casa, como el del instituto donde daba clases y a éste último llamé; por fin se puso ella y la dije que ya estaba libre; que a su entera disposición me tenía desde ya, respondiéndome que también ella acababa entonces las clases; que la esperara donde quedáramos, que en minutos estaría conmigo

Pasamos lo que quedaba de tarde… ¡Y yo qué sé cómo la pasamos!… Lo único que recuerdo es que estaba en la gloria, con ella a mi lado y yo, casi más tartamudo que otra cosa, más balbuciente que un crío, soltando “paridas” por mi boca a diestro y siniestro, sin parar, sin descanso… Y ella riéndose en mi cara… Pero estoy seguro de que no era de mí, sino conmigo, que es muy distinto… En un momento dado, me clavó la puntilla al decirme

Toñito, estás rejuvenecido… Muy, muy rejuvenecido… Tanto, que casi pareces un crío…
¡Rayos y truenos!… ¡Me estaba diciendo, en mi bonita cara, que parecía un crío!… ¡Dita sea la pena negra, que sin duda era la mía en lo concerniente a esa bella que me tenía más que sorbido el seso… Si es que de eso quedaba aún algo entre mis meninges, que empezaba a dudarlo

Y la muy puñetera, riéndose a todo reír, a mandíbula batiente, mientras yo me decía ”Trágame tierra”… Pero la tierra no me tragó, cuál era su obligación porque, ya se sabe, la tierra es la mar de suya y cuando a ella recurrimos, suele mandarnos, con las súplicas, al “Maestro Armero “… Aunque, eso sí, enrojecí hasta la punta de las orejas… Por fin cenamos, pero cenamos, dos platos, con postre y todo, en un verdadero restaurante cercano a la orilla del Segura, porque, ahora que me acuerdo mejor, estuvimos, parte del tiempo al menos, hasta que nos entró hambre y nos salimos de allí, en el Huerto de los Cipreses, podría decirse que dentro todavía del Jardín Botánico, del que era como una prolongación más o menos reciente

La dejé en su casa, no tan cercana a donde cenamos, por cierto, casi una hora larga de caminata que a mí se me fue en un suspiro, despidiéndonos con los formales besitos en las mejillas al llegar a su portal, tras ella abrir la puerta. Se separó de mí y desapareció tras la puerta que, por efecto del muelle interior, se fue cerrando detrás de ella

Eso, el vernos a diario, se repitió en los dos o tres días siguientes, en que acabé la capital; a partir de ahí, las estancias juntos se redujeron a la tarde del sábado y el domingo todo el día hasta acabar de trabajar el resto que de Murcia me quedaba por hacer, poca cosa, Cartagena más la parte de la Manga, Torre Pacheco, San Javier, Santiago de la Rivera y San Pedro del Pinatar, más la zona de Alicante que también hacía, desde la capital, hacia el sur, otras tres semanas más o menos, aunque al final resultaron cuatro fines de semana, cuatro tardes de sábado y cuatro domingos; en total, once días juntos, en los que yo estuve en las nubes

Y de nuevo nos separamos; pero, desde que nos reencontramos, la vida cambió por entero para mí; casi parecíamos novios, aunque nada de eso habláramos; aunque nada íntimo mediara entre nosotros… Excepto una cosa que hará sonreír al lector/a, por su casi infantilidad; que la primera tarde de sábado que pasamos juntos, en un momento dado, mientras pasábamos por los jardines de Floridablanca, me atreví a tomarla de la mano… Ella me miró, me sonrió, y, ¡oh milagro de milagros y portentos!, no me la retiró… No rechazó aquella caricia que más bien era una chiquillada… Una niñería, pero que para mí fue todo un mundo, recién descubierto

En fin, que yo la escribía noche sí, noche también, después de cumplimentar lo que de oficina tuviere pendiente, pedidos que pasar al formulario para enviarlos a la correspondiente casa representada, cartas, ya a las casas, ya a clientes… En fin, todo eso, intrínseco al trabajo, y ella me respondía casi en la misma medida. Le volvía a decir que la quería, que la adoraba, y ella seguía sin querérselo creer, riéndose de lo que le decía con cualquier salida de banco, cualquier cuchufleta… Pero en plan sano, que conste… Sin reírse, propiamente, de mí, sino de lo que le decía, en un juego casi erótico que tan bien dominaban las damiselas de bastante antaño

Así, habían ido pasando algo más de dos meses desde que saliera de su tierra murciana, pues era ya Julio apenas entrado, cuando me sorprendió con una propuesta la mar de peregrina: Que ese mes de Agosto no nos viéramos en Murcia, sino en el pueblo, yendo a recibir a la virgen patrona en los confines del pueblo y pasáramos ya allí hasta que acabaran la Feria del pueblo.

A mí mucha gracia, la verdad, no me hacía eso de volver por allá. Mi padre había muerto dos años atrás y mi madre estaba en Albacete, en la Residencia de la Seguridad Social donde mis padres estuvieron los últimos años, donde mi padre muriera, de manera que la ancestral casa familiar del pueblo era ya más de mi hermana que de nadie… Cierto que, indudablemente, yo allí seguía teniendo mi sitio, pero ya no era lo mismo que antaño fue… Por ejemplo, ya era más de mi cuñado que mía esa casa… Y mi hermana tenía, a esas alturas, familia larga, pues a su marido le había ya dado cuatro hijos y a mí los mismos sobrinos, algunos ya mayorcitos, como los dos mayores, Domingo y Mayte, dieciséis-diecisiete y catorce, más doce el siguiente, Gerardo, y unos diez el benjamín, Javier, por mal nombre el “Chiqui”… En fin, mucha gente allí para colarme yo de rondón, se mire como quiera mirarse

Pero ya se sabe, el hombre propone pero quién dispone es la mujer, de modo que Carmeli, toda melosa, eso sí, pero firme como una roca, erre que erre con que quería volver por allí, recordar viejos tiempos y tal, con lo que, qué narices iba a hacer yo, sino decir “amén” a su sacrosanta voluntad

Sería apenas entrado Agosto cuando ella me dijo que la correspondencia se la dirigiera ya al pueblo, no a Murcia, pues ya salía hacia allá. Por suerte, su tío, el confitero del pueblo de toda la vida, todavía vivía, aunque, lógico, ya jubilado, con lo que la confitería, que seguía en servicio, estaba ya regentada por otras personas.

Pues bien, digo que, al vivir todavía su tío, Carmeli fue a su casa a vivir mientras estuvo en el pueblo. Según mi hermana me dijera, ella, que nunca había sido especialmente amiga suya, se conocían, claro está, pero del simple saludo, el “Hola”, “Hola”, raramente habían pasado, pues entonces se esforzó por frecuentarla, y eso fue lo que en una carta mi hermana me decía: “¿Sabes que Carmeli ha vuelto por aquí?… Y, además, nos hemos hecho la mar de amigas ella y yo”… A mí aquello me hizo gracia, y hasta me intrigó bastante el hecho de que el amor de mis amores hubiera, de pronto, mostrado interés en intimar con mi hermana

Por fin, el 25 de Agosto, a eso de las tres de la madrugada, arribé por fin a ese pueblo tras veintidós años de estar ausente de él. Como era costumbre, la comida del mediodía del 28, día de la Virgen, no fue tal, sino una comilona que me río yo de las famosas y quijotescas “Bodas de Camacho”, pues tradicional es juntarnos un montón de primos por parte de mi familia paterna, en mi casa, o ya, más propiamente, de mi hermana. La comida empezaba por unos gazpachos manchegos(2), hechos en casa, por mi hermana, con la ayuda de más de una y más de dos primas, que están para chuparse los dedos, para proseguir con un pisto manchego, elaboración de mi primo Juan, hijo de una hermana de mi padre y que vive en Valdepeñas, no en el pueblo, una olla de no sé cuántos litros repleta de pisto(3), amén de cuanto traen las demás primas, de sangre o “putativas”, como se decía una prima mía, Pili, la mujer de uno de mis primos, Pepe, al que siempre decíamos “El de Francia”, por haber emigrado a tal país de muy joven, por no decir de crío, ya que lo hizo a los dieciséis, arriba, abajo, cruzando de “extranjis” la frontera hacia mediados de los cuarenta, pues me llevaba diez-doce años lo menos. En fin, un festín en verdad pantagruélico

Por la mañana, nada más levantarme y mientras desayunaba en la cocina mientras ella hacía no sé qué, le rogué a mi hermana que invitara a Carmeli a comer al día siguiente, el de la Virgen, con nosotros; me miró un momento, extrañada, hasta que, sonriendo burlona, me soltó

No estarás volviendo a las andadas con ella…
Yo, más colorado que el ya más que manido tomate, no respondí nada al respecto. Por finales sí que estuvo comiendo con nosotros, trayendo una especialidad murciana, unos “paparajotes”, dulce de repostería huertana, que normalmente se hace empapando bien una hija de limonero en la masa y así, bien cubierta de masa adherida por ambas caras, se mete la hoja en la sartén hasta que la masa está dorada; pero, como es lógico, allí las hojas de limonero brillan por su ausencia, por lo que se limitó a hacer la masa, freírla en trocitos pequeños, alargados, y, finalmente, espolvoreados con azúcar y canela.

Lograr que viniera con nosotros fue de todo menos fácil, pero, finalmente, logramos convencerla; parte importante en el empeño tuvo mi prima Raquel, una casamentera de tomo y lomo, que tenía más que olido el “pastel”, y qué no haría ella por su primico “Atoito mono, Atoito rico”, como de críos me decía…

A eso de las siete de la tarde, después de que no pocos comensales, yo entre ellos, durmieran siesta, ya en las camas de casa, ya en sofás o, los aborígenes con casa propia en el pueblo, en sus casas, salimos todos a la calle para bajar, calle Mayor abajo, rumbo al camino de la Virgen, al final mismo de la calle Mayor, de donde salía o rendía, según se mirara. Por cierto, que a la altura de la casa del tío de Carmeli, ella se nos unió, aunque emparejándose abiertamente conmigo… Eso sí, sin tocarnos ni un pelo de la ropa; simplemente, caminando los dos juntos pero…“manitas quietas, que luego van al pan”

Ese día fue el primero que, tras un montón de años, volví a vibrar con la entrada de la Virgen a su pueblo… La Virgen que “Hace siete siglos vino a nuestra tierra para ser de ella, y de su contorno, amparo, conduelo, refugio y solaz. Maravilla que el hombre pregona; orgullo y blasón de esta noble ciudad”, cual reza su himno… Volví a casi llorar con la “carrera”, cuando, tras entrar en la calle Mayor desde su camino, al final de la misma, la Santa Madre “ve”, por primera vez desde el pasado año, a su Santísimo Hijo en la cruz, el Santo Cristo de los Ángeles, el segundo emblema religioso del pueblo, porque el primerísimo, sin duda, es la Virgen(4)

Pasaron los días desde ese 26 de Agosto hasta el 4 de Septiembre, día en que la “novena” a la Virgen finaliza en una misa solemne, por la mañana, y empiezan las Fiestas anuales, la Feria del lugar. Carmeli asistió todos y cada uno de los días al vespertino rezo de la novena en la iglesia de la Trinidad, pero yo más bien no; soy católico casi a machamartillo, dentro de lo que cabe, claro, pues soy casi alérgico a entrar en una iglesia y, desde luego, de fanático nada tengo y me sé más que bien los muchísimos desaguisados que la Santa, Católica y Apostólica Iglesia ha cometido a lo largo de la Historia, de los que, tal vez, lo de la Inquisición no sea lo más grave, sino lo del “mantenello y no enmendallo”, crasa muestra de soberbia y más que escasa humildad

Bien, pues a lo que iba; comenzaron, como digo, las Fiestas, y con ellas los nocturnos bailes con orquestina en la “pista” del casino… La misma donde veintidós años antes tan rotundas “calabazas” me arreara… La misma donde, como entonces, volvíamos a bailar los dos cada noche… Sólo que un tanto más “agarraditos” que “In Illo Témpore”, pero mucho cuidado, sin pasarme un pelo, pues las chavalas de antes, y Carmeli diría que todavía era más de aquél entonces que del actual tiempo, a veces tenían la mano más larga que un día sin pan, y tampoco era plan de arriesgarme a que el alma de mis entretelas me soltara un “sopapo” de los de a kilo

Así llegó una noche, la del día 6 exactamente, en la que vaya usted a saber por qué, pues nos “arrimamos” pelín más que otras veces; y como lo unos lleva a lo otro, mi boquita volvió a constituirse en buzón de correos, pues me lie a “largar” como un descosido, con lo de “Te quiero; te sigo queriendo, y no como antes, sino más… Mucho, muchísimo más”… O lo de “Amor mío… Vida mía… Cielo mío”… vamos, un montón de chorradas cortadas por el mismo patrón…

Mas, cosa de la mar de enjundiosa… No se me rió… Ni me protestó con lo de “estás más loco que una chiva”… Ni muchísimo menos… Simplemente, como quien no quiere la cosa, le echó ambos brazos al cuello y se me apretó lo que no está en los escritos… Y yo, pues qué podía hacer más que estrechármela más si cabe y emprenderla a besos en su cuello, allá, detrás de la orejita, casi al momento sustituidos por cariñosos lametones donde antes la besaba, extendidos a la adyacente orejita cuyo lóbulo acabé mordisqueando levemente, pero sin pausa ni tregua

Abandoné el homenaje rendido a su cuello, a su divina orejita, para pasar a querer mirarme en sus límpidos ojos oscuros, profundos, bellos, como lo era todo en ella… Para mí, al menos… Mi mano izquierda soltó su derecha y mi diestra dejó de apretar hacia mí su espalda, para las dos, al unísono, subir en busca de su rostro. Ella, infalible, adivinó lo que quería hacer, y sus labios se tornaron trémulos mientras su cuerpo empezó a temblequear, cual hoja tremolante al viento.

Mis manos tomaron entre ellas el rostro de la mujer, alzándolo hacia mí, adecuando sus labios a la caricia de los míos que al momento irían en busca de los suyos… Lo tremulante de sus labios se acentuó visiblemente, mientras su cuerpo temblaba más y más y las palpitaciones de su corazón se empezaban a desbocar… Cerró los ojos, pero entreabrió los labios, en muda sumisión a lo que yo deseaba… A lo que ella también anhelaba… Tanto o más incluso que yo…

Y, por fin, nuestros labios se juntaron… Levemente… Suavemente… Amorosamente… En un rapto de amor, de cariño inmenso… Pero, enteramente huero de morbo; de insanos deseos… Allí, en ese o esos besos, esa o esas caricias no había más que amor; amor sublime entre ese hombre que yo era y la mujer que Carmeli también era… Cariño pleno, total… Pero todo se andaría, porque el amor sin su expresión sexual es como jardín sin flores… Tierra, más bien, baldía

Así, a Carmeli le faltó tiempo para entrar en acción, buscando lo que en esos momentos más deseaba… Sus manos, desde que yo abandonara su derecha, parecían yernas… Inútiles… La derecha, colgando semi muerta, la izquierda agarrada todavía a mi hombro diestro, pero sin nada que hacer. Hasta que las dos encontraron objetivo común en que emplearse cuando, a la par, subieron hacia arriba, haciendo que los brazos buscaran mi cuello para rodearle… Para abrazarse a él, firme… casi fieramente…

Su cuerpo se apretó contra el mío como lapa a la roca que la sustenta, estrellando sus senos contra mi pecho, como si quisiera fundirse a mí en un solo ser, en tanto su pubis se pegaba al mío con ansioso anhelo de que también nuestros sexos se hicieran uno solo… Entonces, como por arte de magia, mis manos se independizaron de mí mismo, cobrando vida propia… Voluntad propia cuando, sin que, prácticamente, mi cerebro dispusiera nada, se dirigieron una a in seno de Carmeli, abarcándoselo de una sola vez, estrujándoselo un poquitín, aunque más delicadamente que otra cosa… Acariciándolo, al tiempo que el dedo pulgar intentaba buscar y acariciar el pezón a través del vestido…del sujetador…

La otra mano, por su parte, había bajado en querencia del delicioso culito… O culazo, según se mire, de la mujer… Sabroso, ofreciendo carne que acariciar a la amorosa mano del hombre, pero vacuo de antiestético esplendor… Más duro que flojindango, más alto que caído…

Carmeli, por unos segundos, aceptó aquellas caricias que, seamos fieles a la verdad, la estaban electrizando como hacía casi siglos que así no se sentía… Como hasta pudiera ser la primera vez que tan feliz y dichosa se sentía, con tan solo unas más bien sucintas caricias, pues todavía la sensibilidad de su piel, cada vez más y más en toda su intensa capacidad sensitiva… Pero enseguida se rehízo y, aunque con suavidad, sin violencia, me apartó de ella

No Antonio; eso no… Todavía no… Luego… Cuando, ante Dios, sea tu mujer…
Si me acabaran de echar un cubo de agua helada encima, más perplejo no me quedo

Pero, por Dios, Carmeli… ¿A qué viene esto ahora?… ¿Te has olvidado de que la Iglesia no admite el divorcio?… ¿Qué, para la Iglesia, sigues casada con aquél gilipollas que te casaste?… ¿Qué, por la Iglesia, no podremos casarnos nunca?… ¿A qué juegas?…mecachis en la mar…
Cariño, sabes mucho de Historia… más de una lección, y más de dos podrías darme en la materia, a pesar de mi Magisterio, a pesar de mi título de Profesora de Instituto… De profesora de Bachillerato… Pero tienes poca memoria… O poca perspicacia… A veces, Toñito de mi alma, se te escapan las más gordas… Vamos a ver… ¿Es que no recuerdas lo que era el “Matrimonio Clandestino”?
Claro que lo recordaba… Antiguamente, allá por entre el Alto y Bajo Medievo, siglos XI al XIII… Y hasta, incluso, inicios del XVI, cuando en Trento la Iglesia se “cuadra” más que en serio, erradicándose la costumbre. Era cuando un hombre y una mujer querían casarse, pero públicamente no podían hacerlo por, por ejemplo, ser primos, unión, entonces, incestuosa… O él ser clérigo sometido al celibato… Entonces, la pareja acudía a una iglesia, se postraba ante el altar y, ante Dios, como Sumo Sacerdote, se intercambiaban los votos matrimoniales. Luego, tranquilamente, se iban al “catre” a consumar su amor, y a la paz de Dios, hermano, pues hasta la Iglesia daba válida la unión ante Dios, al haber recurrido a Él, directamente, la pareja(5)

Carmeli continuó

Pero Dios está en todas partes, no sólo en las iglesias… Está aquí, entre nosotros, ahora mismo… Y en la calle… Y en las casas; hasta en la de mis tíos… Y en las habitaciones de las casas… Hasta en las de la casa de mis tíos… Hasta en la habitación donde allí duermo yo… Y hasta en la misma cama donde duermo… Que, por cierto, no es muy ancha, pero, seguro que los dos cabríamos estupendamente…
Y aquí, ya sí que yo me quedé a cuadros… Si no me equivocaba, ella se me estaba ofreciendo con toda claridad, invitándome a pasar la noche con ella… ¡En su mismísima cama!… ¡Dios, Dios, Dios!… No podía creerlo… No podía ser cierto todo eso…

¿Me estás diciendo que?…
Sí; eso mismo; lo que estás pensando…
Y… Y… ¿Qué narices hacemos todavía tú y yo aquí?
Carmeli se echó a reír a mandíbula batiente

Vaya rico… Empezaba a pensar que nunca captarías idea tan sencilla… Que me iba a tener que lanzar sobre ti para que lo entendieras de una vez
Siguió riendo alegre, pero me agarró de una mano y empezó a tirar de mí, para que saliéramos de la “pista”; cruzamos, corriendo los dos, la plaza Mayor y la emprendimos, sin dejar de correr, calle mayor abajo… Riendo los dos, más alegres que “chupillas”, unas veces ella delante, tirando de mí; otras, yo delante, tirando de ella… Otras nos parábamos para besarnos… Para comernos las boquitas más que nada, en morreos de impresión…

Llegamos a la puerta de la casa de sus tíos y Carmeli me impuso moderación, silencio, para que “los viejos” no se despertaran y armaran la de Dios al ver cómo nos metíamos juntos en su cuarto… Sin casarnos, claro…En fin, mañana, con todo ya “consumado”, Dios diría, pero esa noche no, por favor… A mí me hizo gracia los de “los viejos”, pero, realmente, lo eran…

De manera que, la mar de modositos, entramos en la casa y corrimos a la habitación donde ella dormía… No había acabado de cerrar la puerta tras de nosotros, cuando empezó a desnudarse, mandando la ropa a hacer gárgaras, regándola por todo el santo suelo y urgiéndome a mí para que hiciera lo propio que ella…

Desde aquella noche han pasado ya treinta años y casi uno más… Y también desde entonces, a intervalos de diez meses más bien escasos el primero y entre once y trece los otros dos, fueron llegando los tres frutos que nuestro amor nos ha dado, pues yo, en absoluto aborrezco a los niños, sino que los considero una bendición y Carmeli pues no digamos… Fueron niño-niña-niño, un Antonio P… IIIº, Una Carmeli IIª y un Manolo que es un verdadero golfo… En el buen sentido, de que tiene una “labia” y un “aquél” para las “nenas” de padre y muy señor mío

Ahora, y desde hace ya diez años, Carmeli y yo volvemos a estar solos, pues los pajarillos fueron volando del nido según alcanzaban los dieciocho-diecinueve años; es decir, que otra vez yo viviendo para ella y ella para mí… Como cuando empezamos… Y, como al principio, seguimos amándonos día sí, día casi que también… Noche sí, noche, a veces, que también… Y es que Carmeli me sigue poniendo a mil tan pronto la siento cerca… Tan pronto nos rozamos… Y cuando nos metemos en la cama, la repera ya…

Y hasta aquí mi historia con Carmeli… O, tal vez, lo que pudo haber sido; lo bellísimo que pudo haber sido todo…. Pero que nunca fue… ¿Para bien?… ¿Para mal?… ¡Pues, cualquiera sabe!…

F I N D E L R E L A T O

NOTAS AL TEXTO

Creo que no estaría mal reproducir el poema completo, pues, la verdad, es divino… ¡De Federico, ahí es nada!
Y yo me la llevé al río

creyendo que era mozuela,

pero tenía marío.

Fue la noche de Santiago

y casi por compromiso.

Se apagaron los faroles

y se encendieron los grillos.

En las últimas esquinas

toqué sus pechos dormidos,

y se me abrieron de pronto

como ramos de jacintos.

El almidón de su enagua

me sonaba en el oído,

como una pieza de seda

rasgada por diez cuchillos.

Sin luz de plata en sus copas

los árboles han crecido

y un horizonte de perros

ladra muy lejos del río.

Pasadas las zarzamoras,

los juncos y los espinos,

bajo su mata de pelo

hice un hoyo sobre el limo.

Yo me quité la corbata.

Ella se quitó el vestido.

Yo el cinturón con revólver.

Ella sus cuatro corpiños.

Ni nardos ni caracolas

tienen el cutis tan fino,

ni los cristales con luna

relumbran con ese brillo.

Sus muslos se me escapaban

como peces asustados,

la mitad llenos de lumbre,

la mitad llenos de frío.

Aquella noche corrí

el mejor de los caminos,

montado en potra de nácar

sin bridas y sin estribos.

No quiero decir, por hombre,

las cosas que ella me dijo.

La luz del entendimiento

me hace ser muy comedido.

Sucia de besos y arena

yo me la llevé del río.

Con el aire se batían

las espadas de los lirios.

Me porté como quién soy.

Como un gitano legítimo.

La regalé un costurero

grande, de raso pajizo,

y no quise enamorarme

porque teniendo marío

me dijo que era mozuela

cuando la llevaba al río.

2.- El único parecido con el andaluz, el nombre, pues el manchego es, en palabras de un andaluz, viajante con el que coincidí, junto con otros compañeros de Albacete, una vez en una más posada que pensión de Hellín, y el “patrón”, a petición nuestra, de las “manchegos”, nos hizo unos gazpachos para comer; el pobre andaluz iba alicaído toda la mañana, ante la perspectiva de un gazpacho de su tierra por toda comida, pero cuando acabamos de comer decía: “Ezto no é un gazpasho; ezto é una “jartá” e comé”… La materia prima básica de este “gazpacho” es pan ácimo, sin levadura, tortas muy finas que llamamos “de pastor”, por ser el pan que, antiguamente, hacían los pastores de la tierra en hornos artesanales, hechos con piedras. Esta “torta” se desmenuz a, vertiéndola en un caldo resultante de sofreír ajo, tomate, pimiento verde, caza, perdiz más conejo de monte, aunque puede sustituirse con pollo y trozos de jamón serrano; hecho el refrito se le añaden uno o más codillos de jamón, y se vierte agua, según lo grandes que se quieran los gazpachos, una “jartá”, mayormente. Se cuece hasta que el caldo empieza a reducir y se le vierte entonces la torta de pastor; se deja cocer todo hasta que la torta esté más que tierna y a comer. Lo típico, es poner la sartén o utensilio donde los gazpachos se hayan hecho, en el suelo y el centro del corro que los comensales hacen a su alrededor, los cuales se van sirviendo, pero siempre dentro de su propio “rodal, es decir, la superficie más próxima a su sitio, y usando como plato un buen trozo de torta… Pero en casa éramos más civilizados, sentaditos todos en dos, a veces hasta tres mesas, chiquillos aparte, pues llegamos a juntarnos hasta más de cincuenta primitos-primitas, con sus respectivas “medias naranjas”, niños etc., y cada uno con su platito correspondiente… “Reenganches”, a discreción, según existencias…

3.- Tomate y pimiento verde, en trozos, a partes iguales; ajo sal y un pellizco de azúcar para quitar la acidez al tomate, todo ello frito a fuego lento en aceite de oliva hasta macerarse por completo el tomate… Y pare usted de contar; esos añadidos, calabacín y demás, sobran al pisto manchego y lo único que hacen es desvirtuar el sabor del tomate y el pimiento

4.- A la Virgen, al ser llevada al pueblo, se le dan tres “carreras”; la primera, en plena carretera, cuando por vez primera se vislumbra el pueblo a lo lejos; la segunda, nada más entrar en la calle Mayor desde el Camino de la Virgen, por el que la suben desde el pie del montículo que asienta la población hasta su cima y por ende, el pueblo en sí; allí la espera el segundo icono religioso del lugar, el Santo Cristo de los Ángeles, crucificado, a cuya vista se produce esta segunda “carrera”. Y la tercera es ya en la iglesia parroquial por excelencia, la de la Santísima Trinidad, templo gótico del siglo XIII, de soberbia factura, al entrar la Virgen en la iglesia. Las “carreras son tal cosa en sí misma, pues los porteadores de las andas echan, literalmente, a correr, con la Virgen en volandas, tambaleándose en su altar y hornacina de acá para allá, dando tumbos a “tutiplén” haciendo sonar a todo trapo las campanillas que rodean la cúpula de la hornacina; pero es que cuando la Virgen llega al lugar a que debe llegar, los porteadores vuelven a echar a correr, ahora hacia atrás, para volver a repetir la “jugada” por segunda vez, siguiendo a paso normal, en procesión, una vez esta repetición de la carrera ha acabado. Las “carreras”, simbolizan el júbilo de la Virgen; primero, al ver a “su” pueblo; segundo, al ver a su Santo Hijo, esperándola a la entrada del pueblo, podría decirse; y en tercer lugar, al entrar en su iglesia. Cuando la Madre y el Hijo se encuentran, hay otro detalle muy, muy cordial, y es que se “besan”, al volver a reunirse, por fin, tras de un año de separación. Al efecto, los porteadores de ambas imágenes, las inclinan, hasta que los dos rostros se juntan… La verdad, es algo sumamente emotivo para cuantos tenemos mucho que ver con ese pueblo que, realmente, es ciudad, “La muy noble y muy leal Ciudad de…, cabeza de Extremadura y llave de toda España”, reza en su lema, recuerdo de cuando la localidad era tierra de frontera entre moros y cristianos, por su muy estratégica situación, paso obligado entre el Al-Ándalus musulmán y las cristianas mesetas castellanas… El autor, Hanibal, se proclama profundamente cristiano y católico, aunque más cristiano que católico, y a buen entendedor pocas palabras bastan, pero en absoluto fanático, frecuentando la iglesia, sacramentos y demás, muy de tarde en tarde; pero sus maternas raíces están allí, y estos actos le son más que entrañables; cuando los veía, hace casi cuente años que falto de allí, se me ponía un nudo en la garganta de mucho cuidado. Hace unos minutos, a fin de refrescar la memoria, he visto unos videos de la entrada de la Virgen, las “carreras”, el “beso” Madre e Hijo… Y ese nudo se me ha vuelto a poner de corbata… ¡Qué queréis, soy así; sensible a las emociones!… De palo, pragmático, francamente no, sino visceral; muy, muy sentimental; muy, muy vehemente… ¡Qué le voy a hacer si soy así!…

5.- Esta práctica tenía raíces muy antiguas, de los primeros tiempos del cristianismo, ya que en un principio el matrimonio no estaba ritualizado entre los primeros cristianos. Se remitían a lo expresado en el Génesis, invocado por Jesús en los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, “Abandonará el hombre a su padre y a su madre para ir con su mujer, y se unirán los dos en una sola carne… Lo que Dios ha unido, no lo separa el hombre”. Efectivamente, las citas Evangélicas, la palabra de Dios, no hablan de ceremonias previas, ni de sacerdotes, sólo ese “Y se unirán los dos en una sola carne”, para, casi de inmediato, añadir “Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”… Lo esencial, pues, en los Evangelios, es la “unión en una sola carne”… Pero es que esos primeros cristianos eran, realmente, muy pocos, y con una fe en Cristo-Jesús muy poco común; hasta llegaban a arrostrar la propia muerte antes que ser infieles a Cristo… Pero luego, eso no pudo ya mantenerse; la Cristiandad proliferó y la fe, lógico, se resintió, con lo que se hizo necesario encorsetar a la ya ingente comunidad cristiana con leyes, rituales, normas… Es lo que sucede en sociedades numerosas, que la convivencia hay que reglamentarla con leyes y ritos… Este fenómeno es tan antiguo como la Civilización misma, de modo que desde siempre existen las leyes y los ritos

6.- Onirismo, según Wikipedia, es: El onirismo ( griego “sueño” y “doctrina”) es una actividad mental que se manifiesta en un síndrome de confusión que está especialmente caracterizado por alucinaciones que pueden indicar una disociación parcial o completa con la consciencia o la realidad. Y ante esto me digo. ¿No estaré un tanto mal de la chaveta?… Y concluyo en que sí; debo estarlo, por todavía creer en el amor romántico y duradero, en la absoluta fidelidad a la pareja…En todo eso que permite que la pareja envejezca junta, hasta la muerte… Por todavía creer en aquello de que “Too er mundo é gueno”… Por creer aún en la bondad humana, en el sentido del HONOR, que hace mantener la palabra dadapese a quien pese… En el sentido del deber… De lo que debe hacerse y lo que no, por mucho que nos apetezca hacerlo… Por todavía creer en la CABALLEROSIDAD del hombre… En el repeto a todo el mundo… Rn que las personas sólo valen lo que tienen o lo que se les puedaa sacar… Desde luego, no es que deba estar un tanto mal de la chaveta, sino que estoy para que me encierren en un frenopátoco, más bien….

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Titulo: Carmeli

Publicado hace 7 months

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