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Amiga mía

“Como otra piel

como otro sabor.

Como otros abrazos,

otro olor.

No habrá otros latidos,

no habrá otro orgasmos,

no habrá otras promesas,

ni otro calor.”

-¡Mierda!- Grité cuando Ana me penetraba de golpe con los dedos. Traté de moverme, pero me tenía sujeta firme por la cintura.

-Quédate quieta.- Susurró. Su tibio aliento rozó mi nuca. Comenzó a mover los dedos de dentro hacia fuera.

Poco a poco fui cediendo a sus embestidas, dejándome llevar. Ana me mordió el lóbulo de la oreja con fuerza haciéndome daño. Chillé nuevamente y ella me besó con dulzura el hombro. Comenzamos a mecernos a la par con sus penetraciones, adelante, hacia tras. Cuando su pulgar entró al juego, mis brazos cedieron y logré apoyarme en los codos antes de caer de bruces sobre la cama. Aquello facilitó la intromisión de Ana en mi interior, que apoyó todo su peso en mi espalda y me agarró un seno, comenzando a juguetear con él, tirándolo del pezón y retorciéndolo con sus dedos.

Gemí nuevamente, me encantaba hacerlo en esta posición. Al cabo de un momento, Ana se irguió detrás de mí y me tomó por el culo, haciendo que levantara la cola hacia ella. Separó mis piernas, me abrió las nalgas e introdujo su lengua en mi vagina, desde atrás. Sujeté con fuerza las sábanas al sentir como la lengua de Ana recorría mi entrada y pasaba por el periné. Succionaba como diosa la maldita. Instintivamente fui moviendo mis caderas hacia tras, buscando mayor placer. Cuando sentí que llegaba el orgasmo, me las arreglé para sostenerme sobre un brazo, y con la mano libre busqué mi entrepierna y comencé a masturbarme, acariciando el clítoris.

Ana abrió un poco más mis nalgas y sentí su nariz en mi intimidad. Su lengua esbozó remolinos y yo cedí al inminente orgasmo. Me dejé caer hacia delante, partida en dos.

Ana fue cubriendo lentamente a besos mi columna hasta llegar a mi nuca, donde se detuvo y se dejó caer a mi lado.

-¿Puedo prender la luz? No veo nada.

Suspiré. No me gustaba tener sexo con la luz encendida.

-¿Para qué? Yo te veo muy bien.- Insinué, ladeando mi cabeza para besarla.

Cuando salimos de la habitación, me encontré con Marian estirada en el sillón, viendo televisión. Al ver que salía con Ana, frunció el ceño, yo le sonreí disculpándome. Despedí a mi compañera y cerré la puerta, dejando escapar una gran bocanada de aire.

-Pensé que habían terminado.- Me acusó en cuanto oyó que Ana se había dio.

Me encogí de hombros, dándole la espalda mientras me dirigía a la cocina.

-Sabes que te hace mal…- Comentó distraída cambiando de canal.

-Fue sólo sexo, nada más.- Me defendí. Meneó la cabeza, reprochándome.

-Esa tipa sólo viene a follarte y tú dejas que lo haga. Deberías de escarmentar, no es primera vez que te hiere.

-¿Y tú?- Me volteé para encararla-. ¿Qué hay de Diego?

-¿Qué hay con Diego?- Contestó sin mirarme, observando la TV.

-¿Cuántas veces a aparecido luego de que terminaron?

-No es lo mismo.- Respondió encogiéndose de hombros.

-¿Por qué no es lo mismo? ¿Por qué ustedes son hetero acaso?- Solté sulfurada. Siempre su tono de sabiduría me sacaba de quicio, más aún porque ambas sabíamos cuál de las dos era la que la cagaba siempre.

Fijó su mirada almendrada en mí.

-No. Porque cuando yo me follo a Diego, yo ya sé quién ha sido el utilizado, cosa que tú no tienes clara.

Suspiré. Tenía razón. Me senté a su lado con un tazón de sopa caliente, de seguro Marian lo había preparado.

-No quiero ser chaperona Naty, pero no quiero tener que recoger tus pedazos cuando Ana te dé el verdadero corte, creo que ambas tuvimos suficiente con Lola, ¿No?

Volví a suspirar, Lola, la mujer de la que me había enamorado. Me demoré tiempo en pronunciar su nombre sin despecho.

Sonreí.

-Seeee, tienes razón.- Dije con resignada paciencia.

Se rió y me besó en la mejilla con cariño.

Marian, mi amiga machorra. Ambas nos habíamos conocido en la universidad. En cuanto la conocí me gustó. Era desgarbada y taciturna, apartada del resto. Morena de cabello largo, ondulado, ojos almendrados, oscuros y serios. Siempre llamaba la atención en los hombres, pero ella nunca les prestaba atención, eso me hizo pensar que tenía posibilidades con ella. Nos conocimos ya que coincidimos en la misma clase de literatura. Yo no hablaba con nadie, porque soy tímida y un tanto vergonzosa, ella porque simplemente no le interesaba hablar con el resto. Tiempo después nos hicimos amigas y al cabo de un año decidimos vivir juntas. La universidad nos obligaba a emigrar de nuestra casas producto de la distancia, así que en vez de arrendar piezas como lo hacíamos hasta ese entonces, nos unimos.

Albergué la esperanza de tener algo con ella cuando nos mudamos, pero todo funó cuando vi que un tipo salía de su habitación el primer fin de semana, y al otro, otro tipo, y así sucesivamente. Creí que me afectaría, sin embargo pronto me di cuenta de que su amistad me importaba más que lo amoroso, por lo que lo superé en menos de dos días. Marian no sabía que yo era lesbiana, pero cuando conocí a Lola, quise llevarla a nuestro departamento, por lo que tuve que “revelarle” mi condición. Marian sólo me observaba mientras yo me revolvía en explicaciones para contárselo. “¿Eres lesbiana?” Preguntó, yendo al grano. Asentí con la cabeza. “Lo sospechaba”, dijo pensativa, “¿Por qué no lo dijiste antes?”

Y así han pasado tres años desde entonces. Yo he tenido dos relaciones serias, más la de Ana, que ahora ya estaba en un punto de lenta agonía y Marian… Marian sólo ha tenido una pareja estable, las demás han sido “compañeros sexuales” como los define ella.

A pesar de que mantenemos una amistad consumada, nunca he sabido mucho de ella, es decir de su familia. Sé que es hija única y que sus padres gozan de una buena condición económica, cosa que no necesita, ya que se ganó una beca completa para estudiar y trabaja, pero más allá de eso, nada. Siempre se ha mantenido reticente en ese aspecto, es como si para mí no existieran secretos desde que la conocí, pero de ahí hacia atrás, nada. Por mi parte, ella lo sabe todo, excepto que me moría por ella antes de ser amigas, eso me lo llevo a la tumba. Sabe que mi madre murió de cáncer cuando yo tenía trece, sabe que soy la tercera y única mujer de cinco hermanos y la tía de cuatro sobrinos, y que todos viven junto a mi papá, que tuvo que agrandar la casa para que todos cupieran en ella. Después de la muerte de mamá, mi padre ha llenado su soledad rodeándose de toda su prole.

Justo ahora venía la veintiúnica semana de vacaciones. Era la última semana de diciembre y a los inútiles de la universidad se les había ocurrido llenarnos de trabajo y exámenes.

-¿Conoces a Toto?- Preguntó Marian mientras caminábamos en busca de asientos desocupados en el casino.

-¿El de historia?

-Sí, me dijo que su papá se tenía que trasladar fuera del país por trabajo y que él se mudaría a su casa.

-¿Y?- Pregunté sentándome.

-Y que él pondrá en arriendo su piso. Dijo que nos cobraría menos por ser conocidas.- Alzó las cejas socarronamente.

-¿Y dónde vive Toto?

-Vive en los condominios que están cerca del centro comercial.

Mis ojos se desorbitaron.

-¿Esos condominios?- Dije incrédula. Esos deptos eran los más exclusivos de la ciudad, para personas como nosotras eran inalcanzables.

-¡Oh sí, nena!- Respondió, haciendo que riera.- Y nos cobrará la mitad de lo que nos cobra nuestro actual casero, ¿Qué tal?

-¿Dónde firmo?- Expresé entusiasmada. Marian rió.

Pronto nuestro grupo de amigos nos hizo compañía y así la ventana que teníamos entre clase y clase se hizo más amena. Al reírme de un chiste de Roberto, miré sin querer a la mesa que estaba delante de nosotros y noté la mirada de Mario (compañero de clases, con el cual nunca he cruzado palabra) que se comía con los ojos a Marian.

-Oye- Le palmeé el brazo a mi amiga-. ¿Has visto cómo te mira Mario?

Marian miró buscando al tipo. Cuando sus miradas se cruzaron, ella le dedicó una media sonrisa y asintió en forma de saludo.

-Me ha pedido rollo.- Dijo.

-¿Qué le dijiste?

Encogió de hombros.

-Lo estoy pensando.

Era veintidós de diciembre y Marian había cerrado trato con Toto para que pudiéramos mudarnos. Las últimas pruebas habían finalizado y ahora nos ocupábamos de embalar todos para poder trasladarnos antes de que las clases volvieran a comenzar. Mi papá me invitó a pasar navidad y año nuevo con él, le dije que sólo podía pasar con él del veinticuatro al veintiséis, ya que nos traíamos una mudanza entre medio. Me sugirió que trajera a Marian conmigo, quería conocer a mi amiga. Seguro… lo que en verdad quería, era saber si éramos algo más. Mi viejo siempre había aceptado mi homosexualidad, pero aún mantenía la esperanza de que se me “pasase”.

Le comenté la idea a Marian, y tras varios minutos de insistencia, aceptó a regañadientes.

Cómo estábamos contra el tiempo, tratábamos de guardar lo más rápido posible, adelantando pega para cuando volviéramos. En eso estaba cuando el teléfono comenzó a sonar.

-¡Fono!- Gritó Marian. Puse los ojos en blanco, ella nunca los contestaba.

-¿Aló?

-Hola, ¿se encontrará Marian?- preguntó una voz sedosa, de fémina.

-Eh… ¿De parte de quién?- Inquirí frunciendo el ceño. ¿Una mujer llamando a Marian? Y sin quererlo, el estómago se me contrajo.

-De Claudia.- Contestó escueta.

Tapé la parte inferior del aparato.

-¡Marian!- Grité-. ¡Es para ti, una tal Claudia!- Destapé el auricular y le dije a la chica-: Ya viene.

-Gracias.- Respondió.

Marian apareció con paso enérgico, semblante serio y el ceño fruncido profundamente. Me arrebató el teléfono de las manos con agresividad.

-¿Qué?- Espetó a la mujer del teléfono.

Abrí los ojos y la regañé sin articular palabra. ¿Por qué se comportaba así? Entornó los ojos y me dio la espalda.

-No, no puedo ir.- Contestó-. Estaré en otro lugar ese día.- Se mantuvo en silencio, escuchando.- Estaré en casa de una amiga.- Se excusó. De pronto miró al cielo, como si no soportara a la persona con la que hablaba-. Está bien- Suspiró-. Ahí nos vemos-. Dijo con impaciencia y colgó sin despedirse.

-¿Quién era?- Pregunté disimulando la repentina aprensión de mi voz.

-Mi madre.

¿Su madre?

-¿Por qué le hablaste así?

Movió la cabeza como si quisiera deshacerse de algunos pensamientos.

-Este año va a celebrar no sé cuantos años de aniversario con mi papá, y quiere que asista a la fiesta.

-Bien.- Digo con alivio-. ¿Cuándo es?

-El veinticuatro.- Respondió.

-Ah.- Mi entusiasmo desapareció-. Se supone que me acompañarás a mi casa.

-Y lo haré, es una simple cena Naty, podemos pasar allí y luego volver a tu casa, no queda muy lejos…creo. Además, me sentaría bien ir contigo y no sola.

-¿Por qué?

-Da igual.- Evade-. ¿Te ayudo?- Apunta a la loza que estoy guardando. Asiento y me pregunto vagamente por qué no se lleva bien con su madre. De pronto vuelve a sonar el teléfono y ambas hacemos un gruñido de exasperación al unísono, nos quedamos mirando y nos reímos.

-Contesta tú.- Le digo.

-¿Sí?- Dice Marian con excesiva dulzura, que me hace volver a reír. Alguien le contesta al otro lado y su rostro se endurece. Me tiende el teléfono.

-Ana.- Informa escueta.

¿Ana? Hace más de dos semana que no me ha llamado.

-¡Hola!- Le saludo. Se oye melancólica. Debe de tener otro problema, sólo llama cuando tiene problemas… y cuando quiere sexo, o ambas. Oigo diligentemente su diatriba, y cuando se confiesa del todo, pregunta si podemos quedar. Yo miro nerviosa a Marian que sigue guardando nuestra loza.

-No, no puedo.- Digo en voz baja. Marian se vuelve.- No, de verdad no puedo.- Repito ante sus insistencia. Marian se acerca y alarga su mano hacia mí. Sé lo que quiere hacer, y en cierta parte soy muy cobarde cómo para decirle todo lo que pienso a Ana por teléfono, así que decido entregarle el fono.

-Ana.- Pronuncia su nombre con frialdad.- Deja de molestar a Natalie. Búscate a una zorra de la que te puedas aprovechar. No vuelvas a llamar a nuestra casa… No, no te estoy amenazando, sólo te advierto de que si sigues jodiendo, te veré en la Universidad y no será agradable para ninguna de las dos.- Habla con voz firme, casi desprovista de emoción. ¡Qué sexy! Corta sin esperar respuesta- nuevamente- y desconecta el teléfono para que no vuelva a sonar.

-Espero no volver a verla por aquí, Naty.- Me dice preocupándose nuevamente del embalaje.

-No, no te preocupes.- Murmuro, sonrojada por alguna razón.

Al ver mi casa me dan ganas de llorar. El impacto de volver al hogar nunca cambia. Las imágenes de mi niñez en esta pobre casa de las afueras de la ciudad, emergen en mi cabeza, haciendo que me sienta segura y protegida. La casa no es tan pintoresca, es más bien rústica, con notorias ampliaciones, a la par de la ampliación de la familia. En cuanto estaciono mi auto, mis sobrinos corren hacia el auto y se me tiran a los brazos. Luego aparecen mis hermanos y por último mi papá. Los abrazo uno por uno, disfrutándolos. Sólo los veo dos o tres veces al año desde que entré a estudiar. Marian se queda arraigada atrás, ofreciéndome espacio.

Manu, mi hermano mayor, es el primero en atinar y saluda a mi amiga. Trato de no llorar producto de la emoción, pero como siempre, si mi papá llora, yo lloró, por lo que presento a Marian a mi familia entre risas y llanto.

Ella se muestra simpática con todos y paciente ante las constantes preguntas de mi papá. Creo que ya sabe el propósito de mi padre y con mucho tacto lo tranquiliza con respecto a la relación que nos une a ambas.

El viaje fue inesperadamente largo, por lo que con suerte alcanzamos a compartir un poco, a acomodar nuestras cosas en mi habitación. Supuestamente, la cosa comienza a las diez. Decido vestirme de forma elegante. Mi cuñada me presta un vestido negro de coctel, y mi otra cuñada, me presta los tacones a juego. Yo no tengo mucha ropa de gala. Decido recoger mi cabello claro en un tomate, enseñando un poco de cuello. Marian es el lado opuesto. ¿Para qué me visto de gala? Ella decide ir con converse, jeans pitillos negros, una polera sin mangas blanca y una chaqueta de cuero. Va con el cabello suelto y con suerte se ha pintado los labios. La regaño, pero no me presta atención.

Decide conducir ella, ya que conoce el camino. Cuando veo que se detiene frente a una entrada de casi dos metros de altura, con un portón de dos puertas, estilo colonial, me quedo impresionada.

-¿Aquí?- Pregunto boquiabierta.

-Sí.- Asiente divertida ante mi expresión.

Nos bajamos y Marian pasa las llaves a un hombre vestido de uniforme.

Al cruzar el portón, entramos a sus jardines que eran diez veces la propiedad de mi padre; frondoso y bien cuidado. Un pequeño caminito de tierra cercado por linternas colgadas en lo alto de los álamos, nos guiaban hasta la entrada de su casa, si es que a eso se le podía decir casa. El sendero fue agrandándose hasta partirse en dos, y ambas sendas fueron rodeando una pileta de agua que se situaba en medio de todo… este…lugar. El palacete que mi amiga tenía por casa, era precioso. Era una casona (de arte colonial) de dos pisos. De seguro dentro tenía pasillos y balcones en el centro junto a un zaguán.

-Fiuuuuu.- Exclamé maravillada-. ¿Esta es tu casita?

Me miró emanando tensión, y sólo atinó a encogerse de hombros como respuesta. A cada paso que dábamos más cerca de la propiedad, Marian se ponía más hostil, frunciendo el ceño más profundamente. Ya la conocía lo suficiente como para saber que era mejor no dirigirle la palabra cuando estaba así.

Subimos una escalinata, y al llegar a una humilde entrada de doble puerta, un criado (odio decir esa palabra, pero no encuentro otro sinónimo) nos recibió y preguntó nuestros nombres, no sin antes echarle una mirada de desaprobación poco contenida a mi acompañante.

-Natalie Hernández.- Susurré cortada. No esperaba que una “simple” cena necesitase de mi nombre. El tipo miró a Marian expectante.

-Marian Bustamante.- Espetó enojada, haciendo como si mirase a otro lugar.

El chico abrió los ojos sorprendido, y en seguida se sonrojó. Sí, miraste a la hija de tu jefe con mala cara, y ahora temes por tu trabajo.

-Señorita Bustamante- Dijo zalamero-.Pase, dentro su familia le espera.- Hizo una leve inclinación, sonriéndonos.

-Gracias.- Respondió y caminamos.

Tal cuál como lo creía. Al llegar al fondo del pasillo, nos encontramos con un patio central cuadrado, rodeado de diversos corredores y balcones superiores. Todo era alumbrado por guirnaldas amarradas a los barandales. Estaba lleno de personas, todas vestidas de acorde a una celebración. Gracias a Dios que me había preparado para algo similar.

-Dijiste que era una simple cena.- Le reproché cuando nos detuvimos en la boca del pasillo. A mi izquierda y derecha se abrían nuevas brechas de corredores, atestadas de gente, de gente joven al menos.

-Supongo que mi mamá se inspiró este año.

-Nunca mencionaste que tus padres tenían dinero.

-No lo tienen.- Respondió distraída, buscando a alguien con la mirada.- Esta casa era de mi abuelo, la heredaron el año pasado, además, no creo que toda la parafernalia salga muy cara cuando tu madre es organizadora de eventos.- Dijo quitándole importancia al asunto.

A mi lado había un grupo de personas, del cual una mujer de cabello rubio y muy atractiva, salió a nuestro encuentro con una gran sonrisa.

-¡Marian!- Gritó. Algunas personas se voltearon al oírla. Yo me hice a un lado. La mujer iba con entusiasmo hacia nosotras, pero algo hizo que parara en seco. Marian cambio la posición de su cuerpo, evidenciando incomodidad ante la mujer que se nos acercó.

-Marian.- Repitió en forma de saludo, escarmentada. Besó las mejillas de mi amiga con recato.

-Claudia- Dijo Marian con cortesía- Ella es Natalie, amiga mía. Natalie, ella es mi mamá.

¿Su mamá? No se parecen en absoluto, además de que la tensión entre ambas era tan palpable que sentí pena por aquella mujer.

-Mucho gusto en conocerte.- Me sonrió, besándome en las mejillas.

-El gusto es mío.- Respondí de forma educada.

Volvió su mirada hacia su hija y se detuvo en su ropa.

-¿Por qué viniste vestida así?- Le reprochó.

-No sabía que era un evento formal.- Se defendió Marian. Claudia hizo un mohín, obviamente lo sabía.

-Ven, han venido algunos de tus tíos.- Le tomó de la mano, pero Marian se la quitó con determinación, aunque lo hizo con suavidad.

-Tengo compañía.

-¡Ay! Pero no te preocupes, si es tu amiga, es de la familia.- Contestó Claudia, insistente, echándome una mirada significativa

Marian hizo una mueca de disgusto que me sentó como patada en el estómago, ¿Lo hacía por mí?

-Por mí no hay problema.- Comenté. Mi amiga me miró contrariada.

-Bien, vamos entonces.

Gran parte de la fiesta me entretuve conversando con la familia y. Todos eran muy acogedores. Conocí al padre de Marian, encontrando los ojos almendrados en él, al igual que en ella. Tenía una voz ronca de fumador empedernido. Se mostró atento conmigo, más que con su hija. ¿Qué sucede entre ellos? Rodrigo, que era el nombre de su padre, parecía resignado ante la actitud de Marian y no insistía en agraciarla como lo hacía su madre, fracasando estrepitosamente ante la conducta displicente y fría de ella. Puedo contar con los dedos las veces en que Marian se dirigió a alguien para hablar, por lo general me hablaba a mí, pero tampoco se mostró muy comunicativa conmigo.

A media noche nos invitaron a todos al comedor principal, que era realmente gigante. Las paredes eran de un color rojo italiano. El techo bajo, cubierto por bisagras gruesas que le cruzaban de un lado a otro. Los ventanales eran altos, curvados en su cima. Las mesas las habían dispuesto en forma de “U”, con una mesa solitaria en la abertura, de seguro ahí se sentarían los anfitriones. Nosotras nos sentamos en una de las mesas más cercana a ellos.

Cuando la comida hubo finalizado, sirvieron copas de vinos para el último brindis. Marian comió en silencio, yo traté de subirle el ánimo con chistes sosos, pero no hubo caso. De pronto Claudia se puso de pie y agradeció nuestra presencia, luego se giró hacia su esposo y procedió a dirigirle un pequeño discurso de aniversario, cargado de afecto. Al final, su voz se oía tan conmovida por sus vehementes palabras que creo que a todos se nos hizo un pequeño nudo en la garganta.

Cuando hubo acabado, todos aplaudieron. Ella volvió a sentarse y su esposo le robó un dulce beso, dichoso. Me giré para ver a Marian, pero mi ánimo cayó al ver su cara, literalmente de perro. Vi como observaba a sus padres y se me pararon los pelos. En su cara estaba cincelado el asco y en su mirada refulgía una ira contenida, mientras los veía sonreírse mutuamente. Se comportaba como una tirana con ellos. Puede que sus padres hayan sido demasiado permisivos con ella, o también podía influenciar el que fuese hija única ¿Pero qué buscaba con ese comportamiento tan apático? ¿Reconocimiento? ¿Atención? Un psicólogo lo describiría mejor. Esta conclusión me hizo sentir algo de malestar hacia ella. Ojalá yo tuviese a mi madre para poder admirarla junto a mi padre.

-Deja de ser tan pesada y no le arruines la fiesta a tus padres.- Espeté enojada. Sus reacciones de adolescente me estaban colmando la paciencia.

Me fulminó con la mirada. Un escalofrío me recorrió la espalda. Sus ojos oscuros eran gélidos de odio, al menos me hizo creer que me odiaba en esos escasos segundos en que posó su mirada en mí. Apretó los labios, en un claro intento de contención. Me liberó de sus ojos y contempló su copa de vino, moviéndola entre los dedos. ¿Qué le pasa?

-¡Te toca a ti, Marian!- Se oyó entre el bullicio la voz de uno de sus tíos.- ¡Que hable! ¡Que hable!- Comenzó a clamar y en seguida todos los demás presentes le corearan. A mí se me hizo un nudo en el estómago. La miré de reojo, expectante. Ella los miró a todos, sorprendida de que la sacaran al baile. Me observó y luego se ladeó un tanto para observar a sus padres. De pronto se irguió, muy deprisa, tanto que la mayoría de nosotros dio un saltito por la sorpresa.

Todos acallamos a la espera de sus palabras. Vi como escondía la mano sin la copa detrás de su espalda, cerrándola en un puño, en un claro acto de nerviosismo. Contempló a todos los presentes con mucha parsimonia, hasta llegar a la punta de la mesa, donde estaban sus padres. Sus ojos se entrecerraron y las comisuras de sus labios fueron curvándose hasta convertirse en una sonrisa perversa. Volví a sentir un retorcijón en el estómago ¿Qué iba a decir?

-Ante sus ojos- Su voz se oyó fuerte y clara- Están una de las parejas más cómplices que he conocido en mi vida. Como mucho de ustedes sabrá, no soy una persona que crea mucho en el amor, ni menos en la felicidad…- Paró un poco para mirar a todos los oyentes, unos cuantos asintieron en señal de respuesta a sus palabras. Las sonrisas de sus padres se acentuaron-…sin embargo, hoy aquí estamos, celebrando veinte años de unión, veinte años de peleas, reconciliaciones, locuras de amor…- Claudia y Rodrigo carcajearon fuertemente, identificándose con las palabras de su hija. Yo comencé a relajarme, Marian al parecer no se saldría del margen.

-No tengo palabras para seguir describiendo tamaña pareja.- Hizo una pausa, eligiendo sus palabras-. Padre, madre, espero que su amor siga vivo a lo largo del tiempo, que sea capaz de cruzar las fronteras humanas y que siga ardiendo allá, donde sus almas vuelvan a unirse.- ¿De verdad creía aquello? Eran palabras muy nobles. A su madre comenzaron a resbalársele algunas lágrimas por las mejillas.- Porque como su compromiso no existe, padres, y espero que no sigan existiendo…

Dejó las palabras en el aire, mientras volvía a mirar fijamente a sus progenitores. Alzó su copa y todos la imitaron. Marian inspiró hondamente y la mano en su espalda se entrelazó con su chaqueta, apretándola.

-Espero que no existan más parejas como ustedes. Espero no encontrarme a un hombre como tú padre- Arqueó las cejas, apuntándole- Un padre que se escabullía por las noches hasta mi habitación y me acariciaba hasta la saciedad.- Mi boca se desencajó ¿Qué está diciendo? Miro nerviosa a mí alrededor y veo que todos están tan atónitos como yo.- Un padre que abusó de mi desde los siete hasta los quince años. ¿No disfrutaste de esos ochos años papá?- Preguntó ladeando la cabeza, sardónica. El rostro de su padre transformó en una piedra, fría e impasible-. Y tú, madre, espero sinceramente no encontrarme a nadie como tú- Escupió las palabras con desprecio-. ¿Qué se siente saber que tu marido buscaba placer con tu propia hija y no contigo?

Dios, un silencio de plomo cayó. Claudia no podía mirar a nadie, escondiendo la mirada en su regazo. Todos los demás ya habían bajado las copas y escuchaban aquellas torturadoras palabras. Pasé de la vergüenza ajena a la compasión. ¿Abusada? El corazón se me encogió. Levanté la cabeza para mirarle y supe que estaba sufriendo, sus ojos la delataban. Estaban afligidos.

-¿No les dije que eran una de las parejas más cómplices que existen?- Preguntó a todos con fingida alegría-. ¡Salud!- Brindó al fin, bebiéndose de un trago todo el vino.

Descorrió su silla y me dirigió una mirada que suplicaba escapar de ese lugar. Tragué saliva y me puse de pie, dispuesta a seguirla. Salimos del salón sin mediar palabra, dejando atrás rostros enmudecidos, estupefactos e incrédulos.

Al llegar a casa, ambas enmudecidas, dejé que Marian estuviera a solas en mi habitación. Yo me arreglé para dormir y estuve abajo con algunos de mis hermanos, que veían televisión, aunque ni siquiera supe qué se cocía. Sólo podía pensar en Marian. Marian, Marian, Marian. Me sentía terrible por haber pensado de mala forma en ella, ahora todo encajaba. Los nervios me estaban consumiendo, así que después de tres cuartos de hora, subí a mi cuarto.

Golpeé la puerta, pero nadie contestó. Sentía el cuerpo atenazado por la incertidumbre. Giré la perilla y me encontré con la habitación a oscuras y un fuerte olor a cigarro. Cerré la puerta tras de mí, acostumbrando mis ojos a la noche. De repente, vislumbré la silueta de Marian sentada en el piso, frente a mi ventana desnuda, observando cómo los primeros copos de nieve cubrían mi pobre jardín. Tragué saliva. ¿Debo acercarme? Antes de darme cuenta, ya me dirigía hacia ella. Ahora pude divisarla mejor. Tenía las piernas pegadas a su pecho y fumaba con tranquilidad, perdida en sus cavilaciones. Su rostro lucía pálido, sin vida, y su cabello refulgía negro. El corazón se me paralizó y comenzó a latir más deprisa.

-¿Estás bien?- Que pregunta más idiota, obviamente no estaba bien. Mi voz sonó titubeante.

A pesar de mi pregunta tan ridícula, asintió sin dirigirme la mirada.

-Sabes que estoy aquí, ¿Cierto?- Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas, pero eran ciertas, quería estar con ella, quería cuidarla, consolarla, aunque ella no me dejase. Ladeó su rostro hacia mí y unos ojos inconsolables se pararon en mí. Me regaló una sonrisa cansada.

-Lo sé.- Dijo con voz apagada.

No fui plenamente consciente de lo que hacía, pero caminé hasta situarme a sus espaldas. Me senté en el suelo junto a ella, la encerré en medio de mis piernas, le rodeé la cintura con mis brazos y apoyé mi frente en medio de sus omóplatos. Ella no hizo amague de quitarse, parecía cómoda con mi proximidad. Nos quedamos en silencio, ella vigilando la noche y yo sintiendo su tenue respiración acompasada.

-Cuando tenía trece, a mi mamá le descubrieron un cáncer al colon…-Dije aún contra su espalda, abrazándola aún más fuerte, nunca en mi familia se ha hablado abiertamente del tema-. Tuvieron que hospitalizarla para poder operarla. Según los doctores todo saldría bien, era un simple tumor maligno que tenía que ser extirpado, pero cuando la operaron, descubrieron que tenía muchos ganglios comprometidos, y con ello, el simple cáncer se había ramificado nada más abrirla. Mi madre murió a las semanas después.- Hice una pausa para tragar saliva-. ¿Sabes que fue lo peor?- Marian guardó silencio, escuchando, espero, mis palabras.

-Que ninguno de esos días fui a verla.-Revelé con un suspiro- Tenía miedo de verla postrada, saludarla con una puta sonrisa a sabiendas de que estaba muriendo. Recuerdo que esas últimas semanas me peleé con toda mi familia. Para qué decirte lo que me dijeron mis hermanos y mi padre, “puta egoísta” fue lo más suave.- Sonreí para mí misma al recordarlo.

Marian estiró su brazo hacia tras, ofreciéndome su cigarro. Hace mucho que no fumaba, pero creo que ahora me vendría bien. Al alzar la cabeza, me percaté de que yo estaba llorando y de que había empapado un tanto su polera.

-¿No tienes frío?- Pregunté. Negó con la cabeza.- Si quieres puedo traer una manta.- Volvió a negar con la cabeza. Menos mal, no quería desembarazarme de este minúsculo momento de intimidad, me agradaba estar cerca de ella.

Di una piteada al cigarrillo y apoyé mi barbilla en su hombro, a unos centímetros de su rostro. Ella sólo miraba ausente al frente. Boté el humo y le di una segunda bocarada para después entregárselo.

-Siempre le tuve miedo a mi padre- Confesó mientras recibía el cigarrillo-. Hasta que un día tuve el valor de contarle a mi madre lo que ocurría.- Tragó saliva- Me miró incrédula y se rió de mí. Dijo que era normal que un papá te hiciera cariño. Le dije el tipo de cariño que mi papá me hacía, pero hizo oídos sordos y me llevó al psicólogo, argumentando que estaba mintiendo y que quería llamar la atención.- Se interrumpió para llevarse el cigarro a la boca. Su mano tembló un poco. Pegué mi mejilla a la de ella, invitándola a continuar.

-La última vez que le mencioné el tema, fue un día en el que ella tenía que asistir a una reunión o algo por el estilo. Le rogué que me llevara, que no me dejara en la casa. ¡Tenía ocho años!- Exclamó de pronto, alzando las manos-. ¡Cómo una niña de ocho años podía mentir tanto! ¿Acaso no leía mis señales? Comencé a orinarme, a tener pesadillas, a no querer ir al colegio…-Suspiró con fuerza, cubriendo su rostro con una mano. Estaba llorando, y yo comencé a hacerlo de nuevo-… Y ahí lo supe, supe que mi mamá lo sabía.- Encaró a la ventana y la luz de la luna le pegó de lleno. Lágrimas silenciosas se le escabullían. Yo tuve que sorbetear por la nariz, para que no se me escaparan los mocos.

- Me sentí sola.- Concluyó. Se limpió las lágrimas y volvió a fumar. Yo tragué saliva y apoyé mi mejilla en su hombro, dejando que la tranquilidad tras la tormenta hiciera lo suyo.

-Siento lo de tu mamá.- Dijo después de un rato.

-Siento lo de la tuya.- Respondí y ambas nos reímos por lo bajito. Sí, teníamos que aprender a vivir con lo que éramos.

Aún riéndome, la apreté fuerte y la besé con fuerza en la mejilla.

-Venga, que es tarde y hace frío.- Me erguí y me saqué las lágrimas secas del rostro. Le ayudé a ponerse de pie

-¿Ese es tu pijama?- Apuntándome con el índice, me miraba con las cejas alzadas.

-¿Qué tiene de malo?- Me quejé. Bajé mi vista para examinar mi ropa de dormir. Era un conjunto de pantalones largos rosados y una camiseta del mismo color. Ambos tenían pequeños monitos de “Pucca” por todas partes. Mi papá me lo había regalado años atrás, en lo personal no me había gustado, pero era un regalo, tenía que aceptarlo.

-Eres ridícula.- Me acusó riéndose.

-¡Cállate si no quieres dormir en el suelo!- Le amenacé, pegándole un manotazo suave en las costillas.

Destapé la cama y yo me acosté al rincón. Me giré para no ver como se desvestía. Cuando Marian se acostó a mi lado, no pude evitar sentir un cosquilleo por toda la piel. Era como si me hubiesen tirado una roca gigantesca sobre el pecho y no me dejara respirar. Ambas disminuimos al máximo nuestro roce, separándonos todo lo posible, sin que ella se cayera de la cama y yo incrustara la nariz en la pared, claro está.

A la mañana siguiente, todo parecía igual que siempre, y el desagradable episodio de ayer aparecía olvidado, o eso creía yo. Marian se mostraba a gusto con mi familia, hablaba hasta por los codos. Jamás la había visto tan locuaz, ni siquiera en la universidad. A mis hermanos les cayó bien de inmediato, y mi papá estaba contento por saber de que tenía una “amiga” y no una pareja. De seguro creyó que mi lesbianismo iba descendiendo. Pobre papá.

En la cena, nos sentamos todos… muy apretujados. Éramos cinco hermanos, dos de ellos tenían esposas y dos hijos cada uno. Mi papá, Marian y yo. La mesa era un escándalo con seis niños causando alboroto por todo. Me sentía un poco apocada por todo el bullicio y desorden en la mesa ¡Qué impresión se llevaría Marian de mi familia! Pero cuando me ladeé para verla, vi que estaba riéndose con mi cuarto hermano, el de quince, sin percatarse de todo lo demás.

-¡A cenar!- Gritó mi papá en tono jocoso cuando mis cuñadas nos sirvieron la comida. Marian procedió a comer, pero el tenedor que iba a su boca con un trozo de pavo, se detuvo al darse cuenta de que todos la observábamos en silencio y con mala cara. Se ruborizó y trató de esconder su mirada de todos nosotros, cohibida.

De repente, todos estallamos en carcajadas sonoras. Marian nos miró a todos, desconcertada.

-Siempre hacemos eso cuando hay visita- Le aclaré entre risas. Mi hermano le dio una palmadita en la espalda, compadeciéndola, descojonándose de risa. Marian se mostró reticente, pero después de unos segundos, sonrió y me pegó un suave codazo en las costillas.

Esa noche preparamos los últimos regalos bajo el árbol, escondimos los despertadores para que los enanos no hicieran trampa y nos quedamos un rato hablando, saboreando el especial “Cola de mono” de mi papá: Agua ardiente, café, leche y un toque de clavos de olor. Para luego irnos a dormir; y al igual que ayer, mi corazón casi se me escapa de la boca al tener a Marian tan cerca de mí. Aunque esta vez nos acostamos las dos frente a frente para hablar antes de caer en el sueño. Pasamos de las dos de la mañana charlando. Cuando no hubo nada más que decir, nos quedamos en silencio, sin necesidad de rellenar.

Pasaron minutos en donde mis ojos estuvieron fijos en los suyos, después rehuyó mi mirada, redirigiéndola a la ventana que estaba a mi espalda, de seguro deteniéndose en la nieve que se agolpaba en ella. Yo sólo podía mirarla. No sé que había en ella que me hacía admirarla de tal manera, era frustrante. Nada en ella debía de atraerme, no era algo físico, era…

Desde que la vi tan desecha aquel día de la cena junto a su familia, me inspiró un sentimiento protector hacia ella, lo cual era contradictorio con la imagen que siempre proyectaba, autosuficiencia, independencia, desinterés por el resto, no sé. Me sentía ridícula, ella NO necesitaba de mí, pero algo en mí quería ser “ese alguien” que salvara a su perturbada persona. Ese parece ser el karma de las mujeres, además yo no podía ser ese alguien, partiendo por el hecho de no tener un pene entre las piernas.

-Me gusta tu familia.- Dijo atrayendo mi atención.- Son amables.

-Sí- Respondí sonriéndole- son los mejores.

Guardó silencio, pensando en mis palabras, de seguro comparando ambas familias. Me miró a los ojos y me sonrió tímidamente, yo hice lo propio.

-Feliz navidad- Susurró despacito.

-Feliz navidad.- Contesté.

Con mucho sigilo, y sin saber cómo en realidad ocurrió, fuimos acercando nuestras cabezas hasta que ambas fuimos capaz de sentir nuestros vahos. Miré sus labios y luego miré a sus ojos, buscando algún tipo de permiso, pero al parecer era ella la que estaba esperando por la oportunidad, pues al chocar nuestras miradas, fue ella quién tomo la iniciativa. Bastó con solo sentir su boca contra la mía para reaccionar. Fue un beso suave, débil y sin grandes expectativas, lleno de curiosidad. Sus labios aún guardaban un tenue sabor a dulce y agua ardiente. Nuestras bocas se movieron en una sincronía aprendida, como si ambas ya hubiésemos pensado este momento. A veces se me asemejaba a besar un algodón de azúcar.

Ni una de las dos fue lo suficientemente valiente como para dar un segundo paso; no hubo paso a lenguas, a caricias ni a suspiros, pero aún así me pareció el mejor beso de mi vida. Un beso con el que soñaba que sería el primero, lleno de timidez y morbo. Sin duda no ha sido el primero, aunque podría desear que fuese el último para recrearlo una y otra vez.

Nos separamos avergonzadas y mecánicamente, sin dirigirnos ninguna palabra, nos fuimos dando media vuelta hasta que nuestras espaldas se rosaron. Yo mirando a la pared y ella hacia la puerta. Me mantuve despierta, inquieta por dentro hasta que oí que su respiración se hacía más profunda. Se había dormido, ¿Cómo podía dormir? Yo era un maldito mar tormentoso por dentro, bueno… ella no es ni será la última hetero curiosa en este mundo.

A la mañana siguiente desperté por los golpes desesperados en mi puerta. Mis hermanos y mis sobrinos recorrieron todo el pasillo de las habitaciones causando escándalo, despertándonos a todos para que bajásemos a abrir los regalos.

Abrí los ojos de inmediato, presa de una ansiedad súbita ¡Era navidad! Me moví, buscando a Marian con la mirada, pero no había nadie, la cama estaba vacía a su lado. No pude evitar sentir un dolor profundo. Sentirse desilusionada era quedarse corta. Por alguna razón pensé que todo estaría bien, mejor que bien después de lo de ayer ¿Por qué era yo la desilusionada? Mejor ¿Por qué el que no esté aún durmiendo me sienta tan mal? Sin duda lo que sentía por ella era más de lo que creía. ¡Ella me había besado! Este hecho, si es que se le puede llamar hecho, lo digería como un acto de desprecio hacia mí, quizá ni siquiera le daba el mismo peso que yo a aquel beso, y era yo la que estaba más que sensible el día de hoy… de seguro la menstruación se acerca. No es que pensara que algo sucedería, pero al menos que todo siguiera igual.

Unos golpes más estruendosos que los anteriores en mi puerta, me sacaron de esos pensamientos. Exhalé fuertemente y me calcé las pantuflas y me puse la bata. Cuando llegué a primer piso, volví a contagiarme con la feliz navidad. Ver a los chicos abriendo con tanto desespero los regalos, me alegró; sin embargo, lo que me alegró más, fue ver a Marian cruzada de piernas en la alfombra, admirando desde fuera a mi familia abrir los regalos. Los contemplaba con exquisitez, riendo calladamente al ver a todos los enanos pelando por los presentes. Se me hizo un nudo en el pecho, ¡Ay Dios! Yo seré la que no olvide lo de anoche.

Esquivé a la aglomeración de manos y pies que no me dejaban pasar, buscando un presente cuadrado en particular bajo el árbol. Cuando ella vio que me acercaba, me sonrió sin tapujos, como siempre. Me sentí aliviada al ver que no me miraba con incomodidad. Me paré frente a ella y le extendí mi regalo. Me observó incrédula, con el ceño fruncido.

-Yo no te tengo nada.-Dijo contrariada y algo fría.

Le sonreí, encogiéndome de hombros. Suspiró y aceptó el presente a regañadientes.

-Ábrelo.- Le insté. Volvió a mirarme con desaprobación. ¡Por favor! A quién le quedarían ganas de regalarle algo con esa actitud. Lo hizo despacio, descubriendo poco a poco un vinilo en desuso que lucía un grabado a spray en el frontis. Era el dibujo de un tipo a torso desnudo, con el cabello ondulado hasta los hombros y una mirada hipnótica.

Creo que sonrío sin proponérselo.

-Gracias.- Dijo mirándome sin hostilidad.- Es… genial.- Volvió a esbozar otra sonrisa que me dejó sin aliento.- Aunque debiste haberme avisado de que…

-No importa- Interrumpí- No esperaba nada a cambio.- Aclaré.

Sonia, mi cuñada, prorrumpió en la habitación llamándonos a todos a desayunar. El día transcurrió jubiloso. En la casa vivía la algarabía propia de las festividades, todos los enanos andaban correteando en la casa con sus nuevos juguetes, ya que no los dejaban salir afuera por la helada; y mis hermanos mayores se hicieron con la PS3 de uno de mis sobrinos y se dedicaron a jugar todo el día. Marian también estuvo todo el día pegada al juego, ganándoles a todos en algo llamado Tekken, lo que era muy chistoso, porque era muy burlesca al momento de la victoria. Sin duda encajaba bien en mi familia. Pasamos una tercera noche en mi casa y decidimos irnos a la mañana siguiente. Teníamos que mudarnos antes de volver a la universidad.

Cuando íbamos en el auto, un silencio cargado de dudas nos hizo compañía. Ninguna de las dos mencionó aquel beso, y yo no sería la primera en hacerlo. Marian lucía aún más seria de lo que solía serlo, pensativa incluso. Yo no quería que nuestra amistad se viera tergiversada por esa noche. Seguimos enmudecidas, simplemente acompañados por la música del radio.

-¿Me dejas aquí?- Pidió, hablándome al fin, cuando llegamos al centro de la ciudad.

-Aún no llegamos.

-Lo sé.- Abrió los ojos con sátira.- Necesito ver unas cosas. Después llego a casa.

-Llega pronto, tienes que ayudarme con la mudanza. Mañana nos vamos- Le recordé, apuntándola con el índice de forma admonitoria.

-¡Of course!- Dijo riéndose.- Nos vemos más tarde.- Me hizo una seña con la mano y bajó del auto. La vi desaparecer entre el gentío que corría de un lugar a otro.

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-¡Vaya! Has guardado casi todo.- Exclamó al entrar. Traía bolsas y lucía mojada, seguro por la nieve derretida.

-Sí.- Contesté secándome el sudor de la frente. No era fácil organizar un living.- ¿Qué compraste?

-Nada importante.- Respondió.

Vi mi reloj de pulsera.

-Son las cuatro…- Dije inquisidoramente.

-¿Así?- Dijo inocente.- ¿Por qué no te bañas mientras yo sigo apilando las cajas?

-Bueno.- Accedí-. A todo esto, desarmé los camastros.

-¿Y dónde se supone que vamos a dormir?

-Podemos dormir aquí, en el living. Traemos nuestros colchones, así mañana no tenemos nada más que desarmar.

Hizo un mohín infantil con el rostro.

-¡Supéralo!- Le grité sonriendo.

El agua caliente relajó todos mis músculos. No me había dado cuenta de lo tensa que estaba, seguramente desde la cena de sus padres. He conocido más de Marian en estos últimos cuatro días que en nuestros tres años de amistad, y sin duda, ella me encandiló más en esta última semana más que en estos tres años. ¿Debía sentirme bien por el hecho de que “ese” beso no estropeara nuestra amistad o mal porque para ella no pareció significar nada? ¡Ay! Que complicada era la vida, que complicada era Marian. Mejor dejo de pensar en eso, ya mañana comenzamos una nueva etapa, en una casa más acaudalada, ¿Quién sabe de las sorpresas de la vida? Hay que dejarse sorprender.

Me vestí con unos jeans y una polera. Iba a ponerme un polerón, pero al llegar a la sala de estar me di cuenta de que Marian había encendido la calefacción. La encontré sentada en posición india sobre un colchón descubierto, viendo la tele que estaba en el suelo. Estaba descalza, desabrigada y con una improvisada trenza María… sus pies descalzos, no sé por qué ahora me parecían tan… sensuales.

Fui por un vaso de agua, pero me detuve al ver un regalo en la isla de la cocina.

-¿Qué es esto?- Pregunté. No contestó. Lo tomé y vi que tenía mi nombre-. ¿Tú lo dejaste aquí?- Volví a preguntar.

-No.

-¿Y quién entonces?- Inquirí con suspicacia.

Contrajo los hombros.

-No lo sé.

Puse los ojos en blanco. Decidí abrir el paquetito, total, tenía mi nombre. Al hacerlo, tuve que reprimir un gritito. Era una foto de mi familia en un marco de plata, de cuando mi mamá estaba viva. Yo tenía diez u once años en esta foto. Estamos todos, mi padre luce tan joven y feliz, quién hubiese pensado lo que nos deparaba el destino.

-¿Dónde la conseguiste?- Oí como se dirigía hasta donde yo estaba. No fui capaz de levantar la cabeza de la foto. Estaba maravillada.

-Le pedí la foto a tu hermano Manu, aunque estaba un poco dañada, tuve que remasterizarla.

-Gra- gracias.- Tartamudeé, acongojada.

De pronto Marian me abrazó y empezó a sobarme la espalda. Me di cuenta de que trataba de consolarme, torpemente, pero trataba. Me dejé llevar por el olor cítrico de su perfume, deshaciéndome en sus brazos.

-¿Por qué haces esto?- Solté, rompiendo el momento.

-¿Por qué hago qué?- Dijo soltándome.

-Esto.- Le mostré la foto-. Lo de Ana… el beso.- Pronuncié esas palabras ruborizándome un poco.

Se alejó de mí, mirándome recelosa.

-Porque eres mi amiga.- Contestó arisca.

-No sabía que las amigas se besaban.- Contraataqué, olvidando la nostalgia.

Exhaló con fuerza. Dio media vuelta y apagó el televisor.

-¿Y bien?- Interrogué al ver que no hablaba.

Se volteó para mirarme.

-Me gustas.- Musitó. Mi corazón se detuvo y luego, comenzó a latir con tanta fuerza que temía que ella lo escuchara.

-¿Te gusto?- Pregunté escéptica.

-No sé por qué.- Reveló con franqueza.- Jamás nunca me han atraído las mujeres y no sé por qué tú sí.- Su voz tenía un deje de reproche.

Yo estaba en el aire. ¡Le gustaba a Marian!

-No he podido sacarte de mi mente.- Siguió hablando, su semblante parecía confuso-. Ese día en que te besé, lo he recreado una y otra vez, sintiéndome culpable por no haberme atrevido a más.

¡Sentía lo mismo que yo!

-Me siento mal…

-¿Por qué te siente mal?- Dije con voz ronca producto de la estupefacción, recuperando el habla.

-Porque quiero sacarte de mi cabeza, quiero tocarte, no sé…- Expresó con la mirada turbia-… pero sé que si hacemos algo, nuestra amistad se perderá y tú eres la única amiga que tengo Natalie… no quiero perderte.

¡Oh Dios! Su revelación me dejó anonadada, ¿No quiere perderme? ¿Soy su única amiga? ¡¿QUIERE TOCARME?! Inhalo, exhalo, necesito calmarme, estoy hiperventilando. Dejo con cuidado la pequeña foto enmarcada en la encimera, y le agradezco internamente a este objeto inanimado, porque por él esta conversación se ha desencadenado.

-Yo siento lo mismo, Marian.- Coincido-. Tú me gustas…y mucho.- Me envalentono y levanto la cabeza para mirarle a los ojos.

Observo de reojo por la ventana y me percato de que la nieve comienza a caer nuevamente.

-Yo quiero más que tocarte, Marian, quiero que… quiero que…- Titubeo, ¿Qué le digo? ¿Que quiero que sea mi pareja? ¡No!- Quiero que tengamos algo…- Dejo las palabras en el aire, esperando a la interpretación de ella.

Marian suspira.

-Nuestra amistad se irá a la mierda, Naty. Eres mi amiga.- Dice sin más. Sus ojos se ensombrecen.

No, no te pongas triste.

-Hay una solución.- Musito.

-¿Cuál?

-Quizá lo que tenemos entre ambas es… simple atracción sexual.- Ni yo me la creo. Me mira con desconfianza-. Tú y yo sentimos atracción por la otra, puede que si la satisfacemos, todo esto- Hago un movimiento con la mano, abarcando el espacio entre nosotras- desaparezca.

Entorna los ojos, pensando en lo que he dicho. En mi fuero interno pienso lo contrario y en lo que ella una vez me dijo: “…cuando yo me follo a Diego, yo ya sé quién ha sido el utilizado, cosa que tú no tienes clara”. Yo tenía todo claro, yo sería utilizada por ella, porque tenía bastante claro de que lo que yo sentía, era algo más que físico, sin embargo, no importaba. Quería sentirla.

-Puede que tengas razón.- Otorgó.

-¿Entonces?

-¿Entonces qué?- Preguntó arqueando las cejas.

-¿Lo hacemos?- La sangre subió a mi rostro, era cómo si estuviésemos cerrando un trato.

-¿Seremos capaces de seguir siendo amigas?- Su voz se oyó insegura.

-Yo sí-Declaré sólida-. ¿Y tú?

-Eso creo.

Acallamos, palpando como una corriente iba creciendo entre nosotras, era la expectación. Mi respiración se agitó y la sangre se arremolinó en mis venas. La boca se me secó y me relamí los labios. La mirada de Marian se enturbió y entre abrió los labios para tomar una bocarada de aire. Era mi señal.

Me acerqué con paso decidido, le pasé un brazo por el cuello, el otro por la cintura y la tiré hacia mí, besándola con fuerza. Marian tardó poco en responderme… y lo hizo con dureza. Abrió los labios y aproveché el instante para introducir mi lengua y saborear el gusto de su boca.

Nos corrimos (sin separarnos) hasta llegar a los pies del colchón. Fuimos descendiendo. Estiré mi brazo hacia tras, buscando el colchón desnudo que yacía en el suelo. Cuando por fin lo toqué, me dejé caer sobre él, arrastrando a Marian conmigo. La tomé por la cintura, atrayéndola hacia mí, y comprobé con satisfacción cómo ella sujetaba mi rostro para que no moviera la cabeza mientras nos besábamos.

Introducía su lengua y recorría mi boca con ella, con pericia. Este ósculo comparado con el anterior… sin palabras, mejor, sin respiración. No me dejaba respirar y saber que me deseaba tanto me puso a cien. Coloqué mis manos en su trasero y fui subiendo, cubriendo sus nalgas a caricias. Marian paró nuestro beso y por fin tuve la oportunidad de respirar. Observé su rostro rojo y excitado. Su mirada era extraña, me observaba con recelo ¿Hice algo mal? Quizá no le gustó que le tocara el culo.

Iba a preguntarle, pero antes de hacerlo, se irguió, quedando a horcajadas sobre mi pelvis, y de un solo movimiento se sacó la camiseta, dejando a la vista sus senos envueltos en un sostén azul. Su torso se expandía y luego volvía a su lugar, forzando su respiración. Yo sólo podía mirarle embobada, era hermosa ¿Cómo no lo vi antes? Sus ojos lucían impenetrables, incapaces de reflejar algo mientras con deleite fui siguiendo el movimiento de sus dedos, dedos que bajaban lentamente los tirantes por sus brazos. Lanzó el sostén hacia un costado, quedando desnuda de cintura para arriba ante mis ojos.

Tragué saliva. Tenía senos pequeños, que parecían ajustarse a la palma de mi mano. Sus pezones estaban tiesos y sus aureolas lucían extendidas. Me enderecé hasta quedar sentada. Retiré mis manos de su cola y la abracé por cintura, escondiendo mi rostro entre sus pechos, oliéndola. Marian soltó un suspiro ansioso y buscó el dobladillo de mi polera. A regañadientes me separé de ella para que pudiera cometer su objetivo. Alcé mi rostro para buscar el suyo, nuestros ojos se encontraron por un segundo, mientras ella lentamente iba retirando mi camisola. Me sentía tan…húmeda por esta mujer, solo quería sentirla, así que para apurar el proceso, me quité –sin pensarlo- yo misma el corpiño, poniendo al descubierto mis pechos demasiado grandes para mi gusto. Cuando me percaté de lo que hice, me avergoncé. Ni con mi anterior pareja, con la que duré tres años, me desnudaba con tal desparpajo.

Bajé mi rostro para ocultar mi vergüenza, pero Marian no lo permitió. Se inclinó, buscando mis labios con los suyos. Volvió a besarme como al comienzo, sin dejar que el aire pasara por mis pulmones, o era yo la que no podía respirar, no lo sé. Una de sus manos voló hasta quedarse en la base de mi nuca. Deshizo mi tomate, soltando mi cabello, luego descansó su brazo al rodear mis hombros. Ahí me di cuenta de que no sabía qué hacer, ni yo tampoco.

Por mi parte me hallaba ansiosa, no podía pensar con claridad cuando me besaba de aquella forma y ella… bueno, no sé qué pasaba por su mente.

Poco a poco, fuimos cayendo nuevamente en el colchón. Marian se apartó, colocando los brazos a ambos lados de mi rostro. Su trenza cayó por un lado de su cuello. Una mano indiscreta fue bajando por mi hombro, mi clavícula, y cuando acarició mi seno, un leve gemido se me escapó. Mi piel estaba hipersensible. Al ver mi reacción, creo que Marian se envalentonó; masajeó mi pecho sin perderme de vista, y con mucha delicadez, como si de cristal se tratará, apretó mi pezón. Moví las piernas inquietas, aquel roce me produjo una punzada justo ahí, en la entrepierna. Marian no dejó de estudiar mi rostro. Era tan contradictorio. Yo, muriendo de deseo, y ella imperturbable.

Sin dejar de jugar con mi seno, se encorvó, besándome esta vez con más parsimonia, como si ahora se estuviera dando el tiempo de saborearme. Ladeó su rostro y murmuró en mi oído con voz ronca y trémula:

-Soy una mujer…

-No me digas- Repliqué con ironía.

-… pero no sé complacer a una.- Confesó esta vez mirándome fijamente, seriamente.

De inmediato se borró la sonrisa de mi rostro. ¿Era eso? ¿Por eso me miraba de esa forma, porque tenía nervios? Le sonreí con dulzura, enternecida por el momento. Le acaricié la mejilla, me incorporé sobre un codo y le besé. Algo dentro floreció, yo le enseñaría.

-Recuéstate.- Le pedí. Asintió despacio.

Me hice a un lado, ya que nuestro colchón de una plaza no era muy grande. Me coloqué sobre ella, olvidándome de que llevaba los pechos al aire. Le besé en la boca y fui descendiendo por su quijada, mordiéndole tímidamente. Marian fue tomando coraje y subió sus manos a mi espalda, sobándola. Seguí bajando y me detuve en sus senos. Tomé un pezón entre mis labios y succioné con fuerza. El cuerpo de mi amiga se encorvó. ¡Bien! Lo estaba consiguiendo.

Pasé mi lengua por el halo color rosa de su pecho y volví a chupar fuerte. Tomé su otro seno y lo fui sobando mientras apretaba su pezón entre mis dedos. Marian alzó su pelvis hacía mi, sin duda buscando una penetración. Me reí para mis adentros.

Volví a situarme sobre ella para besarla. Una de mis manos comenzó a hurgar por entre sus jeans. Lo desabroché y bajé el cierre, deseosa. Descubrí que no llevaba bragas, encontrándome de una con su lampiña intimidad. Marian se tensó debajo de mí, buscando mis dedos.

Me aparté, para ponerme a sus pies. Tuve que apoyar mis rodillas en el frío suelo de parquet. Tomé su jeans desde la basta y los tiré con lentitud. Ella alzó sus caderas para facilitar mi trabajo. Quedó desnuda.

Acercándome un poco, observé la viscosidad de sus jugos íntimos, y una llama de orgullo se encendió en mi interior. Al ver que me acercaba, Marian separó sus piernas para que tuviera acceso. Le sonreí y ella me correspondió. Me senté entre medio, y mis dedos fueron explorando con calma su entrepierna. Mis pulgares ascendieron internamente por sus muslos, hasta situarse en la cúspide de su intimidad. Los introduje un tanto, abriéndola. Marian soltó un quejido. Volví a introducir un tanto más mis pulgares y acaricié su clítoris, ella gimió. Levante mi vista para verla al momento en que la tocaba.

-Eres tan… erótica.- Soltó al ver mi rostro.

Busqué su boca y metí mi lengua, volcando una pasión escondida por ella que no creí que existía. Introduje un dedo lentamente, resbalándolo. Marian gimió cerca de mis labios. Entrelazó los dedos detrás de mi nuca y me atrajo, aumentando la profundidad de nuestro beso. Con lentitud, fui dilatándola, fabricando círculos con mi dedo. Marian gemía junto a la tortura de mi dedo. Me moví, clavando una de mis rodillas en medio de sus piernas, buscando la comodidad.

-No te detengas- Balbuceó, levantando su pelvis hacia mi mano.

Me cerní un poco más sobre ella y le introduje el dedo índice. Ella arqueó su espalda y buscó mi cuello para morderlo. ¡Ay! Me estoy derritiendo por dentro, creo que sólo con sus gemidos seré capaz de acabar. Siento mi entrepierna demasiado húmeda.

Sus manos bajaron ociosas por mi columna, hasta llegar a mi culo. Apretó las nalgas con fuerza, haciendo que hiperventilara, soltando jadeos. Me sostenía con tal fuerza por las nalgas, que hizo que cediera hacia delante. Me apoyé sobre un codo y la penetré a fondo con los dedos, empujando hacia arriba, apretándole el clítoris. Marian gemía junto a mi rostro. Gotitas de sudor hacían que su cabello se le pegara al cuello. Cuando nuestras miradas se encontraron, me sonrió tímidamente. La besé y ella abrió un tanto más sus piernas, permitiendo que la intromisión de mis dedos fuera total.

Introduje la yema del pulgar y busqué el punto débil de su entrepierna, acuciándola. Marian tomó uno de mis pechos entre sus dedos y me tiró con fuerza el pezón. Yo grité, sintiendo una corriente allí abajo. Le metí los dedos con más fuerza.

-Mierda… me voy a…- Murmuró tensándose. Clavó sus dedos en mi culo y acabó con un gemido gutural, seguido de una exhalación profunda.

Cerró los ojos.

Yo me dediqué a observarla. ¿Cómo habíamos llegado a esto? Retiré los dedos de su interior y me alejé un poco, dejándole espacio. Al sentir que me apartaba, abrió los ojos. Yo me sonrojé, muchas cosas podían pasar luego de un coito. Sus ojos fueron bajando hasta llegar a mis pechos desnudos y sudados. Volví a ruborizarme e hice el amague de cubrirme.

-Ahora me toca a mí, ¿no?- Sugirió mirándome persistentemente-. ¿Por qué no te quitas el jeans?

Tragué saliva. Ahora le tocaba a ella. Se incorporó, dejándome el espacio para que yo me acostara. Titubeé. Miré a mí alrededor. ¡ESTABA TODO TAN LLENO DE LUZ! Siempre he sido insegura con mi cuerpo, lo noche siempre ha sido mi mejor aliada. Ocultaba mi figura y por ende, mis inseguridades. Ahora, al atardecer cayendo sobre nosotras, y si ningún mueble que hiciera sombra, sólo cajas, me sentía realmente cohibida.

Me quité el jeans.

-¿Y las bragas?- Preguntó. Me volteé para mirarla, no me había dado cuenta de que me estaba observando. Me sonrió como si me estuviera dando fuerzas. Se arrodilló a mi lado, pasando uno de sus brazos por detrás de mi cintura, acercándome a ella.

Al sentirme tan insegura, sólo quería tenerla cerca de mí, sentirme arropada. Volvimos a besarnos, mientras la otra mano de Marian comenzó a fisgonear por mi vientre- por mi abultado vientre- pienso con desgano.

-Me gusta tu piel…- Susurra de pronto, sin dejar de besarme.

-¿De verdad?- Pregunto incrédula, siempre encontré que era demasiado blanca. Ni estar expuesta al sol por dos semanas ayudaba.

-Sí.- Respondió, llevándome nuevamente hacia el colchón.

Caímos de costado. Marian tomó uno de mis pechos y con el pulgar comenzó a estimular el pezón, haciendo que me ardiera. Yo hice lo propio, buscando nuevamente su entrepierna.

-¡Eh!- Exclamó-. Me toca a mí.- Dijo con una sobre exagerada sonrisa maliciosa que hizo que riera y que mi nerviosismo pasara un poco.

Se levantó con cuidado, obligándome a que yo me acomodara, volviendo a quedar vulnerable.

-No sé por qué sientes vergüenza- Adivinó, mirándome.

-No me gusta mi cuerpo.- Revelé. Alzó una ceja, escéptica.

-A mí me gustas.- Dijo con franqueza. El corazón no me cabía en el pecho.

Me hizo una seña que me indicaba que me sacara las bragas. Lo hice, bajo su atenta mirada.

Me observó con curiosidad. Me separó las piernas con delicadeza y se reclinó hacia delante. Sus dedos rosaron sin preámbulos mis labios vaginales. En realidad, yo no necesitaba más preámbulos, pareciera que tenía un río entre las piernas, aún así, su roce me erizo todos los vellos de mi piel. Con los dedos fue abriéndome lentamente, explorándome, como si fuera un nuevo juguete al que hay que descubrirle las habilidades. Estaba tan absorta en lo que hacía que incluso se estiró quedando boca abajo, con la mitad del cuerpo afuera.

Yo tiré mi cabeza hacia atrás, apretando los ojos. Sus caricias inexpertas me estaban consumiendo. De pronto gemí inesperadamente gracias a un lengüetazo tímido en mi interior. Abrí los ojos para verla, pero Marian se había escondido entre mis piernas, explorándome con su boca.

-¡Ah!- Gemí cuando sentí su lengua adentrándose en mi intimidad.

-¿Qué debo hacerte?- Inquirió de pronto.

-Eh…-Musité confusa, con lo que estaba haciendo ya me tenía lista-… Has círculos con la lengua, ejerciendo presión ahí… en el… clítoris.- ¡Qué vergüenza! Jamás creí que mantendría una conversación así. Yo tuve la suerte de que mujeres con experiencia me iniciaron y yo tampoco fui muy preguntona.

La lengua de Marian giró en mi interior de abajo hacia arriba, y con la punta acarició la cúspide de mi intimidad, retorciéndola.

Solté un gritito y mi columna se arqueó. Sentí la risa de Marian. Se estaba entreteniendo la muy… Volvió a meter su lengua, arrastrando consigo todas mis lubricaciones, lamiéndome.

-¿Puedes sostener tus piernas?

Asentí, presa de la excitación. Alcé mis piernas, tomándolas por la parte de atrás de las rodillas. Las sostuve lo más arriba posible. Me sentía tan expuesta, pero en cierto sentido no me importaba, me sentía bien de algún modo al hacerlo con Marian. Ella sonrió satisfecha.

-Puedes alternar la lengua con los dedos.-Sugerí de pronto, ansiosa porque me tocara.

Me miró con recelo, luego con mucha lentitud, observándome ininterrumpidamente, metió dos dedos en mi interior. Me mordí el labio inferior ahogando un suspiro y volví a echar el cuello hacia atrás. Marian me penetró unas cuantas veces con los dedos, después oí como se inclinaba y la tortura lenta de su lengua encima de mi clítoris empezó de nuevo. Yo era toda sensaciones. Sus dedos de pronto se salían de forma descontinuada y al volver a entrar, sus uñas me rasguñaban un poco las paredes de mi entrepierna, producto de su inexperiencia, pero no me importaba. Yo estaba lo suficientemente excitada como para que ese pequeño dolor me estimulara aún más, además su lengua hacía maravillas.

Dibujó círculos con sus dedos y chupó con fuerza mi clítoris, seguido del enroscamiento de su lengua en la cima de mi intimidad. Mis entrañas comenzaron a tiritar. Creo que Marian lo intuyó, porque dejó de taladrarme con los dedos, y posó ambas manos en la parte interior de mis mulsos tratando de abrirme un poco más. Situó su cabeza nuevamente entre medio e introdujo su lengua, retorciéndola, lamiendo, chupando.

Grité y todo mi cuerpo se transformó en una espiral, que caía una y otra vez ante la lengua implacable de Marian, que seguía en mi entrepierna absorbiendo mi orgasmo. Sentí que las fuerzas me abandonaban y dejé caer mis piernas, respirando con dificultad. Demoré más de lo normal en llegar al clímax, pero sin duda que fue intenso.

Oí como se situaba encima de mí. Abrí los ojos y me encontré con su sonrisa exultante, vanidosa.

-¿Lo hice bien?- Preguntó con fingida humildad, sabía que lo había hecho bien, sin embargo, lucía como una niña pequeña.

-Muy bien.- Contesté riéndome. La tomé por los hombros y busqué sus labios con los míos.

“Como puedo comer,

como puedo escribir,

como puedo sufrir,

escapar o mentir.

si lo único cierto,

y lo único claro,

es tu firma salvaje,

y bendito amor.

Al olor de tu sangre,

al sabor de tu cuello,

al dolor de tu llanto,

al color de tu voz.

Moriría mañana,

moriría en éxtasis,

moriría en el fondo del éxtasis.”

Cuando nuestros cuerpos quedaron exhaustos, ambas nos acostamos, una frente a otra, descubiertas, desnudas, sin tocarnos, simplemente mirándonos. ¿Qué haría ahora? Para mi pesar, había descubierto de que yo sentía algo más que una atracción, pero no podía adivinar los sentimientos de ella. Sus ojos me observaban tranquilamente, asimilando todo aquello. Nos habíamos acostado, nos habíamos visto desnudas, habíamos tenido orgasmos juntas, nuestra amistad estaba perdida ¿No? ¿Se puede recuperar una amistad luego de todo eso?

-¿Tienes frío?

-No.- Contesté.

Volvimos al silencio. Su trenza había soportado estoica todas nuestras proezas sexuales. Ni siquiera quería hacer el intento de ver el mío. De seguro era una maraña incontrolable. Podía oír nuestras respiraciones, ralentizadas e introvertidas, como si ninguna de las dos quisiera hacer frente a la otra.

De pronto el teléfono comenzó a sonar. Ambas dimos un saltito, pero no nos movimos. El fono siguió sonando por algún rincón del suelo.

-Hola…- Saludó una voz masculina luego de que el pitido de mensajes le diera el pase-. Soy Mario, quería saber si podemos vernos hoy, Marian. Nos juntaremos algunos de los de la clase en el “Tuerto” ¿Vienes? Es a los nueve. ¡Nos vemos!- Volvió a sonar un pitido y todo se acalló.

Mario, el que le había pedido rollo, ¿Cuándo le había dado nuestro número? Marian se incorporó lentamente. En cuanto se levantó, cerré los ojos, impidiendo que las malditas lágrimas escaparan. Sentí una brecha ridícula en el centro de mi pecho. Sabía lo que venía, ambas habíamos dejados las bases de nuestro trato bien claras antes de todo esto, pero aún así…

-¿Sabes por qué no creo en la felicidad?- Preguntó con voz monótona, como si en realidad estuviese hablando para sí misma y no conmigo. Subió el cierre de sus jeans y abrochó el botón bronceado.

Negué con la cabeza, incapaz de hablarle. Me senté en la cama y busqué mi polera por algún lugar, el frío comenzaba a calar.

-Porque no la conocía.- Explicó en un tono sobrio y despreocupado, colocándose su camiseta. La miré desconcertada, viendo como posaba una rodilla en el suelo para poder anudarse las converse, y luego se abrigaba con el montgomery que yacía tirado junto a la tele.

-¿Qué quieres decir con eso?

Me contempló entre tanto abotonaba la prenda.

-Nada.- Comentó sin inmutarse-. Tengo hambre, iré por comida china. ¿Quieres algo?

Mi boca volvió a desencajarse. ¿Qué quería decir? Su cambio de dirección constante me dejaba descolocada.

-¿Veamos películas después? Hace tiempo que no veo una.- Sugirió encaminándose a la puerta.

Poco a poco fui cuadrando sus palabras y el oxígeno abandonó mis pulmones. Mi polera yacía inútil en mi regazo ante mi estupor. Lentamente una sonrisa boba y dichosa me partió la cara. Al ver mi alegría, Marian me correspondió con una sonrisa radiante que desbocó mi corazón y me derritió por dentro.

-No demoro.- Prometió. Salió y cerró la puerta detrás de sí.

“Amiga mía,

yo sé que nunca vamos a dejar,

que éste amor se nos vaya.

Amiga mía,

yo sé que nunca vamos a dejar,

yo sé que nunca vamos a dejar…”

Los prisioneros –“Amiga mía”.

libro de relatos eroticos
Titulo: Amiga mía

Publicado hace 8 months

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